• El momento preciso

    “Acerquémonos, pues, llenos de confianza a ese trono de gracia, seguros de encontrar la misericordia y el favor divino en el momento preciso”. (LPH).

    Gracia. (gr. Járis): Merecer aprobación inmerecida. Bondad inmerecida. Favor no merecido. (como gratificante), de manera o acción (abstracto o concreto; literalmente, figuradamente o espiritual; específicamente la influencia divina sobre el corazón, y su reflejo en la vida; inclusivamente gratitud).

    Misericordia. (gr. Éleos): Misericordia, compasión activa, ya sea divina (o humana). La implicación es entonces, una compasión que actúa en favor del menesteroso otorgándole un bienestar que no merece.

    Prerrogativa: Facultad, privilegio o concesión atribuida.

    I.          La gracia de Dios como punto de partida: ¿Qué es?

    La gracia es una prerrogativa divina y no un requisito divino. Dios no debe nada a nadie, y cuando Él otorga un beneficio es esencialmente gracia. Si se demanda algo a Dios, ya no es gracia, es justicia. Por lo tanto, la gracia es un favor inmerecido o no adquirido. Recibimos lo que no merecemos.

    Distinguiremos la gracia en dos dimensiones operativas: gracia común y gracia especial.

    i.          GRACIA COMÚN: Es el favor de Dios para toda la humanidad y la creación.

    ii.         GRACIA ESPECIAL: La gracia especial define entonces, la obra salvífica de Dios, en la cual Dios se involucra de manera activa en salvar.

    “Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; …”. Efesios 2:8 (RV60).

    “aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia sois salvos)”. Efesios 2:5 (RV60).

    La gracia pregona libertad adquirida por confiar en Cristo, depositando nuestra fe en que es Cristo quien nos acerca al Padre (sentado en el trono de gracia). Poner la esperanza de santidad y salvación en otro medio, o esfuerzos propios, es desligarnos de Cristo.

    “Si ustedes quieren estar bien con Dios por la ley, entonces se habrán apartado de Cristo, se habrán alejado del generoso amor de Dios” Gálatas 5:4 (PDT).

    El punto de partida es la Gracia divina, que nos permite “acercarnos” a su trono de bondad.

    II.         La misericordia de Dios como causa de la Gracia divina

    La misericordia como un acto compasivo de Dios, es en esencia cuando NO recibimos el trato o castigo que merecemos:

    Misericordioso y clemente es Jehová; Lento para la ira, y grande en misericordia. No contenderá para siempre, Ni para siempre guardará el enojo. No ha hecho con nosotros conforme a nuestras iniquidades, Ni nos ha pagado conforme a nuestros pecados. Porque como la altura de los cielos sobre la tierra, Engrandeció su misericordia sobre los que le temen. Salmos 103:8-11 (RV60)

    i.          Nótese que esta misericordia impartida, es para con los que le temen.

    ii.         Hemos manejado la idea que Dios es misericordioso para con todos, y no es bíblica y teológicamente correcto pensar así. Dios es misericordioso, o sea, no dará el pago que merece quien teme a Dios, pero al rebelde le dará su pago completo en justicia.

    iii.        Los impíos recibirán justicia de Dios, los salvos recibirán misericordia; y todo como un acto de bondad divina llamado “GRACIA”.

    La misericordia es entonces, un atributo moral de Dios. Aunque los humanos reflejamos algunos atributos morales de Dios, no somos en esencia eso que reflejamos. Dios sí lo es.

    i.          Podemos tener misericordia, pero no somos en esencia misericordiosos. Dios sí.

    ii.         Podemos amar, pero no somos en esencia amor. Dios sí lo es.

    III.        La santidad como efecto de la Gracia divina

    “Así que, amados, puesto que tenemos tales promesas, limpiémonos de toda contaminación de carne y de espíritu, perfeccionando la santidad en el temor de Dios”. 2 corintios 7:1 (RV60).

    Pablo habla de perfeccionar la santidad. No se perfecciona algo que no existe. Lo que en teología se llama: el estado de la santidad, o sea, cuando Cristo nos limpia y nos purifica en santidad para Dios.

    La expresión de Pablo, “limpiémonos”; es un verbo especial que indica algo ya completado. Pero una acción que, aunque completada; se convierte en un anhelo (verbo aoristo).

