• Historias del profeta Eliseo. Parte I

    Por Elías Lara

    La arrogancia es como la lepra, odiosa y contagiosa.

    “Y Naamán se fue enojado, diciendo: He aquí yo decía para mí: Saldrá él luego, y estando en pie invocará el nombre de Jehová su Dios, y alzará su mano y tocará el lugar, y sanará la lepra.” 2 Reyes 5:11 RVR1960.

    Cuando Naamán es impelido por Dios a través del profeta Eliseo, y por medio de sus criados, para que se sumergiera en las aguas de Jordán. Naamán luego se queja por el mal trato que recibe, primero porque el profeta no le rinde pleitesía, y segundo porque el río está según el sirio, un río sucio.

    Aquí tenemos a un hombre con graves problemas de salud física, y también mental, pues en su corazón había orgullo desbordado y prejuicio contra Israel.

    Es muy factible pensar que Naamán estaba acostumbrado a la adulación, casi adoración. Pero ahora estaba parado frente al único y verdadero Dios. Él tenía su propio método para tratar con aquella lepra y aquel corazón.

    Naamán baja a las aguas del Jordán de mala gana. Y es por aquel medio poco convencional y sobre todo poco limpio, que Dios limpiará la piel del general sirio. Pero es también en aquel espejo de suciedad, que Naamán ve reflejado su carácter también contaminado.

    Mientras su piel era limpia de lepra, su corazón se despojaba de su orgullo y adoraría a Dios, al Dios de Israel.

    “Entonces Naamán dijo: Te ruego, pues, ¿de esta tierra no se dará a tu siervo la carga de un par de mulas? Porque de aquí en adelante tu siervo no sacrificará holocausto ni ofrecerá sacrificio a otros dioses, sino a Jehová.” 2 Reyes 5:17 RVR1960.

    El gran general del poderoso ejército sirio termina rogando al profeta por heredad en medio de Israel para adorar.

    Un corazón agradecido, ha tenido que morir indefectiblemente a su ego, para poder adorar a Dios y servirlo para siempre. La heredad de Naamán en tierras de Samaria es un simbolismo y recordatorio para nosotros hoy, de la heredad que tenemos con Dios por medio de Cristo. Una heredad por toda la eternidad.

    La historia también nos revela la importancia de atender las instrucciones de Dios para nosotros, aún cuando parezcan ilógicas, o aunque pensemos que nosotros tenemos mejores medios para lograrlo. Como pensó Naamán de los ríos de Siria, respecto a los de Israel.

    Necesitamos un espíritu apasible y humilde.

     

     

     

  • Confesión y adoración

    Por Elías Lara

    “Oyó Jesús que le habían expulsado; y hallándole, le dijo: ¿Crees tú en el Hijo de Dios? Respondió él y dijo: ¿Quién es, Señor, para que crea en él? Le dijo Jesús: Pues le has visto, y el que habla contigo, él es. Y él dijo: Creo, Señor; y le adoró.” Juan 9:35-38 RVR1960

    La historia detrás de estos textos bíblicos es la de un hombre que nació ciego, pero recibió la vista en su edad adulta por la pura misericordia del Señor.

    La pregunta de los principales religiosos de la época, administradores del Templo de Dios; fue, ¿quién lo hizo? Ya que había sido un día de reposo, y se quebrantó la regla que regulaba la ley del Sabat. Entonces aquella pregunta fue de juicio.

    La pregunta de Jesus fue, ¿Crees tú en el hijo de Dios? Esta fue una pregunta de vida, de oportunidad, y no de juicio. Jesús sabía que aquel era el momento para darle la vista espiritual a quien había recibido la vista física.

    Aquel hombre solo respondió, “creo, Señor, y le adoró”. Hay mucho detrás de esta historia que no podemos abarcarlo en un estudio. Pero quisiera en esta ocasión enfocarme en la adoración. La mayoría de las veces para los creyentes, la adoración es un concepto difícil y difuso. No obstante, es la primicia del fruto de la salvación, que ha de permanecer durante la vida cristiana.

