La naturaleza exclama melancólica, su pena. Una pena que le fue impuesta involuntariamente cual castigo, por albergar en su seno la ignominia (grave ofensa al honor) al creador y sus criaturas.
Pablo dice que la creación fue sujeta a vanidad, o sea, a inutilidad, despropósito y caducidad. Por eso gime como con dolores de parto. Metáfora que implica que al final hay esperanza de algo nuevo.
Los dolores de parto tienen como denominador común nueva vida. Una madre se renueva y reproduce en su hijo o hija, la vida que ella misma va perdiendo. Así la natura, en su aflicción monótona (el círculo de la rutina) espera una nueva vida. Apocalipsis nos enseña que la tierra y los cielos actuales desaparecerán para darle vida a cielos nuevos y tierra nueva. La redención o la liberación que espera la naturaleza, es su fin. El sollozo del viento, las ramas de árboles quebradizos, los rios que no paran de ir al mar para volver a empezar en las montañas, las presas que lloran dolorosas el ataque de sus depredadores, los animales que hoy mueren de hambre y sed por la calamidad climática, todo este caos es la aflicción de la que nos habla esta porción de la Biblia. Este es el gemido de la naturaleza.
Pero la esperanza de libertad de la naturaleza, está vinculada al día glorioso de la manifestación real, o sea, la demostración de la salvación que ya poseemos pero que aún no ha sido manifestada en cuerpos glorificados.
Todo lo sujetó Dios a una misma esperanza, ¿Cuál? La libertad gloriosa de los hijos de Dios.
Una asombrosa cátedra nos da el apóstol Pablo: “cuando el hombre y la mujer en el huerto del Edén, cayeron esclavos bajo maldición de corrupción, esto es de muerte, la naturaleza misma fue sometida a esclavitud con veredicto de caducidad. Entonces, cuando los nuevos hombres y mujeres, creados en Cristo Jesús seamos redimidos de este cuerpo corruptible, para habitar cuerpos glorificados, también la naturaleza se extinguirá para dar lugar a una nueva creación natural”. “cielos nuevos y tierra nueva”. Nada quedó fuera de la esperanza de un día glorioso. Dichosos todos aquellos que podemos creerlo.
“El que no cree ya ha sido condenado”, nos cita Juan.
“Pues tengo por cierto que las aflicciones del tiempo presente no son comparables con la gloria venidera que en nosotros ha de manifestarse. Porque el anhelo ardiente de la creación es el aguardar la manifestación de los hijos de Dios. Porque la creación fue sujetada a vanidad, no por su propia voluntad, sino por causa del que la sujetó en esperanza; porque también la creación misma será libertada de la esclavitud de corrupción, a la libertad gloriosa de los hijos de Dios. Porque sabemos que toda la creación gime a una, y a una está con dolores de parto hasta ahora; y no solo ella, sino que también nosotros mismos, que tenemos las primicias del Espíritu, nosotros también gemimos dentro de nosotros mismos, esperando la adopción, la redención de nuestro cuerpo. Porque en esperanza fuimos salvos; pero la esperanza que se ve, no es esperanza; porque lo que alguno ve, ¿a qué esperarlo? Pero si esperamos lo que no vemos, con paciencia lo aguardamos. Y de igual manera el Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad; pues qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles. Mas el que escudriña los corazones sabe cuál es la intención del Espíritu, porque conforme a la voluntad de Dios intercede por los santos.” Romanos 8:18-27 RVR1960