    La expresión de Pablo, “perfeccionando”; es un verbo activo en presente, o sea, una tarea hoy, más tarde, y mañana (constante).

    Concluimos que, todo empieza por la gracia de Dios, para llegar a alcanzar misericordia, ambas acciones de Dios. Y esa misericordia será en el momento oportuno. Ese momento oportuno está relacionado con la salvación. Y la salvación como fin divino, se refleja en nueva vida y santidad hoy y hasta la eternidad.

  • Jesús y las emociones: Biblia y psicología

    Hay abundantes opiniones de escritores cristianos y de pastores no escritores, a favor y en contra, de la psicología. Algunos han expresado desacuerdo respecto a la psicología como ciencia, me refiero; a que no creen que la psicología sea una ciencia y mucho menos, que sea adecuada su aplicación en el método y la práctica cristiana.

    Por mi parte no me uniré a un bando. Sino que seguiré mi criterio profesional tanto en lo teológico como en el método psicológico para llegar a concluir que la Biblia; como rectora de conceptos universales en todos los ámbitos, nos dibuja lo que en la teoría psicológica abunda respecto al comportamiento humano y al manejo de las emociones. Veremos algunos ejemplos en los que Jesús nos manda y modela, un manejo preferido de algunas de las emociones.

    Primeramente ­¿Cuáles son las emociones primarias, y qué son?

    “Las emociones son estados afectivos que experimentamos. Son reacciones al ambiente que vienen acompañadas de cambios orgánicos -fisiológicos y endocrinos (hormonales)- de origen innato (congénito)”. (Marta Guerri. (2023). PsicoActiva. https://www.psicoactiva.com/blog/que-son-las-emociones/. Párr. 4).

    Se consideran seis emociones base según el psicólogo Paul Eckman; las cuales son: miedo, aversión, ira, tristeza, sorpresa y alegría. Siendo estas emociones, reacciones automáticas como respuesta a estímulos externos; nos encontramos biológicamente diseñados para responder de una manera u otra, pero nunca para no sentir y salir indemnes (sin afectación) de situaciones cotidianas de la vida, que nos harán sentir en el cuerpo en menor o mayor grado, uno o más síntomas como: taquicardia, sudoración, sonrojo, frio, escalofrío, náuseas, etc., todo ello dependiendo del tipo de impacto emocional – ambiental.

    La pregunta clave que todos nos hacemos de una u otra manera, y que escuchamos mas hoy que ayer, es ¿cómo manejar esas emociones o reacciones que no podemos evitar? Bueno, aunque Daniel Goleman nos trajo el tema de la inteligencia emocional como una teorización del comportamiento humano en el manejo adecuado de estas emociones; para los creyentes cristianos, Jesús nos dice mucho acerca del cómo en diversas circunstancias en las que Él se vio involucrado, y es aquí donde podemos conectar con algunas de esas experiencias. Y no pretendo traer un ejemplo para cada emoción, sino mostrar la validez de las emociones en la misma vida de Jesús:

    1. Jesús se enojó

    Después que llegaron a Jerusalén, Jesús entró en el templo y comenzó a echar de allí a los que estaban vendiendo y comprando. Volcó las mesas de los que cambiaban dinero a la gente, y los puestos de los que vendían palomas; y no permitía que nadie pasara por el templo llevando cosas. Y se puso a enseñar, diciendo: —En las Escrituras dice: “Mi casa será declarada casa de oración para todas las naciones”, pero ustedes han hecho de ella una cueva de ladrones. Marcos 11:15-17 (DHH).

    Jesús estaba indignado verdaderamente. No fue “una ira santa” como pretendemos a veces suavizar la situación en defensa de Cristo. Y es que, aunque en el Antiguo Testamento se habla en algunos contextos del “celo” del Señor, la connotación es igualmente un enojo cuya causa está relacionada con la fe en Dios. Es el mismo enojo que usted y yo sentimos cuando alguien escarnece o se burla de las cosas de Dios, o dice y hace cosas que no son bíblicamente aceptables. La pregunta sigue en el aire. ¿Cómo responderemos ante ese sentimiento de enojo? Depende de cuál sea la respuesta caeríamos en pecado contra Dios, aun en nombre de Dios.

