«Pero tenemos este tesoro en vasos de barro, para que la excelencia del poder sea de Dios, y no de nosotros,
que estamos atribulados en todo, mas no angustiados; en apuros, mas no desesperados;
perseguidos, mas no desamparados; derribados, pero no destruidos;” 2 Corintios 4:7-9 RVR1960
Anoche mientras caminaba a casa a la vez hablaba por teléfono con mi esposa. Le decía que quería ver creyentes con convicciones firmes de su fe. Creyentes que luchan, que se levantan, que tienen convicciones firmes.
Aquellos creyentes de antaño, de la Biblia o de la historia de la reforma, parecen semi dioses dignos del olimpo de la mitología griega, propios de la literatura. Pero sabemos que tales no existen.
Pero sí existieron esos «más que vencedores» que viene siendo algo así como: «una dosificada atribución, de la esencia de Dios mismo, que es todo poderoso». Fueron y ahora lo somos nosotros, algo todopoderosos. Pero no es que les esté trayendo un falso evangelio, es que ser más que vencedores, significa que cada día vamos más allá de la meta en Cristo. Vamos más allá de vencer en Cristo. O sea, la esencia de Dios en nosotros es Cristo. Y sin Cristo no hay nada.
Todos queremos ser David frente al gigante contendiente Goliat, desafiarlo y verlo caer a nuestros pies, pero no queremos ser aquel David que por años tuvo que huir de Saúl, ni aquel David que por meses fue humillado por su propio hijo Absalón de quien huyó dejándole el trono y sus mujeres por un tiempo. Mucho menos ser aquel David que siendo tan valiente, no se contuvo para pecar contra Dios y su prójimo; demostrando cuán débil de carácter se puede ser.
Todos queremos ser Elias Tisbita, que desafió a 850 profetas de dioses falsos que perturbaron a Israel. Y que haciendo bajar fuego del cielo respaldado por Dios, tomó coraje y los decapitó uno a uno. Pero no queremos ser Elias corriendo a esconderse en la cueva víctima de sus peores temores, sin un lugar seguro a donde ir. Víctima de su debilidad mental, de su falta de fe en que el mismo Dios que le escuchó para vengar su nombre santo ante los baales, le daría la vida.
Cuantos creyentes queremos ser como Ester, la doncella valiente, que defendió a toda una nación con su sutileza y devoción. Pero quizá nunca hemos pensado la tristeza de Ester. Ella fue antes de reina, parte del montón elegibles del rey. Ester además, vivió la crudeza de estar lejos de casa, de sus amigas y amigos, de sus padres de quienes no sabemos nada, solo contaba con su tío. Aquella bella hebrea después de todo era una esclava a quien Dios le dio ser reina de un imperio.
Todos queremos ser Pablo, el gran apóstol, que escribió 13 o quizá 14 cartas que son parte del Nuevo Testamento inspirado por Dios al lado del Antiguo Testamento. Pero no quisiéramos ser el Pablo que cuatro de estas cartas; las escribió desde la cárcel. Queremos ser el Pablo de las proezas, que reprende el espíritu de adivinación de una joven, quien sobrevive al naufragio en el Adriático en la isla de Malta. Y más aún, ahí mismo sobrevive a la mordedura de una letal serpiente. Pero no quisiéramos ser al Pablo que desembarcó en Roma para ser llevado ante Cesar acusado de alta traición y reo de muerte.
Yo quisiera ser un valiente de mi época como Martin Lutero lo fue en la suya; que enmudeció al poder detrás de Roma, pero su precio fue la indiferencia de haberse quedado sin púlpito para predicar y sin recursos para validar sus verdades, y ése no quisiera ser yo.
Cuantos ejemplos faltan por recordar, hombres y mujeres de Dios. Que creyeron a Dios y lo amaron más allá de sus propias debilidades físicas, emocionales y morales.
Nadie para mi lo resume mejor que Pablo en su segunda carta a los Corintios:
«Pero tenemos este tesoro en vasos de barro, para que la excelencia del poder sea de Dios, y no de nosotros,
Esos vasos de barro somos usted y yo si hemos creído en Cristo. Si lo hemos aceptado como Señor y Salvador.
Pablo dice: «estamos atribulados en todo…» «…pero no angustiados»
¿Que significa la palabra todo? Es un pronombre indefinido.
En el marco de este pasaje y su contenido; Pablo no está siendo absoluto al usar este pronombre, más bien está ponderando luchas internas y externas: no solo lucha con enemigos políticos pero también con sus hermanos judíos, y de seguro con carencias materiales, situaciones en las iglesias; y en resumen tendrá que luchar con su reacción personal ante estas presiones. Y es aquí donde resalta el tema de su carácter y cómo manejar todo aquello.
Pablo concluye que a pesar de «su ministerio llevando en sí mismo el mensaje del evangelio y a Cristo mismo» – ese es el tesoro – resulta que él es un recipiente o vaso de barro. Así de frágil se ve. Así de frágiles somos todos. Así quedó claramente demostrado con los testimonios que traje a colación entre muchos que hay en la Biblia y en la historia.
Estimado lector y lectora:
Requerimos luchar. Y quien lucha es quien tiene enfrente enemigos: sean externos o que nos atacan de fuera o sea de dentro; de nuestra propia fuente.
Requerimos levantarnos. Y quienes se levantan es porque reconocen que cayeron víctima de sus temores y endeble carácter.
Requerimos tener convicciones firmes. Ellas no dependen de nuestra fuerza, o voluntad, ni de nuestro conocimiento que tengamos más o tengamos menos. Estas convicciones son por fe y para fe.
Por ejemplo: cuando Pablo inspirado por el Espíritu Santo escribe que «somos más que vencedores por medio de Cristo», es una realidad que crees o no crees, es por fe y para fe. Lo tomas o lo dejas.
Seamos David, Elias, Ester, Pablo y Martin Lutero, sí. Pero no lo olvidemos cuando estemos en la humillación, en la cueva, entre los del montón, en la cárcel o en la indiferencia.
«Para que la excelencia del poder sea de Dios y no se nosotros«