III. La Santificación
La sugerencia que nos da esta palabra es de una escena en el templo, y nos ubica en el plano del carácter requerido para el servicio. Una vez más acudimos al contexto bíblico, o sea, a toda la evidencia en el antiguo y neotestamentaria sobre el concepto de santidad.
Del hebreo tenemos las palabras: Qadash que significa sagrado, santo, consagrado y apartado. Y Taher que significa limpio, ser limpio y puro; de donde deriva la palabra purificación, un concepto sumamente importante en el Antiguo Testamento en temas ceremoniales o rituales.
Para comprender mejor este aspecto de nuestra vida como creyentes, podemos ir directamente a las demandas de un Dios Santo.
Dios dice de sí mismo que él es Santo: “Porque yo soy Jehová, que os hago subir de la tierra de Egipto para ser vuestro Dios: seréis, pues, santos, porque yo soy santo (Qadosh)”. Levítico 11:45
El pueblo de Dios proclama que Dios es Santo: “Entonces Josué dijo al pueblo: No podréis servir a Jehová, porque él es Dios santo, y Dios celoso; no sufrirá vuestras rebeliones y vuestros pecados.” Josué 24:19
Los Serafines, seres espirituales ardientes, lo afirman y proclaman: “2Por encima de él había serafines; cada uno tenía seis alas; con dos cubrían sus rostros, con dos cubrían sus pies, y con dos volaban.3 Y el uno al otro daba voces, diciendo: Santo, santo, santo, Jehová de los ejércitos; toda la tierra está llena de su gloria”. Isaías 6:2-3
Luego es necesario que le demos una mirada al Nuevo Testamento respecto a la terminología sobre la santidad, ya que es la manera en que entendieron los apóstoles este tema. Los dos términos más usados para el estudio de la santificación son: “haguiadzo” y “kazarídzo”. Estos vocablos del griego son los que usa la Septuaginta. Esta es la versión más reconocida y usada por la iglesia cristiana naciente, no así por los judíos, por su discrepancia con los creyentes en Cristo que los llevó a la separación.
Haguiadzo se usa más con la idea de “hacer santo” (heb. qadash), y kazarídzo es mas usada como una referencia a “hacer limpio o purificar” (heb. Taher). Sin embargo, y siendo que ya en el nuevo testamento ambas palabras se usan en sentido tanto ceremonial como moral o de conducta cristiana, ambas palabras se usan indistintamente para referirse a la obra de Cristo en el nuevo pacto.
Quisiera que, a la luz de los ritos de purificación en el Antiguo Testamento, que atañen a la santidad de Dios; sus siervos y su pueblo escogido, analicemos el alcance del completo y total sacrificio de Cristo en nuestra santificación.
Los libros de Levítico y Números describen los ritos de la purificación ceremonial, por medio del cual Dios les concedía el estatus de santos. Se pueden dividir en dos: (1) los ritos para las cosas que se podían purificar, y (2) los ritos para las cosas que no se podían purificar.
En la primera categoría – las cosas que se podían purificar – usaban el agua como medio purificador. La forma común era lavamiento y baño, de donde deriva el concepto de bautismo, y como vemos era un método natural de limpieza con un sentido ceremonial en lo que respecta a lo espiritual.
Ejemplo 1: Las personas que tocaran un cadáver de animal inmundo (no apto para comer) debían lavarse y lavar sus ropas; y quedar inmundos hasta el atardecer “Y el que llevare sus cadáveres, lavará sus vestidos, y será inmundo hasta la noche; los tendréis por inmundos”. Lev. 11:28
Ejemplo 2: Cuando hombre o mujer tuvieren flujo de semen, fluidos vaginales, sangre (menstruación o por otra razón) propios, o que tuviera contacto con los fluidos de otros, requerían bañarse y quedar inmundos después del baño hasta la noche. Así como lavar ropas, sillas y utensilios que tocasen; que igualmente quedaban inmundos hasta la noche. También, si el flujo era por una enfermedad, o en el caso de la mujer por menstruación; serían inmundos durante todo el periodo de la enfermedad y debían esperar siete días después de curados; y en el octavo día presentarse ante el sacerdote con la ofrenda de purificación. (Referencia Levítico todo el capítulo 15)
Ejemplo 3: Casos graves de impureza como la lepra, la persona era aislada por completo hasta que el sacerdote en su inspección reconociera que la bacteria había muerto (se cree que ya existían ciertos remedios para ayudar a la recuperación de la lepra y también la obra sanadora de Dios). Entonces empezaban una serie de rituales que no solo comprendían la connotación de impureza espiritual, sino que incluía la salubridad; o sea, que no fuera foco de contagio. El ritual consistía en prácticas de limpieza y cuarentenas obligatorias. La parte ritual de purificación que es una parábola en sí misma de la obra de Cristo muchos años después, era tomar dos tórtolas, sacrificar una y poner su sangre en una vasija con agua limpia o de arrollo (no estancada), tomar el manojo de hisopo (planta que servía con este fin) el trozo de cedro como empuñadura del hisopo y la cinta roja (grana) que amarraba el hisopo a la empuñadura de cedro. Esto lo rociaba con la sangre en agua, junto con la otra tórtola que era liberada en el campo, y al penitente se le bañaba con esta agua como símbolo de su purificación. Luego la persona era declarada limpia y podía entrar en el campamento, pero debía quedarse siete días más fuera de su carpa familiar y al octavo día debía presentarse con el sacerdote para presentar dos sacrificios: uno de paz para con Dios y el otro un holocausto para el perdón de los pecados.