    Por eso Pablo a los efesios les dice: “airaos o enójense, pero no pequen; no se ponga el sol sobre vuestro enojo” (Ef. 4:26). Evidentemente el consejo no es reprimir, es manejar el enojo en intensidad y tiempo adecuados para salud emocional y convivencia social.

    Volviendo a Jesús, no tomaré el tiempo en esta ocasión para hacer una exégesis e interpretación del sentido de esta historia de Jesús limpiando el templo de aquella profanación. Pero diré, que las circunstancias que llevaron a Jesús para expresar su enojo tan visiblemente claro; eran perfectamente comprendidas por sus seguidores y por los aludidos directamente con el azote. También estoy seguro de que, si alguno de aquellos comerciantes comprendió el mensaje y se arrepintió, fue perdonado por el Maestro.

    ¿Cómo gestionó Jesús su enojo? Primeramente, haciendo algo concreto para que aquella situación cambiara. Y acto seguido, trabajar para mejorar la situación, enseñándoles a todos: “Y se puso a enseñar, diciendo: —En las Escrituras dice: “Mi casa será declarada casa de oración para todas las naciones”, pero ustedes han hecho de ella una cueva de ladrones…”.

    El enojo o la ira, es una emoción que Jesús vivió porque era humano y su biología no era diferente a la nuestra. No pecó en su reacción puesto que no causó un daño contra el prójimo, y como buen judío enseñó la manera en que debían seguir haciéndolo para no pecar contra Dios en el Templo.

    2. Jesús se entristeció

    Les dijo: —Siento en mi alma una tristeza de muerte. Quédense ustedes aquí, y permanezcan despiertos. Marcos 14:34 (DHH).

    En el hermoso huerto de Getsemaní, un lugar para relajarse; Jesús sintió la tristeza más tenebrosa de la misma muerte.

    Cuando una persona experimenta esta emoción de tristeza profunda, suceden dos cosas: 1 hay pánico de muerte con escalofríos y rigidez del cuerpo típicos de los síntomas somáticos de una depresión, y 2 se experimenta soledad en compañía, o sea, la persona vive el miedo de estar sola aún cuando a su lado esta la familia, los amigos y los médicos. Es un momento de estar cara a cara con lo desconocido.

    Jesús sabía que moriría y era uno de sus propósitos eternos, pero experimentó biológicamente el miedo de enfrentar el abandono de sus amigos, y percibir el abandono de su Padre. Él iría hacia lo desconocido porque morir era una experiencia desconocida y aterradora para él.

    ¿Cómo gestionó Jesús esta emoción profunda? Primeramente, manteniendo firme sus convicciones al orar al Padre. Segundo, pidiendo a los discípulos (su familia) que velaran con él mientras vivía aquella situación traumática. Y esto debe ser una base para quienes experimentan ataques de ansiedad y ataques de pánico de muerte. ¿Harías lo que Jesús? Eso depende de la firmeza de tus convicciones. Sin embargo, el apoyo psicológico y médico, no deben ser menospreciados por la fe. Ya que no hay ninguna referencia bíblica que así lo mande a los creyentes.

    3. Jesús se sorprendió

    “Al oírlo Jesús, se maravilló, y dijo a los que le seguían: De cierto os digo, que ni aun en Israel he hallado tanta fe…” Mateo 8:10 (RV60).

    Esta expresión de sorpresa de Jesús se da por la fe que el jefe militar romano puso en él, comparando esa fe con la de muchos de sus propios hermanos judíos. Es claro que Jesús se lleva una grata sorpresa al entender lo que Dios estaba haciendo en los corazones de los no judíos. Esta emoción que permite una reorientación del ser pensante; permite a Jesús aprovechar la oportunidad para exhortar a los que deberían haber creído primero, y seguían rechazando el mensaje y al mensajero.

    Es importante que sigamos siendo capaces de sorprendernos, porque eso nos permite reorganizarnos y reenfocarnos, sobre todo cuando la rutina nos adormece. Esta es una emoción muy importante en temas de pareja, en temas de fe y aquellas cuestiones de la vida que requieren ser vitaminadas.

