«El ángel entró en el lugar donde estaba María y le dijo: — Alégrate, favorecida de Dios. El Señor está contigo.” LUCAS 1:28 BHTI
¡Que momento alucinante! El más poderoso de los ángeles celestiales al servicio del todo poderoso y eterno Dios, se presenta ante una doncella sencilla y desconocida llamada María, quien vivía con su familia en la provincia de Galilea.
María no era ni tan común, ni tan corriente, como solemos expresarlo. Sin duda era una mujer elegida. Pero también era una joven llena de sueños e ilusiones. Enamorada, desposada y pronto sería la esposa de José. No dudo que era una mujer trabajadora, sencilla y pura. El saludo del ángel tan emotivo, lo hace ver así:
¡Salve!: del griego Jaíro – Regocíjate, Gózate –
Muy favorecida: del griego Jaritóo – Muy favorecida (acepta, aprobada) – esta expresión es un pronombre que le acuña aquel ángel a María.
Ciertamente, ¡Salve! era un saludo normal en la época, pero lo que no era normal es que viniera desde el cielo. María fue por designio de Dios, la Madre del Mesías, el enviado de Dios para la salvación de todos los que hemos creído en esta historia de salvación.
Nunca más María fue la misma. Hubo un antes y un después de aquella cita divina. Así debe ser para cualquier corazón en donde Cristo germina cual simiente. Un antes y un después.
Pero de Galilea ¡nada bueno podía salir! Eso decían las “malas lenguas”. Sí, lo decían los fariseos, refiriéndose a Jesús años después. Así que aquella joven no lo tenía tan fácil humanamente hablando.
Cuán necesario fue que Dios empoderase a María. Cuando Dios la llama “muy favorecida” le está dando una identidad que la empodera. Hasta el día de hoy la identidad de María, la madre de Jesús, es “una mujer empoderada como muy favorecida”.
¿Qué tan favorecido o favorecida eres tú?
Dios nos da nombres que nos transmiten identidad, y con esa identidad nos da el poder de ser lo que Él quiere que seamos. Solo hace falta que leamos su Palabra y asumamos. Porque nuestra vida y nuestro actuar, estarán limitados por nuestra identidad.
Un día crucial, Jesús lo daba todo en la cruz cumpliendo su destino que un nombre designado por Dios colgó en su alma: «Jesús, el Salvador de Jehová para el Mundo»
Pero al pie de la cruz una mujer incomparable por todas las edades, María de Nazareth de Galilea, dio hasta su última lágrima por su amado hijo. Ella se sabía «muy favorecida por Jehová», al cumplir con creces la misión de su vida.
¿Qué de ti, qué de mí? Hay mucho que aquí podríamos agregar, pero solo dejaré un ejemplo poderoso de lo que usted y yo somos y de nuestra misión:
“Mas vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable;” 1 Pedro 2:9 RVR1960
Como María que fue “muy favorecida”, así también nosotros: somos un linaje escogido, linaje real, linaje santo, linaje adquirido por Dios. Esa es la identidad de un hijo e hija de Dios.
Tú y yo somos muy favorecidos, en el mismo momento que Dios nos encontró y nos llamó por nuestro nombre.
Recuerda, tu identidad en Cristo define quién eres y lo que haces. No te conformes con menos.