Hasta aquí, son los casos donde la purificación tenía como ingrediente especial; el agua. Es importante notar que, el agua también podía ser contaminada, por lo tanto, los sacerdotes tomaban muy en serio este detalle. No podía usarse agua estancada para estos ritos de purificación, debían ser aguas de fuentes vivas (ríos, manantiales o aguas subterráneas) Esto nos ayuda a comprender el concepto de Jesús en el nuevo testamento respecto al agua viva: “En el último y gran día de la fiesta, Jesús se puso en pie y alzó la voz, diciendo: Si alguno tiene sed, venga a mí y beba.38 El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva.39 Esto dijo del Espíritu que habían de recibir los que creyesen en él; pues aún no había venido el Espíritu Santo, porque Jesús no había sido aún glorificado. Juan 7:37-39.
En cuanto a las cosas que no se podían purificar, se incluía una serie de materiales como telas, cueros e incluso; casas que tuvieran mohos destructivos. De hecho, se hace referencia a las afectaciones que la lepra dejaba en estos materiales. Generalmente, estos eran destruidos por fuego. Normalmente, cuando las paredes de las casas, por lo general de arcilla cosida, se contaminaban con lepra, se hacía una serie de procesos curativos a la casa, pero si persistía la mancha de lepra, se destruía la casa y se trasladaban los escombros a un lugar destinado para ello, posiblemente un basurero a las afueras del campamento y ahí se quemaban.
“Y examinará la plaga; y si se vieren manchas en las paredes de la casa, manchas verdosas o rojizas, las cuales parecieren más profundas que la superficie de la pared…” Levítico 14:37
La destrucción y el fuego eran las últimas instancias para tratar aquello que definitivamente no podía ser limpiado o purificado de la manera provista por Dios.
Al comprender estas cosas algo extrañas para nosotros hoy, podemos concluir que la purificación de todo lo que concierne a Dios y a su santidad, es un no negociable para la eternidad con él. En Israel Dios proporcionó un medio de purificación efectivo para todo tipo de material que se podía limpiar. Aún cuando cada material requería distintos costos y esfuerzos: (1) Desde lavar (ejemplo Núm. 19:19) (2) hasta sumergir o bautizar en el agua (ejemplo Lev. 11:32 que usa la palabra taval para sumergir). El sentido de este proceso más profundo; era buscar salvar el material, aún cuando hubiera que quitar hasta la piel o la superficie. Lo que no podía limpiarse por estos medios establecidos por Dios, sería desechado por la destrucción o por el fuego.
Jesús se refiere a sí mismo como el “agua viva”, o sea, el agua apta para la purificación de nuestras vidas. ¿Cómo? Por medio de su sacrifico que nos justifica, regenera y santifica (purifica). En el día último de la fiesta judía de los tabernáculos, que terminaba con la ceremonia del agua derramada en el templo, agua que traían del estanque de Siloé (estancada), Jesús claramente les dice ahora sí tienen el agua que corre o que salta para darles vida. Créanme que los sacerdotes de los judíos lo entendieron bien, ellos se conocían las profecías en este sentido de Zacarías 14 y Ezequiel 36 y 47.
La santificación, la justificación y la regeneración son los componentes de la acción de Dios, por medio de Cristo, para consumar su salvación completa en nuestra vida. Por eso las palabras de Jesús: “Consumado es”. Luego, es necesario que comprendamos que estos tres estados espirituales, son una obra inmediata al arrepentimiento del penitente. No obstante, la obra de regeneración y santificación, son constantes progresivas en los creyentes declarados justos.
El Espíritu Santo llama al pecador para arrepentimiento y salvación. Veamos entre paréntesis esas etapas inmediatas a las que el Espíritu somete a los inconversos:
8Y cuando él venga, convencerá al mundo de pecado, de justicia y de juicio.9 De pecado, por cuanto no creen en mí; (la oportunidad de que el pecador reconozca su pecado y tenga fe) 10 de justicia, por cuanto voy al Padre, y no me veréis más; (Reconoce que tiene una necesidad de perdón y, cuenta con la propiciación dispensada en Cristo para suplir su necesidad de salvación, y la toma por medio de la fe) 11 y de juicio, por cuanto el príncipe de este mundo ha sido ya juzgado (pero si el penitente no toma esta propiciación dispensada en Cristo, no hay más sacrificio para su santificación, y será destruido en el fuego; como eran destruidas por fuego las cosas que no se podían purificar con las ceremonias dispensadas por Dios en el Antiguo Testamento)
La santidad, desde el punto de vista teológico es una acción de Dios inmediata y absoluta que, por medio de Cristo en la cruz, nos hizo propicios (aceptos) a Dios. Este acto de Dios en Cristo nos capacita para ser servidores de Dios en lo sacro. A la vez, el Espíritu Santo es quien nos limpia constantemente como un acto de perfeccionamiento continuo. Los creyentes, cada vez más anhelan estar mejor en cuanto a sus atributos morales de cara a Dios y al prójimo.
Pablo nos exhorta a querer esto:
“Hablo como humano, por vuestra humana debilidad; que, así como para iniquidad presentasteis vuestros miembros para servir a la inmundicia y a la iniquidad, así ahora para santificación presentad vuestros miembros para servir a la justicia”. Romanos 6:19
Pedro nos recuerda este compromiso:
15 si no, como aquel que os llamó es santo, sed también vosotros santos en toda vuestra manera de vivir;16 porque escrito está: Sed santos, porque yo soy santo.
Libro de Consulta:
M. Horton Stanley, Teología Sistemática.