“Y Esaú respondió a su padre: ¿No tienes más que una sola bendición, padre mío? Bendíceme también a mí, padre mío. Y alzó Esaú su voz, y lloró”. Gén. 27:38 (RV60).
¡Que escena tan dramática narra este versículo de la Biblia! Durante mi niñez, en la escuela dominical me enseñaron a sentir menosprecio por este personaje, llamado Esaú. Pero después de ver mi propia vida y valorar la gracia de Dios, y su grande misericordia; pienso en que Dios no pretende que su Palabra nos genere sentimientos tan egoístas e insensibles hacia el sufrimiento del ser humano cegado por su pecado y sus cansancios cotidianos. Tampoco es que debamos hacer un altar a estos antihéroes, pero son el espejo donde cada creyente genuino debería verse y revisar su corazón.
El grito que sale literalmente de Esaú es desgarrador y traería consecuencias de larga data a sus generaciones. ¿Es Dios responsable del destino de Esaú y su pueblo? Un no rotundo. Dios no le vio con agrado por la constante incredulidad e indiferencia de Esaú respecto a su primogenitura. Por cierto, para nosotros; por más que estudiemos la Biblia, el tema de la primogenitura termina siendo de difícil comprensión; ya que se arraiga en un aspecto cultural de orden familiar al que no estamos acostumbrados en las familias occidentales. Para estos pueblos tribales semíticos – ascendencia de los israelitas – la primogenitura estaba arraigada en necesidades propias de protección y pastoreo en tierras muy hostiles de constantes guerras y saqueos. En nuestras culturas, primar a un hijo por encima de una hija, es un asunto de machismo.
Pero volviendo al amargo llanto de Esaú, debemos reconocer en sus gritos suplicantes – ¡Padre, bendíceme también a mí! – un hombre emocionalmente desbordado por la traición de su hermano Jacob en alianza con su madre. El relato bíblico de la historia completa de esta familia nos deja ver entre bastidores a una familia con problemas tan propios como las nuestras hoy. Rebeca tiene una preferencia por Jacob, quizá cansada de la vida en apariencia desordenada que llevó Esaú; ya que este muchacho había tomado hijas heteas que importunaban la vida de Rebeca. Luego, Isaac tenia una preferencia por Esaú, ya que era un hombre más rudo; y es posible que Isaac pesara estas cualidades como óptimas para la administración de la familia una vez él faltase. Estas tensiones, generaron un periodo de rencillas entre los hermanos, y a largo plazo entre los edomitas y los israelitas.
Pero una vez más, Esaú lloró con el dolor que causa la alta traición y al abandono. Si no, solo ponte por unos segundos en la posición de este personaje y me cuentas. Ciertamente, su dolor fue una consecuencia de su descuido; pero en nada eso justificó a Jacob, tanto fue así, que Dios en su encuentro con él le hirió la cadera; que lo marcó el resto de sus años recordándole, que la bendición que le pidió a Dios aquella madrugada en Peniel; debió costarle su reconocimiento de quién era él y quién es Dios.
Hay otros varios momentos de llanto amargo en la Biblia, que nos recuerdan cuanto dolor se vive en el mundo desde Génesis capítulo tres.
En el Nuevo Testamento, Lucas nos relata en 22:62; que Pedro lloró amargamente al saber que en este caso él era el traidor. Había traicionado con sus palabras al Maestro que con tanto amor y dedicación le había formado y amado. La diferencia con Pedro es que él se arrepintió y llegó a cumplir el propósito eterno de su vida sirviendo a Dios.
Queridos amigos, el dolor del alma es una realidad intrínseca (propia) al ser humano desde su caída moral en el huerto de Dios. Debemos luchar con eso cada día. Y es importante que desde esa premisa y experiencia personal de cada uno; miremos en los otros el sufrimiento para ministrar de gracia, si es que de gracia hemos recibido de parte de Dios la consolación. Las razones por las que una persona esté sufriendo, es un tema secundario que habrá que atender después en su momento.
Manos a la obra



