• Hay un salmo sencillo a nuestro entender, o al menos así debe ser. Es el salmo 19:7 que nos enseña más de lo que se lee.

    Primeramente, dediquemos unos minutos para aprender a leer los salmos. Están escritos en poesía, y éste en particular, es un paralelismo sinónimo, eso significa que, para reafirmar una idea importante se repite con palabras o expresiones sinónimas o iguales en significado. Así los poetas y escritores enriquecían la belleza estilística y ampliaban la comprensión a los lectores. Partiendo de esta característica de los Salmos, podemos decir entonces que la importancia de cada estrofa de la poesía bíblica es capital.

    Las estrofas se dividen en dos partes llamadas “dísticos”, solo para distinguir una idea de la otra. Así tenemos:

    “La ley de Jehová es perfecta, que convierte el alma; (primer dístico)

    El testimonio de Jehová es fiel, que hace sabio al sencillo”. (segundo dístico)

    Salmos 19:7

    La primera afirmación en el primer dístico dice; “la ley de Jehová es perfecta… y se le suma la primera afirmación del segundo dístico: “el testimonio de Jehová es fiel”. Ambas expresiones se refieren a lo mismo, la ley de Dios.

    La segunda afirmación en el primer dístico dice: “…que convierte el alma” y la segunda afirmación en el segundo dístico dice: “…que hace sabio al sencillo”, y una vez más, ambas expresiones se equiparan en sentido. Pero aquí ya debemos profundizar más, porque entra en juego la forma de pensar del antiguo cercano oriente, que tiene ciertas diferencias a la forma de pensar en occidente y en este siglo.

    La sabiduría en la Biblia, no es lo que se dice en primera instancia, es lo que se vive. Porque lo que se dice debe ser respaldado por lo que se vive. Escuchamos muy a menudo expresiones profundas, otras veces máximas bonitas y las etiquetamos como: “un sabio dijo” …pero la pregunta es, ¿La persona que lo dijo realmente se esforzó por vivir su ideal? Claro está, no se trata de compaginar a la perfección la moral con el ideal, pero sí de validar los pensamientos o el ideal con la práctica.

    Según una revisión de cada palabra en hebreo de este versículo, podemos entender el poema así:

    1. La perfecta ley de Jehová, que se refiere a los primeros cinco libros de la Biblia o la Torá, tiene el poder de llevar nuestra alma al arrepentimiento, hacia una verdadera conversión.

    2. El testimonio de Jehová es fiel o perfecto, que hace hábil mental y físicamente (sabio) al ignorante de la ley de Dios (sencillo).

    Entonces podemos concluir, que vivir de acuerdo a la Palabra de Dios, escuchándola, obedeciéndola, arrepintiéndonos de nuestros pecados y buscando su consejo, eso es Sabiduría. Eso nos hace sabios. Los hijos e hijas de Dios deberíamos ser sabios en toda nuestra manera de vivir.

    “La dificultad de comprender un texto bíblico, está en negarnos a sus demandas prácticas”

    Elías Lara

  • Es menester que reflexionemos acerca del amor, porque éste ha sido mal interpretado, mal practicado y devaluado al compararlo con las emociones humanas, y sus inconstantes sentimientos. Vamos a ir al capítulo de la Biblia más revelador sobre el amor: 1 Corintios 13.

    El Amor

    Rápidamente debemos recordar que las dos cartas de Pablo a los Corintios, fueron escritas para corregir herejías, pero también para encausar un adecuado entendimiento de temas cristianos, entre ellos, los dones y las motivaciones correctas para ejercer los dones espirituales; como es el caso de 1 Corintios 13. Habían muchos pecados morales y de carácter entre los hermanos de Corintios. No es para menos la sentencia siguiente:

    Y ahora permanecen la fe, la esperanza y el amor, estos tres; pero el mayor de ellos es el amor. 1 Cor. 13:13 (Reina-Valera 60)

    Primeramente, debemos analizar lo que está pasando con la interpretación moderna y postmoderna del concepto, porque ha dado al traste con la riqueza de su vivencia. Matrimonios, amigos, hermanos, padres e hijos, hermanos en la común fe, hemos sido victimas y victimarios de mal comprender lo que es el amor.

