• Tiempos, sabiduría para la vida

    Todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora: …” Eclesiastés 3:1 RV2020.

    Una vez más el orador y pensador de Eclesiastés nos lleva por el divagar de la vida, en busca de sentido.

    Como ya hemos apreciado en otros estudios de este libro, debemos recordar a los lectores, que este género literario llamado poético o sapiencial, implica que su contenido es práctico y pedagógico; pues busca dejar una enseñanza útil para la vida, antes que exponer una doctrina o dogma de fe. No obstante, los principios esbozados en su prosa poética están contenidos en la fe, a la vez que su sabiduría contiene conductas de fe.

    Además, este género literario contiene bastante ropaje cultural, y por eso es importante comparar la línea de pensamiento contenida en sus aforismos (frase o sentencia breve, que se propone como una regla) con las doctrinas bíblicas del nuevo testamento.

    Dicho esto, y pensando en este primer día del año, vamos al texto en cuestión:

    Al pensar en las cosas que queremos lograr este nuevo año, el expositor sabio nos anima a considerar que todo lo que se quiere tiene su hora.

    Pero eso debemos entenderlo como un reconocimiento de la soberanía de Dios. Pues cuando el texto infiere que “todo tiene su tiempo”, no deja la obligación al hombre de que el tiempo se alíe a sus metas, y presenta a Dios quien propositivamente le extiende al hombre gracia para que todo lo que quiere, lo planifique para su hora. De esta manera hay una autorregulación, ni todo lo que se quiere se puede tener, ni todo lo que se puede hacer, se logra caprichosamente (todo tiene su hora).

    ¿Qué hay hecho o por hacer, que se escape del conocimiento y poder de Dios? A eso llamamos soberanía absoluta de Dios. Y si logramos comprenderlo como creyentes, podremos trabajar con sabiduría nuestras metas.

    Cuando leemos el resto del capítulo vemos una lista de “tiempo de…” hacer cosas. Es interesante que no solo son cosas placenteras, sino muchas otras acciones y circunstancias decretivas de Dios, que nos podrían generar displacer. Pero todo ello a su tiempo, será para bien.

    Por ejemplo, nos dice que habrá tiempo de nacer y tiempo de morir. Donde nacer puede ser un acto de felicidad (con excepciones). Pero la muerte generalmente la relacionamos con pérdida y duelo. Pues, interesantemente aún la muerte cuando es en su tiempo, el tiempo de Dios, esa voluntad decretiva y agradable; termina siendo un alivio.

    Por ello quiero destacar un texto en este capítulo que quizá no hemos logrado llegar a comprender del todo:

    “Todo lo hizo hermoso en su tiempo, y ha puesto eternidad en el corazón de los mortales, sin que este alcance a comprender la obra hecha por Dios desde el principio hasta el fin.” ECLESIASTÉS 3:11 RV2020.

    Aquello que se describe hermoso, es realmente divino. Y eso que es hermoso, lo es todo en su tiempo (el tiempo de Dios). ¿Hay otros tiempos? Sí que los hay. Son esos tiempos en los que nos adelantamos o retrasamos el deseo expreso de Dios para nuestra vida y propósito.

    ¿Ha notado usted que hay cosas que ha hecho y se siente satisfecho o satisfecha; y otras que no le generan satisfacción? Y no solo es una satisfacción o insatisfacción de la vanidad y narcisismo humano. Esto es algo vinculado a los frutos del Espíritu y los valores del alma.

    Como creyentes la respuesta a esa pregunta es crucial para comprender el tiempo de Dios. Y nuestra obediencia es fundamental para alinearnos a sus tiempos. Una tarea nada fácil para cualquiera de nosotros.

    Mi deseo es que este nuevo año, desde hoy primero de enero, usted experimente lo que Dios ha hecho hermoso en su tiempo, expresión que indica también, “para su tiempo”.  Busquemos el tiempo de Dios, renunciemos a nuestros tiempos. Algo mejor vendrá para nuestra vida, y nuestra eternidad.

  • Reflexiones para año nuevo

    Mi hermana hizo una especie de experimento social, lanzando una pregunta sobre su argumento principal que decía: “Si alguien te regalara una caja con todo lo que has perdido en la vida, ¿qué sería lo primero que buscarías? Te invito a pensarlo un poco y jugar este juego, es claro que el argumento es fantasioso, pero válido para hacernos reflexionar y descubrir apegos insanos, y a la vez, metas que sería bueno desempolvar porque merecen la pena.

    Mi respuesta se enfocó en mi relación con Dios, desde el concepto de la consagración, y aquello reflejó una condición interna que marca mi día a día. Lo primero que hice fue definir si mi apego es a una tarea llamada ministerio (apego insano), o un anhelo genuino de su santidad, propósito y dones de Dios en mí (una meta que debería ser de todo creyente).