    No adorar es síntoma de una “descristianización”. En otras palabras, no adorar es perder las raíces de la fe cristiana, arraigadas en la esencia del Evangelio, la cultura fuente del cristianismo y la conversión.

    Aquel hombre está en el ojo del huracán acusado de pecador por los hombres sagrados de la época, y cree y adora a Jesús como el hijo de Dios. Una ofensa digna de muerte en aquel clímax religioso de la época. Pero la adoración salta como agua en el corazón agradecido.

    Si esperas un milagro físico, financiero, laboral, etcétera; está bien, sólo Dios en su misericordia y conocimiento infinito, podrá responderte. Pero la adoración no se condiciona en la espera; ni por la respuesta de Dios a tu espera, cualquiera que sea.

    Cuando Dios nos da la vista espiritual (todos nacimos ciegos espirituales), nos confiere bienestar general que no está enmarcado en cosas ni bienes. Nos da una paz inexplicable, esa que el mundo no da y no puede dar. Las respuestas de aquel hombre y de sus padres, a los líderes del templo, fueron respuestas de paz y no de culpa. Pero los fariseos querían obligarlos a la culpa, mientras que Jesús les daba libertad de la culpa.

    Si eres un creyente que carga con la culpa, necesitas creer y adorar a Dios. Si eres una persona cargando tus pecados, necesitas encontrarte con Jesús en tu camino, para recibir la vista y ver la realidad de tu vida y tu necesidad espiritual.

  • Un lugar para Jesús

    Cualquiera hubiera perdido su tiempo buscando un lugar para Jesús. El designio divino era que sucediera tal cual, Jesús en un pesebre sencillo. El pequeño niño nació sin arraigo material, para significar que su vida no estaría supeditada a cosa humana, sino a la voluntad perfecta del Padre. Ahora, Jesús que no encontró un lugar para nacer, busca un lugar para morar.

    Celebramos hoy, el nacimiento de Jesús. Y todo lo que sucede en la persona de Jesús, y alrededor de Él, es sin duda, profético. Y sí, Juan nos recuerda que Jesús es “la Palabra” o “el logos”.

    Entonces, el contexto de su nacimiento; los acontecimientos, los involucrados, todos son símbolos del desarrollo del acto mismo de su encarnación humana, y a la vez un mensaje más que subliminal de lo que significará para el mundo, la existencia de Dios, y en especial del Dios encarnado. Leamos:

    “Y dio a luz a su hijo primogénito, y lo envolvió en pañales, y lo acostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el mesón.” Lucas 2:7 (RVR1960).

    La expresión: “…no había lugar para ellos en el mesón”, es más que un poderoso presagio; es el veredicto divino del destino de la humanidad, que debía elegir entre la indiferencia, y la adoración.

    Pero, la mayoría de personas contemporáneas a Jesús, estaban muy ocupados de sí mismos. Las posadas estaban llenas, y el único lugar para que naciera el Rey de Reyes, fue al lado de los animales del establo. Un lugar donde es posible había más gratitud y generosidad que en cualquier hogar.

    No obstante, unos pastores sencillos del campo, y unos intelectuales de la época llamados “sabios” de oriente; dispusieron de fe y tiempo para adorar al recién nacido “mesías”.

    Y es aquí donde es necesario reflexionar acerca del lugar que ocupa en este momento el Rey y Señor en nuestras vidas. ¿Lo hemos dejado entrar a casa?

    ¿Cuál ha sido nuestra respuesta? ¿Indiferencia o adoración?

    Con esas interrogantes, les invito reflexionar en esta nueva noche buena. Pues no es poca cosa nuestra histórica celebración. Acerca de este Jesús al que celebramos, pero sobre todo a quien damos la vida, dice el evangelista:

    “Este será grande, y será llamado Hijo del Altísimo; y el Señor Dios le dará el trono de David su padre;” Lucas 1:32 RVR1960.

    Feliz Navidad

     

  • La Amistad con Dios:Más que un Like

    Nos damos cuenta entonces, que ser amigos del Señor genera un vínculo de lealtad y compromiso.

    Por Elías Lara