    Hasta aquí, he querido solamente dar algunas referencias de cómo Jesús experimentó, manifestó y respondió a su emocionalidad. Hay muchos otros ejemplos que podríamos añadir:

    ¿Qué sintió al saber que su amigo Lázaro había muerto, y cómo se sintió al verlo salir de la tumba resucitado? ¿Qué emociones y sentimientos experimentó cuando entraba a Jerusalén y era vitoreado, pero también; qué sentiría al ser abucheado, escarnecido y condenado por la multitud que pedía su crucifixión? ¿Cómo se sentía Jesús al estar con sus padres, sus hermanos, y amigos como los discípulos, y con sus amigas Marta y María? etc.

    Cuando la Iglesia trata de proteger la integridad moral de Jesus (hombre – Dios), pierde la oportunidad de mirar al humano que nos comprende puesto que experimentó todo cuanto experimentamos nosotros hoy. Y peor aún, perdemos la oportunidad de comprender que las emociones que experimentamos no nos convierten en pecadores, pero nos dan la oportunidad de gestionarlas acorde a sus enseñanzas, permitiéndonos evolucionar como seres humanos y espirituales.

    Pues nuestro Sumo sacerdote puede compadecerse de nuestra debilidad, porque él también estuvo sometido a las mismas pruebas que nosotros; sólo que él jamás pecó. Hebreos 4:15 (DHH).

    A todas luces las emociones no son una debilidad, sino parte de nuestra constitución biológica para formular respuestas adaptativas a partir del estímulo.

    Lo que la Biblia sí nos enseña, es que la forma de responder (gestionar) a esa emocionalidad, podría ser nuestra oportunidad de honrar a Dios, o deshonrarlo; en tal caso nos haríamos daño a nosotros mismos.

    Por ejemplo, cuando una persona responde de manera desadaptativa se auto inflige daño y daña a personas cercanas emotiva y socialmente por medio de drogas, alcohol, amargura, rencor, suicidio, etc.

    Si Cristo, nuestro sumo sacerdote se puede identificar con nuestra debilidad (dependencia al estímulo – respuesta) por empatía, nosotros como creyentes podemos tener tal empatía para con el prójimo. Y a esto llamaremos inteligencia emocional. La cual puede ser incluso medida diferente de una persona a otra.

    “Daniel Goleman, explica que la Inteligencia Emocional es el conjunto de habilidades que sirven para expresar y controlar los sentimientos de la manera más adecuada en el terreno personal y social. Incluye, por tanto, un buen manejo de los sentimientos, motivación, perseverancia, empatía o agilidad mental. Justo las cualidades que configuran un carácter con una buena adaptación social”. (Marta Guerri. (2023). PsicoActiva. https://www.psicoactiva.com/blog/que-son-las-emociones/. Párr. 7).

    ¿Podemos alcanzar cada vez mayor inteligencia emocional? Claro que sí, podemos adquirir inteligencia emocional como algo preciado. La sabiduría bíblica nos lleva por este camino constantemente, ejemplo:

    “Feliz el que halla sabiduría y adquiere inteligencia”. Proverbios 3:13 (NBV)

  • El bien supremo del creyente

    Ora, confía, e intima con Él

    El “summum bonum” (el bien supremo) se conceptualizó y fundamentó en la filosofía platónica, posteriormente en la filosofía neoplatónica y finalmente en la filosofía agustiniana y kantiana.

    El concepto, describe la importancia definitiva, el fin último y lo más singular o distintivo que los seres humanos deben de seguir (Summum Bonum. Wikipedia, pár. 1).

    Al referirme a los siguientes textos del Evangelio de Jesucristo, cabe destacar este concepto de “bien supremo” el cual estudiaremos con la luz Cristocéntrica; en tanto que, una teología carente de Cristo e históricamente vana, nos ha llevado al materialismo que nos sedujo y esclavizó. Tristemente sobre todo, a las culturas de tradición cristiana.

    Para muchas de nuestras comunidades cristianas, el bien supremo (summum bonum), pasa por prosperidad material. Pasa por cosas antes que por cualidades. Llegamos a ser lo que tenemos y presumimos, antes de lo que somos en esencia. Y esto se plasma en nuestras oraciones, tan publicas como estériles.

