Por Elías Lara
Atención, la idolatría tiene que ver más con el sujeto, que con el objeto.
La idolatría inició en Eden, no mirando al objeto, sino al sujeto. Eva y Adán, no desobedecieron porque sí, ellos sucumbieron a la idea malévola de rechazar a Dios, para imponerse ellos. El corazón de la idolatría no fue una escultura, fue su sed de ser como Dios. Esa es la sutileza de la idolatría, que nos invade y no nos damos cuenta, porque esperamos siempre ver el objeto de culto, cuando realmente es el sujeto de culto lo que debemos encontrar.
Me di a la tarea de investigar un poco el nombre de un hotel cuyo nombre me fue llamativo. Su nombre, Bodhi Tree Yoga Resort. Resultando que, las palabras Bodhi del Sánscrito; se traduce como iluminación y Tree del inglés árbol. Bodhi es el nombre sagrado de una especie de higuera en la India. Y ¿desde cuándo la Ficus Religiosa es sagrada en la India; como casi toda especie animal y vegetal? Desde que Siddhartha Gautama recibió la iluminación del conocimiento bajo una higuera de esa especie. Misma razón por la que a la higuera (Ficus religiosa) se le terminó llamando Bodhi (iluminación).
La hoja de esta higuera o árbol de la iluminación es un símbolo sagrado para el budismo; en sus prácticas esotéricas y holísticas. Precisamente el logo del Hotel en mención se basa en esta hoja en forma de corazón.
Basado en este pensamiento, de que Siddhartha o Buda (el iluminado), recibió revelación mirando a las hojas de aquella higuera, reflexiono acerca del resultado de aquel hecho, no solo en la búsqueda de Gautama; pero también en la vida de millones de personas en el mundo que, practicando estas filosofías budistas e hinduistas, son guiadas a la evocación del iluminado y no de la hipotética divinidad que consumó el milagro bajo aquella higuera. Y ahí está el engaño, pues toda experiencia humana espiritual que niega el relato bíblico de Dios, y todos los correlatos constelares y ecosistémicos de Dios; no pueden más que buscar su propia realidad y ser confundidos con el espejismo de sus propias añoranzas; mismas que pueden teñirse de bien y bondad, pero que siguen siendo engaño que les aleja del Dios único, y por lo tanto verdadero.
Ahora pienso en el correlato bíblico, cuando Moisés mirando la Zarza ardiente que no se consumía; fue iluminado por Dios para aquella tarea en la que el mismo Moisés fue celoso de que el pueblo no pusiera la mirada en él, sino en aquel que lo había llamado. Y desde formulaciones hipotéticas y argumentos correlativos, empezamos a develar la severidad del mandamiento divino de no hacernos de ídolos y dioses falsos, por el pernicioso final al que lleva el camino de la idolatría. Por lo tanto, es comprensible la postura radical de Dios en contra de tales prácticas. Y ese es además, el principal escollo de la humanidad, para acercarse a Dios de manera legítima.
En el huerto, vio la luz por primera vez este problema con el que hemos bregado como humanidad. Eva y Adán, escucharon atentos la argumentación filosófica subsistente: “serán como Dios”. El primer ídolo del ser humano fue el humanismo secular, ser como Dios significaba y significa, que no necesitamos a Dios.
Buda, el iluminado del budismo; sucumbió a esa premisa diabólica del Edén. Se consumó como una deidad y aunque no reclamó un lugar en solitario, creyó que él y las personas que lo quisieran podían elevarse al nivel de sus dioses y ser uno con las deidades. De ahí surge una idolatría sistemática a la naturaleza, al iluminado y a los subsiguientes iluminados de su camino, y finalmente a las personas practicantes que se elevan en sabiduría y bondad divina alcanzando la salvación sin el Dios creador de todo.
Mientras tanto, al mismo iluminado de los hebreos, Moisés; Dios le manda en las tablas de su ley, que no tolerará dioses ajenos ni deidades más que Él. Hasta el día de hoy la cultura judeocristiana predica y lucha contra la idolatría. Y digo que es una lucha, porque sigue siendo un imán humano, erigir altares en nuestras vidas y hogares dando forma a diversas maneras de idolatría.
Jeremías, en sus primeros años de ministerio profético, fue atalaya para Israel, principalmente para Judá. Y uno de los mensajes más contundentes de Dios para los israelitas de la época, era su desazón por la idolatría en la que estaban pereciendo.
“Escucha el mensaje del Señor, Israel:
2-3 No hagan como la gente que traza horóscopos y procura leer su destino y futuro en las estrellas. No los asusten predicciones como las de ellos, pues no son más que un cúmulo de mentiras. Necios y sin sentido son sus procedimientos. Derriban un árbol, un artesano labra un ídolo, 4 lo adornan con oro y plata, y luego con clavos y martillo lo colocan firme en su sitio para que no se caiga, 5 y allí permanece el dios de ellos como espantapájaros en un huerto. No sabe hablar, y hay que transportarlo pues no puede andar. No teman a un dios así, pues no puede ni perjudicar ni ayudar. Jeremías 10:1-5 (NBV).
“Los ídolos parecen espantapájaros en un cultivo de melones. No pueden hablar y tienen que cargarlos porque no pueden caminar. Así que no les tengan miedo a esos ídolos, pues no les pueden hacer ningún mal; ¡y mucho menos les podrán hacer algún bien!”. Jeremías 10:5 (PDT).
