El pueblo hebreo finalmente sale de Egipto, hacia una tierra desconocida pero prometida.
La noticia es, que aquella tierra era una que “fluye leche y miel”.
Van camino al desierto, pero el desierto no será su destino definitivo, es solo parte de su peregrinar. Este camino aparece imposible en el horizonte porque se antepone el Mar Rojo, y será la primera gran prueba de confianza en su incipiente aventura. Pero es también la continuada manifestación del poder de Dios, quien ya les había mostrado a los esclavos en Egipto, qué tanto poder tenía, al punto de vencer a las deidades egipcias, a través de las plagas.
Pero a orillas del Mar Rojo ellos desesperan, lloran y murmuran contra su Dios por primera vez. Una actitud que será repetitiva en su peregrinar. Y es que cuando el humano se permite actitudes cómplices, cae presa de su propia incredulidad y despropósito.
Debemos comprender en nuestro propio carácter de cristal, que aquella sensación de acorralados contra el mar por sus detractores, podía generar estupor. Mas no debemos olvidar las posibilidades milagrosas que ellos no ignoraban, para salir de aquel predicamento. Así como nosotros tampoco debemos olvidar las nuestras.
Cruzando el mar, subidos en las victorias de Dios poderosamente paciente, retoman el caminar lento y quejumbroso hacia una tierra de libertad en la cual podrán construir sus casas, sembrar sus tierras, tener su ganado, y sobre todo construir sus familias. Pero ellos se empecinan en aquella actitud de orillas del mar, en la se quejaron y murmuraron de su situación.
Aquel corto camino a las montañas fructíferas de Canaán, se torna en largas jornadas por un desierto asolador.
Esta es una historia particularmente ejemplar para nosotros en tanto que comprendemos; que refiere el trato de Dios hacia un pueblo que él eligió para salvarlos y formarlos, mostrando así su gran poder y misericordia. Sobretodo si nos reconocemos también elegidos por Dios para nuestra propia aventura de peregrinación.
Indudablemente no fue fácil para Israel, y significó una constante decepción para Dios mismo. Pero en ese contexto podemos decir que a quienes Dios llama, les forma y les guarda.
Es en el crisol de la voluntad de Dios, que los elegidos somos probados y refinados para poder entrar a tierras de vida fructífera y abundante.
Canaán supone para nosotros, no el cielo mismo, sino una promesa de vida nueva; abundante en fe y fructífera en el Espíritu, aquí y ahora hasta la eternidad.
Tu y yo no tenemos promesas de vida abundante por merecimiento, sino por decreto divino. Para ello debemos peregrinar confiando en Él y eso supone no quejas, sino gratitud y alabanzas, conquistando cada día esas tierras que “fluyen leche y miel”.
Esta reflexión está basada en una lectura de Éxodo hasta Deuteronomio.
13 Y Moisés dijo al pueblo: No temáis; estad firmes, y ved la salvación que Jehová hará hoy con vosotros; porque los egipcios que hoy habéis visto, nunca más para siempre los veréis. Éxodo 14:13 (RVR 1960)
Nunca más veremos nuestro pasado venciendo en nuestras vidas. Quizá lo veremos tratando de arrinconarnos contra desafíos que parecieran infranqueables, pero la promesa de Dios para sus hijos e hijas, es: «nunca más para siempre los veréis».
Hermano y hermana, llegará el día perfecto, pero mientras tanto; sepa que desde hoy no debes huir ni temer a quien te aprisionaba.
Dios te salvó del pecado personal, de la obra de satanás y de las amenazas que puedan venir en contra tuya en tu peregrinar. Los creyentes caminamos sobre promesas de fidelidad. Ese es nuestro Destino: Su Fidelidad.
¡Vive en la abundancia que Dios te ha prometido!