    Por eso nuestra sociedad construye frases fuera del sentido bíblico, cosas como:

    “Dios es amor”. En el boom de uniones libres y uniones entre personas del mismo sexo. Dicen: Él estará de acuerdo con dos personas que se aman. Ignoran las mismas demandas morales de Dios al respecto.

    “Un Dios de amor no puede enviar a las personas a un lugar de tortura eterna como el infierno”. Ignoran las demandas de justicia de un Dios Santo a quienes no crean en el Evangelio de Jesucristo para su redención.

    “Dios te ama tal como eres”. Es una frase bonita, pero herética (falta a la verdad bíblica) porque Dios aborrece el pecado, y también al pecador (Salmos 5:5). Aunque en su amor inexplicable a la mente humana; no quiere que nadie muera en sus pecados, sino que todos procedan al arrepentimiento (Juan 3:16).

    Y así podríamos ver una y otra manifestación de una idea pagana y humanista del amor. Un amor egoísta que piensa en sí mismo, en su propio beneficio, en sus propias ganancias, en sus deseos y por ello, plagado de inseguridad y sospechas. Los matrimonios han sido construidos sobre estos pensamientos; aún dentro de nuestras iglesias de fe.

    Cito al Dr. R C Sproul entre comillas: “El amor que no está equilibrado por la fe y la esperanza socava la definición misma de amor bíblico”

    Los cristianos simplemente no podemos concluir que el amor es más importante que la fe y la esperanza, porque no es el mensaje que Pablo quiere dejar el final del capítulo 13.

    Más bien, al decir que el amor es el mayor de los tres; implícitamente dice que el amor es fruto de una fe genuinamente bíblica y una esperanza única contenida en el Evangelio. ¿Y qué puede ser más cierto que eso? Nuestra fe reside en creer y confiar en las promesas de Dios en la Biblia, promesas que emanan de vivir bajo sus mandamientos. La esperanza del evangelio según Pablo, es el ancla en la que hemos recibido la Salvación, y ella no debe avergonzarnos.

    El amor no puede ser robusto sin esos otros dos pilares de 1 corintios 13:13. Así que el tridente que forman la fe, la esperanza y el amor, son inseparables. En este sentido, anular la fe y la esperanza por priorizar el amor, aún cuando la idea de amor es oscura y en contra de la voluntad de Dios, es herejía pura.

    El amor es sufrido, es benigno; el amor no tiene envidia, el amor no es jactancioso, no se envanece; 5 no hace nada indebido, no busca lo suyo, no se irrita, no guarda rencor; 6 no se goza de la injusticia, mas se goza de la verdad. 7 Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. 1 corintios 13: 4-7 (Reina-Valera 60)

    Todas estas características del amor de Dios, fueron oscurecidas por el pecado. Pero es la voluntad de Dios que sus hijos e hijas seamos regenerados en la esencia misma. El amor es la esencia del carácter santo de Dios. Podemos amar con sufrimiento o paciencia en espera de lo mejor, podemos amar con benignidad o bondad dadivosa, podemos amar sin envidiar nada porque lo tenemos todo para amar, podemos amar sin jactarnos de lo que podemos darle al otro, porque recibiremos mucho más, podemos amar sin envanecer las vivencias cotidianas, podemos amar sin hacer nada que dañe a quienes amamos, podemos amar buscando el bien de los que amamos en primer lugar, podemos amar perdonando aquello que nos irrita y nos enoja, sin guardar rencor, podemos amar con verdad y desechar la injusticia (lo que no es correcto) en nuestro círculo de amor. Podemos sufrir, creer, esperar y soportar; no porque nos pagarán bien, sino porque pagaremos bien siempre, y si no tenemos fe en algo más que ganancias temporales; esa tarea es imposible.