Dios lo ha dicho; “…esos ídolos no les pueden hacer ningún mal: ¡y mucho menos podrán hacer algún bien!” Jeremías 10:5.
Una respuesta contundente para aquellos creyentes que creen que estos paganismos les pueden acarrear maldición, debo recordarles este pasaje, Dios dice que no nos harán mal ni bien. El mal no está en lo externo, está en nuestro interior, Jesús mismo dijo: “lo que contamina al hombre no es lo que entra (por los sentidos en general) sino lo que sale del hombre”. Quienes practican cultos extraños y siguen a dioses falsos, viven bajo la maldición de su pecado, no bajo supersticiosa obra de sus dioses falsos. Quienes somos creyentes vivimos bajo la bendición y promesas del Señor Jesucristo.
“…y no traerás cosa abominable a tu casa, para que no seas anatema; del todo la aborrecerás y la abominarás, porque es anatema”. Deuteronomio 7:26 (RVR1960).
Para ampliar esta idea traigo a colación lo que Dios explica a Israel, de no llevar cosa abominable; hablando específicamente de estatuas y figuras extranjeras de carácter sagrado o espiritual. Y su enfoque es, que no llevaran estas cosas a sus casas como amuletos o como elementos de fe. La abominación está en la fe que ponemos en algo, al mismo nivel que Dios. Creo personalmente, que cuando alguien va a una cultura extraña y lleva en suvenir un artefacto propio de esa historia y cultura a su casa, si no lo hace asumiendo compromisos espirituales o de suerte, entonces no debería tener ningún reparo en ello.
Luego, es interesante como Jeremías incauta de sus mentes, aquellas prácticas de fe espurias para un israelita. Como espurias son para los creyentes, todas las prácticas que quiten la esperanza y la espera, en Dios y sus promesas. Es que Dios no tiene problema con que admiremos su hermoso e impresionante universo, su problema es que adoremos y esperemos del universo, lo que solo Él nos puede dispensar.
Cuando el referente de la fe es un animal, o un elemento de la naturaleza, el mensaje es claro contra Dios: “te rechazamos y no aceptamos tu deidad”. Y ¿por qué el hombre rechaza a Dios? Porque es Él quien nos ha creado, y nos ha puesto límites, algo que no va bien con el género humano.
Pero no podemos negar la necesidad humana de vincularse con el portentoso universo, donde el humano busca una conexión espiritual rota en Eden, que trajo hostilidad entre humanos y con la naturaleza misma. Es por eso la incesante búsqueda humana de la paz, donde de manera inconsciente se busca apaciguar a los dioses que han creado en sus mentes, rechazando en automático a Dios. Buscan paz y para lograrlo se niegan a ser agentes de paz.
Cristo lo tuvo siempre claro. El Evangelio de Juan nos recuerda: “mi paz os dejo, mi paz os doy; yo no la doy como el mundo la da”. ¿Cómo da Dios la Paz? Entregándose Él mismo a la hostilidad y violencia más aberrante habida; la muerte en la cruz. También dijo que su mensaje de paz traería espada a las familias, pues su mensaje al confrontar la moral caída de los seres humanos se vuelve disruptiva.
La paz de Dios es violenta contra el pecado y contra todo camino de dioses falsos y sus falsos profetas. El Reino de Dios es violento, y solo los valientes lo arrebatan. Pero esta violencia no es una estrategia divina, es más bien una reacción precisamente al mensaje disruptivo del que escribí antes.
Pablo a los Romanos dice, que la misma naturaleza gime, sufre, llora por el pecado de la especie humana, y agrega que toda ella espera la manifestación gloriosa de los hijos de Dios.
La misma naturaleza, el cosmos, el universo espera en nosotros los hijos de Dios, y se invierte el rol que la humanidad caída le ha dado a la naturaleza como deidad, esperando de ella, lo que ella espera del nuevo hombre redimido. Pablo lo llama la manifestación gloriosa de los hijos de Dios (Romanos 8:19).
Entonces, solo piense esto: los humanos que no aceptan la existencia de Dios, o que la aceptan, pero no su señorío; son personas que están buscando en filosofías y prácticas espirituales profundas, una deidad que ocupe el lugar de Dios, pero sin las exigencias morales del Dios verdadero. En palabras sencillas, es un rechazo de Dios de manera consciente, intelectual y emocional. Se han creído la mentira de Edén, articulada hoy en día a través de la religión sin Dios, la política y las ideologías humanas persistentes e inconsistentes.
Es necesario concluir esta reflexión con el mandamiento concreto:
“No tendrás dioses ajenos delante de mí. 4 No te harás imagen, ni ninguna semejanza de lo que esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas debajo de la tierra. 5 No te inclinarás a ellas, ni las honrarás; porque yo soy Jehová tu Dios, fuerte, celoso, que visito la maldad de los padres sobre los hijos hasta la tercera y cuarta generación de los que me aborrecen, 6 y hago misericordia a millares, a los que me aman y guardan mis mandamientos”. Éxodo 20:4-6 (RVR1960).
El sentido es absoluto, no te harás imagen para adorarla y honrarla, es también una retórica que no solo refiere el objeto del escultor, sino también al sujeto que le inspira fe y deidad.