El árbol plantado por Dios mismo en medio del huerto, y al que llamó el árbol del conocimiento (ciencia) del bien y del mal, es sin duda un desafío interpretativo. Desde este relato bíblico no pocas personas afirman que Dios es creador del mal, ya que por inferencia concluyen que el árbol mencionado es una dualidad de contrasentidos: “el bien y el mal”, contenido en un mismo fruto. Los cristianos por otra parte, preferimos no indagar mucho el tema por su complejidad, pero también por temor a blasfemar contra Dios. La mejor posición en temas como estos, es que si no estamos adecuadamente informados, mejor no tocarlos. No obstante, es necesario, que si nuestra razón lo demanda; nos aboquemos a encontrar las respuestas, ya que ninguna postura humana cambiará la naturaleza de Dios y su existencia, por lo que debemos perder el temor de preguntarle al texto bíblico, aún aquellas interrogantes desafiantes, si el caso es una duda sincera.
Primeramente, al leer los primeros dos capítulos de Génesis, debemos notar que el relator expresa en varias oportunidades que Dios vio lo que había hecho, como bueno en gran manera. Dios entonces solo se enfocó en el bien. Lo segundo que debemos analizar, es que para cuando Dios pone al hombre en el huerto, el contexto del relato nos indica que un ser de luz lleno de maldad ya estaba en el jardín. El mismo ser que en forma de serpiente induce a Eva y Adán al fruto del árbol que se les había prohibido. De hecho, Ezequiel, Isaías y Job dan en sus escritos, varias pistas de que el ser en cuestión había sido botado desde el Reino de Dios en los Cielos, por haberse rebelado con maldad, en contra de Dios el Supremo.
Con esto en mente, leamos dos textos clave:
Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera. Y fue la tarde y la mañana el día sexto. Génesis 1:31
Al terminar la creación previa a la creación del humano, Dios se complace de su gran obra, la cual califica de “buena en gran manera”. No hay lugar para pensar desde la perspectiva bíblica, que Dios hizo algo malo.
Tomó, pues, Jehová Dios al hombre, y lo puso en el huerto de Edén, para que lo labrara y lo guardase. 16 Y mandó Jehová Dios al hombre, diciendo: De todo árbol del huerto podrás comer; 17 mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás; porque el día que de él comieres, ciertamente morirás. Génesis 2: 15-17.
Dios entonces toma al hombre, lo pone (le da casa) en el huerto, y le da propósito y mandamientos. El propósito es que labre y cuida la tierra comiendo del fruto de su trabajo, como hasta el día de hoy sucede. Pero el mandamiento es que no coman del único árbol (el árbol de la ciencia del bien y del mal) que lo limita y lo subordina a Dios mismo. Así que no perdamos de vista este encadenamiento de hechos: Un propósito, subordinado a un mandamiento.
La mayoría de las personas que tienen problemas con el carácter de Dios, es porque reniegan a la subordinación a Dios mismo. Ese fue el problema con el ser de fuego llamado lucero o luzbel, conocido ahora como satanás. Y fue el problema de Eva al comer del fruto, igual que el problema de Adán al aceptar la invitación de Eva para que comiera.
Este árbol nos muestra de alguna manera, que los seres humanos siempre hemos tenido un libre albedrío (libre elección moral) antes de decidir obedecer a Dios. Por cierto, ya en Cristo los creyentes no tenemos libre albedrío, pues no somos libres de actuar como queremos, sino como Dios demanda de nosotros. Pero eso será tema para otra ocasión.
Lo cierto, es que aquel árbol no era una raíz de maldad en sí misma, sino una representación clara de lo que podría pasar (y pasó), si la criatura desobedecía a quien la creó.
Es muy importante para cerrar este tema, que miremos dos conceptos clave desde una perspectiva gramatical.
En hebreo, las palabras usadas para ciencia y conocimiento son diferentes y se autodefinen en sí mismas. Veamos:
En Génesis 2:17 aparece el sustantivo dá’at que significa discernimiento o entendimiento del bien y del mal, y no una experiencia de bondad ni de maldad. Ellos al ver el árbol en medio del huerto y la expresa prohibición de Dios, entendían (ciencia, no experiencia) que no debían comerlo para no arriesgarse a la muerte. De hecho, la otra palabra es yadá, que termina siendo la raíz para la primera (dá’at) y significa “conocer por observación y experiencia”. Por lo tanto, yadá implica intimidad por experimentación, mientras que dá’at es un conocimiento intelectual o del raciocinio, que tiende más a la sabiduría.
Tanto es así, que dá’at solo se usa dos veces en Génesis relacionada a este concepto del árbol del bien y del mal. Mientras que yadá es usada para un conocer por medio del contacto y la experiencia, por ejemplo, cuando en Génesis 4:1 la Biblia dice que Adán conoció a Eva su mujer. Es decir, tuvo relaciones sexuales.
El árbol de la ciencia del bien y del mal, termina siendo entonces un estado de consciencia de la existencia del mal, en contraste con todo el bien que Adán y Eva conocían. Ellos pudieron haber conocido el mal desde el intelecto (la advertencia de: “no comerás”) y por el discernimiento de entender que algo malo les pasaría si desobedecían. Pero hasta ese punto, no habían experimentado con el mal, hasta comer; o sea, tener contacto con la prohibición expresa del mandamiento.
El día de hoy pasa exactamente lo mismo. Nosotros entendemos esta dualidad del bien y del mal. El solo hecho de saber que existe el mal, no nos hace cometer maldad. Ese es un conocimiento intelectual. Pero en el momento que intimamos con el mal o tenemos la experiencia; hemos tomado el fruto y lo hemos comido. Eso es lo que trajo muerte al ser humano, y sigue trayendo muerte según lo explica Pablo a los romanos.
“Porque la paga del pecado es muerte, mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro.” Romanos 6:23 RVR1960
Realmente el mundo fue diseñado y creado en aplomo con el bien. No existe una razón válida desde la fe, para dudar de la bondad de Dios y de su perfecta obra, y entender que de su corazón puro no podía surgir el mal.
Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera. Y fue la tarde y la mañana el día sexto. Génesis 1:31