    Al leer el resumen anterior, podemos concluir que este paradigma bíblico del amor, es poco popular aun en la misma Iglesia cristiana, tanto como lo fue en Corinto.Pero es el amor que Dios nos manda a vivir en todas nuestras esferas.

    No confundamos amor, con la gama de emociones y sentimientos que fluyen de nuestra alma, nunca encontraremos en esas emociones, una razón válida para amar a alguien, porque siempre terminaremos defraudados o defraudando.

    Recuerda: “El amor es más grande, porque la fe y la esperanza coexisten en equilibrio con él”

  • “…quien, (Jesús) siendo por naturaleza Dios, no consideró el ser igual a Dios como algo a qué aferrarse.” Filipenses 2:6 NVI

    Apóstol Pablo
    1. Jesús, eternamente existente con Dios el Padre.

    En este pasaje, Pablo hecha mano de un reconocido himno a la deidad y majestad de Cristo, y lo incorpora a su inspiración al escribir acerca de este grande misterio de la encarnación de Cristo. Es un hecho arraigado o intrínseco a su misma existencia, que Jesús es Dios. Su “substancia” o naturaleza es inmutable, aun cuando toma forma humana. Así que su proceso de exaltación, humillación y exaltación, toma mayor valor si comprendemos esto.

    Juan nos dice:

    “En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios. Este era en el principio con Dios. Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho.” Juan 1:1-3 RVR1960

    Evangelio de Juan

    Y con ello afirmamos que Jesús es Dios, le llamamos la segunda persona de la Trinidad, no por orden de importancia, sino como una referencia cronológica de revelación. Es en Cristo Jesús, que se revela a la persona de la trinidad que consumaría la Salvación prometida por Jehová el Señor en todo el relato del Antiguo Testamento. Minimizar la obra y la vida de Jesús es un error que ha llevado a muchos a deslizarse de la sana doctrina.

    «Tenemos que hacer una distinción entre la vida de Jesús y su obra, pero no una separación”.

    Dr. R C Sproul

    Distinción en tanto que comprendemos su vida como hombre humano y cómo Dios hombre, habitando entre nosotros y haciendo una obra específica, porque Cristo no solo vino para morir; Él vino para vivir la vida que no podíamos vivir, y modelar la vida que con el poder del Espíritu Santo, debemos vivir en Él.

    “Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad.” Juan 1:14 RVR1960

    Vemos entonces a un Dios encarnado, hecho hombre, que viene desde la eternidad pasada hasta nuestro corto presente, para llevarnos a la eternidad futura.

    2. Humillación para exaltación

    “Por el contrario, se rebajó voluntariamente, tomando la naturaleza de siervo y haciéndose semejante a los seres humanos.” Filipenses 2:7 NVI

    “Y, al manifestarse como hombre, se humilló a sí mismo y se hizo obediente hasta la muerte, ¡y muerte de cruz!” Filipenses 2:8 NVI

    En aquel proceso de su descensión, El Verbo se rebajó voluntariamente, o sea, al tomar la forma o naturaleza de hombre, Jesús no renunció a su prerrogativa (privilegio y responsabilidad) divina, solo no se aferró a ella, porque necesariamente tenía que limitarse en muchas formas y aspectos.

    No obstante, su humillación fue absoluta, al hacerse obediente al sistema del mundo. Jesús vivió en un tiempo y espacio de la historia humana, durante uno de los imperios más destructores de la historia humana, el imperio Romano. Pero su propósito era mayor a un breve tiempo de humillación. Para el Dios eterno, 30 años fueron horas. Pero también, con su obediencia y sabiduría, nos mostró el camino al Padre (Siendo Él mismo el camino).

    Jesús doblegó su naturaleza divina todopoderosa, de manera temporal, bajo la naturaleza humana que le fue conferida por el Padre a través de José y Maria. Algunos de sus atributos únicos como Dios, fueron limitados, pero no quitados. Por ejemplo: su omnipresencia y su omnisciencia.