    Ya Santiago decía, “pedís y no recibís, porque pedís mal para vuestros deleites”. Y orar por cosas antes que por una vida transformada; ha hecho de muchas congregaciones, caricaturas de lo que debería ser la Iglesia. Por eso Jesús no dejó la oración como opcional y nos exhorta:

    “Y cuando ores, no seas como los hipócritas; porque ellos aman el orar en pie en las sinagogas y en las esquinas de las calles, para ser vistos de los hombres; de cierto os digo que ya tienen su recompensa. Mas tú, cuando ores, entra en tu aposento, y cerrada la puerta, ora a tu Padre que está en secreto; y tu Padre que ve en lo secreto te recompensará en público.” Mateo 6:5-6 RVR1960.

    La oración es el tema de estos versículos dictados por Jesús dentro de un discurso ético mayor. Es el Sermón del monte; donde se exhorta a los nuevos seguidores a mantener una ética o forma de comportamiento social acorde a los deseos de Dios; pero también se invita a nuevos seguidores cansados de los discursos vacíos de los escribas y fariseos, líderes religiosos importantes de la época, de ahí la alusión a ellos que hace Jesús.

    Primeramente, cuando oren no hagan como hacen aquellos (los aludidos religiosos) porque: “ellos aman el orar en pie en las sinagogas y en las esquinas de las calles, para ser vistos de los hombres; de cierto os digo que ya tienen su recompensa

    1. El propósito o “summum bonum” de ellos era: “ser vistos por las personas”. Con aquello se conformarán al terminar de orar.

    Cuando oramos debemos tener propósitos definidos, para así reconocer cuando la respuesta viene del Señor. Y nuestra conformidad debe ir más allá del vacío de nuestros deseos, para internarse en la voluntad de Dios.

    2. Jesús sentencia, que los que oran vanamente, ya tienen su recompensa, o sea, el pago o la meta la alcanzaron fácilmente, pues las personas los han visto hacer eso por años. La recompensa de ellos es su vanidad. Y debemos recordar que vanidad significa “vacío”. En palabras más simples, ellos se conforman con nada, a cambio de un minuto de gloria.

    Por eso Jesús alguna vez les dijo: “Gloria de los hombres no recibo”, porque la gloria de los hombres no tiene fruto para la vida eterna.

    3. Más tú, cuando ores –se le dice a los creyentes – háganlo en el secreto de Dios ( ora a tu Padre que está en secreto). El secreto del Padre, es a todas luces una metáfora que describe la intimidad con Dios. La idea de entrar a nuestro cuarto y cerrar la puerta, es una idea supra cultural (por encima o más allá de cualquier cultura) e indica que en todas las culturas existe la idea de lo íntimo, lo apartado; aquel lugar al que nos escapamos de las tormentas de la vida. Es en ese refugio del alma, que Dios nos invita a orar; con la promesa que desde el secreto vendrá la recompensa pública.

    La idea de una recompensa pública connota honra sanadora; la que viene de Dios, porque Dios siempre honra a los que le honran. Pero…¿qué de la honra de los hombres? Es enfermiza, nociva y traicionera.

    En este hermoso segmento del Sermón del Monte, hay un merismo (una distribución de contrastes para explicar el sentido, o el uso de extremos para englobar un todo).

    ¿Recuerdan en uno de los artículos cuando hablamos de esta figura retórica?

    Bueno, aquí este merismo es la distribución del sentido amplio del mensaje de Jesús: que parte del extremo de orar en público por un sentido banal que le daban los escribas y fariseos; y lo contrasta con el otro extremo de orar al padre en secreto y sin hipocresía. ¿Con qué fin? Para que sean honrados con la respuesta pública que vendrá de Dios; y Dios que ha honrado al orante con su respuesta; será honrado por su bondad. Y para que quede bien grabado en la mente de los oyentes, es que Jesús les explica estos extremos en la actitud del devoto. Desde esta experiencia, él debe tomar una de dos posturas: enfocar su atención en vanas repeticiones, elocuentes y vacías para que lo vean, escuchen y admiren;  o deberá  concentrarse en su intimidad con Dios, de quien vendrá la respuesta buena y agradable.