    En este nuevo año donde solemos meditar acerca de lo que fue y de lo que será, lo más importante es descartar la idea de que todo tiene que ser igual, primero porque hay factores externos a nuestros deseos, que podrían evitar que se repitan aquellas cosas que más nos gustaron; y, por otra parte, porque muchas cosas que nos han generado displacer y descontento, podríamos trabajarlas para cambiarlas.

    Dios no está en contra de que busquemos bienestar, su Palabra es clara al hacernos ver que su deseo es que tengamos una vida abundante, o sea, una vida plena. Pero este concepto espiritual empieza por una vida plena desde nuestro interior: pensamientos, emociones y sentido de propósito.

    En esto quiero recordar las palabras de Jeremías en una de sus lamentaciones:

    Haznos volver a ti, Señor, y nos volveremos; renueva nuestros días como al principio” Lamentaciones 5:21 (RV2020).

    Esta es una de las súplicas más genuinas, en la extenuación del profeta sabido de la suerte final de Jerusalén y su gente ante los caldeos. Jeremías sabía que la destrucción era inevitable y había escrito varios lamentos en su libro de lamentaciones, y con este verso termina sus poemas de llanto, apelando a la bondad de Dios para hacer volver sus corazones a Él y renovar “sus días”.

    No es un propósito de año nuevo nada despreciable, anhelar la bondad de Dios, a pesar de no merecerlo.

    Jeremías añoraba la ciudad amurallada de Jerusalén, aun sabiendo que tras aquellos muros había mucha iniquidad y malas conductas contra Dios.

    Pero al final concluye que lo mejor para ellos, más que el orgullo por su ciudad y su templo, era un corazón de regreso a Dios. Esta es una buena elección y una mejor lección para nosotros.

    Anhelar a Dios más que a nuestra familia, nuestro trabajo, nuestra carrera y nuestras metas, es lo sabio para este nuevo año. Nuestra familia, trabajo y carrera, son metas loables tanto como los muros de la ciudad de Jerusalén que albergaban y protegían el templo de Dios y a las familias israelitas. Pero sin Dios se vuelven murallas insuficientes y estériles para un propósito de vida.

    Sin Dios, el despropósito está sentado en el centro del corazón del hombre. Es tiempo de cambiar todo aquello que se parece un muro en nuestra vida, pero que no nos da verdadera seguridad. Recordando que la única y segura ancla del alma, es la presencia de Dios y su Santo Espíritu.

    para que por dos cosas que no cambian, y en las que Dios no puede mentir, tengamos un poderoso consuelo los que hemos buscado refugio y nos hemos aferrado a la esperanza que se nos ha ofrecido. Una esperanza que tenemos como ancla segura y firme de nuestra vida…” HEBREOS 6:18-19 (RV2020).

    Que Dios te bendiga y provea un año nuevo lleno de esperanza.

  • Sencillo, poderoso, sorprendente

    En estas fechas decembrinas, es casi una tendencia mundial, con sus excepciones, una cierta disposición de festividad en las personas. Ciertamente no todos tienen la misma motivación, pero en su mayoría hay una disposición de alegría.

    Tristemente no todo motivo es causa de alegría genuina. Hay alegrías materializadas que dependen de lo que podemos recibir y dar en esta época de navidad. Y esa es una causa de mucho estrés en las personas. ¿Cómo podremos tener un corazón agradecido y alegre?

    Una reciente experiencia con mi nieto me servirá de anécdota pedagógica.

    “Una sobrina vino a casa para entregar un regalito navideño a mi nieto de tan solo cuatro años. Cuando mi nieto lo recibió inmediatamente abrió la bolsa del regalo y su expresión corporal y verbal fue apasionadamente de sorpresa, y exclamó: “¡Waoo!” – una expresión muy repetitiva en él cuando algo lo sorprende gratamente – y es que estaba tan sorprendido y emocionado con el regalo, que agradeció a mi sobrina quien se lo entregó, y la llenó de abrazos y gratitud”

    Esto me hace recordar, que la única manera en que los seres humanos podemos ser genuinamente agradecidos es cuando somos capaces de sorprendernos. Y además, solo un corazón sencillo es capaz de ser sorprendido. Tal como el corazón de un niño quien no tiene más expectativa que disfrutar el amor de los suyos.

    Entre tantas noticias en el cierre de año, ¿cuál te podría sorprender? La mejor noticia no es cuántos ahorros tenemos al cerrar el año, tampoco es cuántos regalos daremos o recibiremos.

    Pero el ángel les dijo: — No tengan miedo, porque vengo a traerles una buena noticia, que será causa de gran alegría para todo el pueblo. En la ciudad de David les ha nacido hoy un Salvador, que es el Mesías, el Señor. LUCAS 2:10-11 BHTI.

    La noticia que Los Ángeles le traen a los pastores en el campo es una que iba a causar “gran alegria” al corazón de ellos. ¿Cuál fue la noticia?

