Mi hermana hizo una especie de experimento social, lanzando una pregunta sobre su argumento principal que decía: “Si alguien te regalara una caja con todo lo que has perdido en la vida, ¿qué sería lo primero que buscarías? Te invito a pensarlo un poco y jugar este juego, es claro que el argumento es fantasioso, pero válido para hacernos reflexionar y descubrir apegos insanos, y a la vez, metas que sería bueno desempolvar porque merecen la pena.
Mi respuesta se enfocó en mi relación con Dios, desde el concepto de la consagración, y aquello reflejó una condición interna que marca mi día a día. Lo primero que hice fue definir si mi apego es a una tarea llamada ministerio (apego insano), o un anhelo genuino de su santidad, propósito y dones de Dios en mí (una meta que debería ser de todo creyente).
En este nuevo año donde solemos meditar acerca de lo que fue y de lo que será, lo más importante es descartar la idea de que todo tiene que ser igual, primero porque hay factores externos a nuestros deseos, que podrían evitar que se repitan aquellas cosas que más nos gustaron; y, por otra parte, porque muchas cosas que nos han generado displacer y descontento, podríamos trabajarlas para cambiarlas.
Dios no está en contra de que busquemos bienestar, su Palabra es clara al hacernos ver que su deseo es que tengamos una vida abundante, o sea, una vida plena. Pero este concepto espiritual empieza por una vida plena desde nuestro interior: pensamientos, emociones y sentido de propósito.
En esto quiero recordar las palabras de Jeremías en una de sus lamentaciones:
“Haznos volver a ti, Señor, y nos volveremos; renueva nuestros días como al principio” Lamentaciones 5:21 (RV2020).
Esta es una de las súplicas más genuinas, en la extenuación del profeta sabido de la suerte final de Jerusalén y su gente ante los caldeos. Jeremías sabía que la destrucción era inevitable y había escrito varios lamentos en su libro de lamentaciones, y con este verso termina sus poemas de llanto, apelando a la bondad de Dios para hacer volver sus corazones a Él y renovar “sus días”.
No es un propósito de año nuevo nada despreciable, anhelar la bondad de Dios, a pesar de no merecerlo.
Jeremías añoraba la ciudad amurallada de Jerusalén, aun sabiendo que tras aquellos muros había mucha iniquidad y malas conductas contra Dios.
Pero al final concluye que lo mejor para ellos, más que el orgullo por su ciudad y su templo, era un corazón de regreso a Dios. Esta es una buena elección y una mejor lección para nosotros.
Anhelar a Dios más que a nuestra familia, nuestro trabajo, nuestra carrera y nuestras metas, es lo sabio para este nuevo año. Nuestra familia, trabajo y carrera, son metas loables tanto como los muros de la ciudad de Jerusalén que albergaban y protegían el templo de Dios y a las familias israelitas. Pero sin Dios se vuelven murallas insuficientes y estériles para un propósito de vida.
Sin Dios, el despropósito está sentado en el centro del corazón del hombre. Es tiempo de cambiar todo aquello que se parece un muro en nuestra vida, pero que no nos da verdadera seguridad. Recordando que la única y segura ancla del alma, es la presencia de Dios y su Santo Espíritu.
“para que por dos cosas que no cambian, y en las que Dios no puede mentir, tengamos un poderoso consuelo los que hemos buscado refugio y nos hemos aferrado a la esperanza que se nos ha ofrecido. Una esperanza que tenemos como ancla segura y firme de nuestra vida…” HEBREOS 6:18-19 (RV2020).
Que Dios te bendiga y provea un año nuevo lleno de esperanza.