    Hasta aquí, hemos tomado un fragmento de un poderoso sermón práctico de Jesús a sus seguidores. Y en este fragmento hemos degustado riquezas inimaginables respecto a la oración y sus implicaciones. Es más que solo recitar oraciones y repetir palabras. Requerimos intimar con Dios y contarle nuestras necesidades, nuestras vergüenzas y nuestras alegrías. Y esa relación se reflejará públicamente ante la gente no porque nosotros lo buscamos; sino porque Dios recompensa de esta manera nuestra fe.

    El bien supremo de los religiosos de la época de Jesús, era su imagen y su reputación. Para los pecadores como el publicano orando en el templo, era el perdón de Dios. Para muchos otros es el dinero, la carrera, la familia, el trabajo, etc. Pero para nosotros según el Evangelio que hemos leído, el bien supremo es nuestra intimidad con Dios. Al cerrar la puerta que nos comunica con los distractores de la vida, nos preparamos para estar a solas verticalmente con Dios, en íntima armonía.

    Ora, confía, e intima con Él

  • Los buenos y los malos

    En el ámbito común, los buenos son aquellos en su propia opinión, quienes siguiendo normas y convenciones sociales, se desempeñan de manera políticamente correcta. Los malos son quienes rompen estas reglas sociales, y los redimidos somos personas que hemos comprendimo y aceptado el llamamiento de Dios a una nueva vida.

    ¿Qué dice Jesús respecto a esto?

    “Jesús los oyó, y les dijo: —Los sanos no necesitan médico, los enfermos sí. Yo no he venido a invitar a los buenos a que me sigan, sino a los pecadores.” Marcos 2:17 PDT

    Hemos escuchado expresiones en diversos contextos o situaciones que resaltan la bondad humana; algunos ejemplos: “era una persona tan buena que no le hacía mal a nadie”; o, “yo soy una persona que no le hace mal a nadie”; también, “de qué necesito ser perdonado si me porto bien”.

    El escritor Jean Jacques Roussou, en su novela “Emilio” (1762), presenta y defiende su teoría de esta bondad y escribe: “el hombre es bueno por naturaleza”. Por supuesto, esa idea debemos comprenderla en sintonía con su visión humanista de tiempos de la ilustración en la que el hombre europeo hacía una evaluación moral del ser humano, y su referente; el hombre primitivo.

    Pero la Biblia dice lo contrario, y esta idea de bondad o maldad, se ha convertido en una piedra de caída para la humanidad, en su aspiración de mejora y búsqueda de un destino sin Dios.

    Dios que nos diseñó para perfecta bondad, ahora nos ve objetivamente enfermos y desahuciados moralmente. El Evangelio de Marcos hace eco de las palabras de Jesús en esa dirección.

    La palabra griega que se atribuye a Jesús en este discurso es “kakós”, que significa malamente o enfermo, pero su etimología (significado) o raíz gramatical, implica enfermedad física y moral, y connota la idea de moralmente indigno, sin valor, malo y depravado. Físicamente implica inválido, pestilente, dañado. Y así es como Dios ve a la humanidad. Recordemos al apóstol Pablo a los Romanos en 3:10-12; recitando salmos 14 y 53.

    “Pues como está escrito: «No hay justo, ¡ni uno solo! No hay quien tenga entendimiento. No hay quien de verdad quiera conocer a Dios. Todos han abandonado a Dios. Todos se hicieron inútiles. No hay nadie que haga el bien. ¡Ni uno solo!” Romanos 3:10-12 PDT.

    Y es precisamente esta condición humana la que ha propiciado un plan redentor que nace de Dios, y se ejecuta en Cristo. Por esta razón, creo que mientras el ser humano siga promoviendo una bondad intrínseca en la naturaleza humana, se aleja cada vez más de la voluntad de Dios de reconocer su desahucio moral.

    Entonces no me atrevería a decir que hay buenos y malos; más bien habemos malos (caídos de la gloria de Dios) y los malos redimidos y justificados en Cristo. ¿Los Buenos? Solo el  Padre, dijo Jesús; es bueno.

    Amigos lectores, cada cosa buena que hacemos por el prójimo pertenece a una convención universal de comportamiento y convivencia. Pero para nuestra eternidad segura con Cristo; necesitamos caminar en las obras que Dios preparó de antemano para que anduvieseis en ellas. Y este es el llamado de este momento para su vida: “camine en la voluntad de Dios hoy mismo”.

    “Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas.” Efesios 2:10 RVR1960