    “Les ha nacido hoy un Salvador, que es el Mesías, el Señor”.

    Aquellos pastores sencillos, estaban atónitos y gratamente sorprendidos, por una noticia que debería sorprender y llenar de alegría el corazón humano. Pero no es así en la mayoría de los casos.

    Hemos dejado de sorprendernos por las cosas sencillas, y lo sencillo del mensaje de salvación.

    Navidad es en esencia, un mensaje sencillo, poderoso y sorprendente. Si tu corazón no lo capta, es porque tu navidad tiene otra motivación.

    “Nos ha nacido un Salvador, Cristo el Señor”.

     

     

  • Temor de Dios: El principio

    La sabiduría como principio, debe ser el principio de una nueva relación con Dios. Una relación que redime, que limpia, que sana hasta la plenitud.

    Antes de pensar teológicamente en este aforismo de sabiduría antigua, vamos a revisar un poco el concepto de “principio”. Esta palabra tiene su significado con sus acepciones que aluden a diferentes disciplinas del saber, como: la gramática, derecho, química y filosofía. Siendo etimológicamente una palabra que deriva del latín como “principium”; y que engloba la idea de todo comienzo como rector de algo nuevo. O sea, la palabra en sí encierra un sentido rector (superior y regente).

    De esta manera, podemos ir deduciendo que “el temor de Dios” es un principio rector de la fe, pues nadie puede aducir fe en Dios, si no se rige por el temor reverente de Dios.

    Atribuido a Salomón, proverbios nos habla abundantemente de sabiduría, y vamos a echar mano de uno de los versículos más prominentes al respecto, ya que logra englobar la esencia de la sabiduría espiritual.

    “El principio de la sabiduría es el temor de Jehová; los insensatos desprecian la sabiduría y la enseñanza”. Proverbios 1:7 (RVR60).

    En este texto, la palabra “principio” surge del hebreo “reshít” (raíz heb., para cabeza), y su significado es: “lo que es primero en lugar, tiempo, orden y rango”.

    Entonces la Biblia valida ampliamente “el temor de Dios” como un principio rector para una vida redimida, limpia y plena.

    Temer a Dios es lo primero en lugar, tiempo y orden de prioridad, y es en esa condición que se cumple aquella premisa espiritual, que dicta así: “el testimonio de Jehová es fiel, que hace sabio al sencillo…” porque un principio como ente rector, es a la vez transformador. Los sencillos somos transformados por guardar credulidad y respeto a la Palabra de Dios.

    Dios nos muestra que la sabiduría en Él no se pesa por cantidad de conocimiento, sino por la obediencia. La obediencia a la vez es una forma de sintetizar el conocimiento que tenemos acerca de Dios. Por lo tanto, no es que menospreciamos el conocimiento, pero sí advertimos que el conocimiento no aplicado es necedad y aflicción. El mismo Salomón; nos plantea esta visión del conocimiento; conocimiento que yo personalmente considero estéril, en tanto no aporta al cambio de las conductas humanas que tienen el potencial de alejar al humano de Dios.

    “Y dediqué mi corazón a conocer la sabiduría, y también a entender las locuras y los desvaríos; conocí que aun esto era aflicción de espíritu. Porque en la mucha sabiduría hay mucha molestia; y quien añade ciencia, añade dolor”. Eclesiastés 1:17-18 (RVR60).

    En contexto de todo el argumento de Eclesiastés, hemos de comprender que Salomón no está menospreciando la sabiduría. De alguna manera nos indica que él se dio a la tarea de “conocer” la “sabiduría”. Conocer es un proceso del intelecto humano, la sabiduría es una fórmula espiritual y salvífica de Dios. Por eso Santiago hace una diferencia entre sabiduría humana y divina. Y sin esa sabiduría espiritual que aflora como fruto del “temor de Dios”, la salvación es vana ilusión.

    Cuando Salomón, o los sabios que recopilaron estos proverbios atribuidos a Salomón; se dieron a la tarea de “conocer”, se basaron en sus experimentos y experiencias. Eclesiastés refleja varios estudios sociales de los sabios de la época. Y claro, ellos terminaron mostrando sus debilidades a las exigencias de un código de ética inconquistable para la razón humana, como la sabiduría y el temor de Dios. De ahí la conclusión: “…Porque en la mucha sabiduría hay mucha molestia; y quien añade ciencia, añade dolor”. El conocimiento del bien y del mal, siempre añade dolor y aflicción, desde el huerto del Edén fue evidente. La única cura a ese dolor es vivir bajo el temor de Dios, por la fe y aplicando la sabiduría en todo cuanto hacemos y somos.

    La sabiduría de Dios está al alcance de los hijos e hijas de Dios, y no tiene que ver con una producción del conocimiento humano, sino con el conocimiento de Dios que recibimos por medio de la fe en Cristo. Y Cristo mismo ha sido hecho sabiduría de Dios (1 Cor. 1:24).