    Eso me hace pensar en la dinámica divina para lograr no sólo nuestra salvación, pero nuestra comprensión. Así como Cristo sujetó su poder a la humana naturaleza, los hombres y mujeres somos llamados a someter nuestra naturaleza humana caída y corrompida, a la nueva naturaleza en Cristo. El principio es el mismo, no perdemos la naturaleza humana, incluso pecaminosa como es. Pero tenemos al Espíritu Santo quien nos ayuda a someterla al Espíritu, y vivir vidas santas. Cristo desciende hasta nuestra vida, y una vez cumplida su obra, asciende al cielo, y con su ascensión nosotros también ascenderemos.

    Hay mucho más que quisiera escribir acerca de este misterio del evangelio, pero hasta este punto, tenemos bastante en qué reflexionar para entregarnos por completo a Él.

    La humillación de Cristo fue para exaltación, no es que ese fuera el propósito en sí, pero nunca su humillación fue como pago por acto de maldad alguno.

    Mientras para los hombres, la humillación en que vive, es pago por su pecado. Gloria a Dios, que Cristo ha intercambiado su humillación por la nuestra, dándonos inmerecida exaltación a su eternidad gloriosa.

    El final del texto es maravilloso, porque el propósito divino se cumple y la gloria de Cristo le es devuelta como al principio, al lado de Dios Padre, y aún más, Cristo nos hace partícipes con Él de su herencia.

    “Por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre, para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra; y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre.” Filipenses 2:9-11 RVR1960

    Solo puedo decir: ¡Gracias Dios por proveernos una gloriosa eternidad al lado tuyo!

  • El fruto, y ser fructíferos es una imagen de alto valor en el Evangelio del Reino. Hay diversos pasajes bíblicos en los que se habla del tema, y quiero compartir mi pensamiento de cómo deberíamos leer estos pasajes y aplicarlos a nuestras vidas. Y soy intencional cuando digo que debemos aplicarlos a nuestras vidas, y no a la otredad en primera instancia.

    1. Frutos del carácter:

    “No es buen árbol el que da malos frutos, ni árbol malo el que da buen fruto. Porque cada árbol se conoce por su fruto; pues no se cosechan higos de los espinos, ni de las zarzas se vendimian uvas. El hombre bueno, del buen tesoro de su corazón saca lo bueno; y el hombre malo, del mal tesoro de su corazón saca lo malo; porque de la abundancia del corazón habla la boca”. Lucas 6:43-45

    La lectura de Lucas, es un extracto del sermón del monte, donde Jesús comparte un extenso discurso ético, propio del Reino de los Cielos. Cada subtema es un llamado a la transformación de los valores individuales, y vinculantes a la familia en sociedad. La metáfora que nos presenta respecto al fruto del árbol bueno y del árbol malo, la imposibilidad natural de que un arbusto silvestre de espinas dé higos, y que la zarza produzca uvas, nos lleva de inmediato a una conclusión definitiva respecto a la bondad atesorada en un corazón que se ha cultivado para el bien, versus, el corazón dañado que de sus males arroja maldad. Este fruto está explicado en el contexto del comportamiento deseado. Es el parámetro hacia el cual debe ir creciendo nuestra santidad como hijos de Dios, hasta distanciarnos de la bondad del humanismo secular y filosófico (ser esencialmente buenos).

    2. Frutos espirituales:

    “Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el labrador. Todo pámpano que en mí no lleva fruto, lo quitará; y todo aquel que lleva fruto, lo limpiará, para que lleve más fruto. Ya vosotros estáis limpios por la palabra que os he hablado. Permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el pámpano no puede llevar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí. Yo soy la vid, vosotros los pámpanos; el que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto; porque separados de mí nada podéis hacer”. Juan 15:1-5

    Ahora Juan nos está guiando a otra forma de ver este tema de los frutos. Jesús está exhortando a sus discípulos para que “lleven” fruto abundante para Dios. Llevar fruto aquí en este contexto es: abundar en las cualidades morales de Dios, atribuibles al ser humano regenerado, como; el fruto del Espíritu Santo, la santidad, el amor, la piedad, etc. Pero también, estos frutos tienen como propósito dar testimonio de la fe para salvación de otras personas, a la vez que atestiguan la obra redentora de Cristo en la vida del creyente nacido de nuevo.

