20 Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí.
Gálatas 2:20
Esta crucifixión nuestra definitivamente es más real de lo que podamos entender. Los cristianos debemos morir a todas aquellas emociones y sentimientos que contradicen el carácter de Cristo. Sabemos que Cristo sufrió en la cruz el cruel castigo físico, e indudablemente el más cruel fue el castigo psicoemocional (cuando las causas traumáticas no tienen explicación física). Aquella histórica frase: “¿Padre por qué me has abandonado?” nos revela una desolación en su alma; porque estaba solo en esa cruz. Le abandonaron horrorizados por la crueldad los amigos, y es que la crueldad del pecado horroriza a cualquiera. Luego a Jesús lo abandona la justicia de la tierra, su propio clan religioso, su familia; excepto su madre y el discípulo Juan, a quien Jesús ve como un hermano menor al entregarle el cuido de su madre. Hay varios elementos alrededor de la cruz que aún no hemos analizado después de muchos siglos.
¿Pero cómo es que nosotros participamos de los horrores de la cruz? La cruz de Cristo, su crucifixión según Pablo, es también la nuestra. Tajantemente Pablo dice: “Pero los que son de Cristo han crucificado la carne con sus pasiones y deseos. Gálatas 5:24.
No cabe duda que el evangelio ataca esa carnalidad natural, y a la vez anticristiana del ser humano; en un claro antagonismo entre carne y espíritu, que debemos estudiar con mayor esmero y atender solícitamente en nuestra vida. La Biblia no deja lugar para un libertinaje moral a costa de la gracia de Dios. Si bien la gracia Divina es el vehículo de su misericordia e indulgente salvación del pecador contrito y humillado, las almas corruptas alcanzadas por su gracia, mueren no de manera simbólica sino de manera completamente visible y absoluta. La angustia real de Cristo en la cruz, se traduce para nosotros en la angustia de nuestra carne por no poder hacer todo cuanto nos place, sin sentirnos culpables si son acciones licenciosas o desenfrenadas de la conducta. Cristo sufrió por los pecados que se le imputaron sin ser pecador. Nosotros sufrimos por los pecados que nos fueron quitados, perdonados y borrados, bajo la condición de “no peques más”. ¿A ustedes les parece extraño que lo plantee de esta manera? Bueno, pero no es menos que eso lo que sucede, eso que llamamos la lucha contra la carne. Unos luchamos con unas cosas, otros luchan contra otras cosas en sus vidas; algunas cosas con las que luchamos son grandilocuentes (hacen mucha bulla), aberrantes y odiosas, otras son sutiles y pareciera que no se meten con la vida de los demás. Pero lo cierto es que el pecado es como una semilla; en la parábola homónima (con igual nombre) se llama cizaña, y ésta es una semilla de maldad, estéril en cuanto a beneficios. Luchamos entonces contra la maldad dentro de nosotros mismos, en agonía constante semejante al Gólgota. Y no porque no seamos capaces de lograr la victoria, sino porque nos rehusamos dejar de pecar.
Entonces, la crucifixión en el Gólgota, nos lleva a Cristo, quien recibió los clavos, el martillo, los escupitajos, las blasfemias, las injurias y toda clase de burla, mientras en su alma desgarraba la soledad del abandono, de la intolerancia del mal por el bien, del intrincado corazón humano que odia con celo enceguecedor ante lo que es superior a sí mismo y le quita razón a su propia justicia. Pero estar crucificados con Cristo, significa una negación a convivir con las motivaciones de nuestro intrincado corazón, muerto en sus delitos y pecados, esos corazones de toda la humanidad que llevaron a Cristo a la Cruz, no podemos ser cristianos alimentando esas pasiones de muerte en nuestras vidas y decir: “Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí” es una expresión que se complementa con una descripción de la nueva vida en Cristo: “…y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios”.
Terminemos con este versículo concluyente del tema de Pablo a los Gálatas. Los cristianos podemos vivir bajo los criterios de la ley, sin desechar la gracia de Dios operante en nosotros para que esto sea posible. La ley no nos justifica, solo nos pone una medida de crecimiento personal en la que solo la gracia de Dios nos puede ayudar alcanzar.
No desecho la gracia de Dios; pues si por la ley fuese la justicia, entonces por demás murió Cristo. Gálatas 2:21
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