    Finalmente, hay un fruto valioso en demasía, es precisamente el que apunta a nuestra salvación:

    3. Frutos dignos de arrepentimiento:

    Haced, pues, frutos dignos de arrepentimiento, y no penséis decir dentro de vosotros mismos: A Abraham tenemos por padre; porque yo os digo que Dios puede levantar hijos a Abraham aun de estas piedras. Y ya también el hacha está puesta a la raíz de los árboles; por tanto, todo árbol que no da buen fruto es cortado y echado en el fuego. Yo a la verdad os bautizo en agua para arrepentimiento; pero el que viene tras mí, cuyo calzado yo no soy digno de llevar, es más poderoso que yo; él os bautizará en Espíritu Santo y fuego. Su aventador está en su mano, y limpiará su era; y recogerá su trigo en el granero, y quemará la paja en fuego que nunca se apagará. Mateo 3:1-12

    Esta clase de fruto es para salvación. Si leemos con atención el tono y las imágenes de la proclamación de Juan el Bautista, señalan una cosecha final, un acabose. Hacer frutos dignos de arrepentimiento, es una clara alusión a la disposición humana necesaria para ser perdonados para salvación. La exhortación es más en contra de una tendencia religiosa relajada, que se conforma con la tradición. Es un texto aplicado en primera instancia a los judíos de la época, cuando venían a Juan el Bautista, éste los confrontaba con sus pecados, ya que ellos siempre aducían tener dos fuertes razones para creerse salvos: 1. Eran hijos de Abraham y 2. Tenían y cumplían ceremonialmente la ley de Moisés. Claro está, que cumplían ciertos rituales de la ley, pero no estaban capacitados para cumplir los propósitos espirituales de la ley. Ese cumplimiento lo haría Cristo con su vida. Por eso decimos que Cristo no solo vino a morir por nosotros. Él vino a vivir por nosotros, a morir por nosotros, y resucitar para darnos vida eterna con Él, y traer juicio contra sus enemigos.

    Al venir al bautismo, los judíos debían reconocer a Cristo el mesías, y saberse pecadores, aceptando el pago de su sacrificio. Eso es arrepentimiento; reconocer nuestro pecado y necesidad de Cristo, antes que las demandas del culto cristiano. Por supuesto, que todas las demandas de nuestra fe, una vez perdonados, pueden llegar a tener más sentido y propósito. El cristianismo como tal no salva a nadie, pero permite que los propósitos del Reino de Dios en la tierra sean cumplidos. Así que el fruto del arrepentimiento nos llevará a producir lo que por naturaleza no podíamos, éramos como árboles enfermos cuyo fruto era malo, y ahora en Cristo podemos dar buenos frutos: El fruto del Espíritu, los frutos morales o de carácter y los frutos de la cosecha de almas para Dios, como lo dice Jesús en Mateo 21: 43: “Por tanto os digo, que el reino de Dios será quitado de vosotros, y será dado a gente que produzca los frutos de él”. El contexto de este texto es una parábola de juicio contra los líderes de Israel, acusados de no dar el buen fruto para el Reino de Dios (aquí se refiere a las almas que han de ser salvas por el testimonio de los ya salvos).

    “Por sus frutos los conoceréis”, no es una expresión diferenciadora de salvos y no salvos, es un diferenciador de las conductas del humano transformado por la Palabra de Dios y la obra del Espíritu Santo. En su humanismo hay gente “buena” que puede estar a la altura de esas demandas éticas, pero sin arrepentimiento no habrá perdón, y sin perdón, no habrá salvación eternamente.

    El fruto bueno, es un fruto de fe, nadie puede ser bueno con madera propia. Sola gracia y sola fe.