• La corona de espinas

    Por Elías Lara

    Los soldados romanos la hicieron para ponerla sobre la cabeza del despreciado Jesús, en forma de burla. Pero estaban poniendo todo el peso del lenguaje simbólico, en la indumentaria de Jesús camino a la cruz.

    La túnica púrpura simbolizando la majestuosidad de un rey; desplegando poder y autoridad.

    La corona de espinas, simbolizando el cruento castigo por el pecado.

    Las espinas dolorosas no solo hicieron eco de las palabras del profeta Isaías (capítulo 53). Isaías inicia la profecía implicatoria universal, en 53:2, diciendo que Jesús subirá como un renuevo, o “brote” nuevo, pero su raíz será como raíz de tierra seca o árida. Toda la escena de Isaías 53 se torna árida y dolorosa.

    Pero las espinas también nos conectan con el principio del fin de la inocencia en génesis capítulo tres. Cuando la tierra recibe una maldición o castigo, que traería hasta hoy duras consecuencias para la vida humana. Una tierra hostil y difícil para vivir sin afanes.

    “Y al hombre dijo: Por cuanto obedeciste a la voz de tu mujer, y comiste del árbol de que te mandé diciendo: No comerás de él; maldita será la tierra por tu causa; con dolor comerás de ella todos los días de tu vida. Espinos y cardos te producirá, y comerás plantas del campo.” Génesis 3:17-18 (RVR1960).

    Las espinas están relacionadas con hostilidad, maldición y trabajo estéril.

    Así que, los verdugos de Jesús nos permiten recordar que aquella corona de espinas en Jesús es redención de la maldición del pecado. Pero esa corona en cualquier otro ser humano, es dolor, amargura de espíritu y vida sin fruto. Es una doctrina básica sabernos redimidos de la maldición del pecado por medio de Cristo. En esa cruz, el Rey de Reyes, cargaba nuestra maldición.

    Así que, otro símbolo que todo creyente debe saber interpretar; aparte del madero, los clavos, la túnica púrpura y la tumba vacía.

    La corona de espinas que debíamos cargar todos nosotros, pero de la cual nos ha librado el señor.

    “Y le vistieron de púrpura, y poniéndole una corona tejida de espinas, comenzaron luego a saludarle: ¡Salve, Rey de los judíos!” Marcos 15:17-18 (RVR1960)

    Ya hemos sido redimidos de tales maldiciones, pero la hostilidad que vivió y venció Jesús; nos asecha cada día y debemos luchar. Es aquí donde las palabras del apóstol Pablo adquieren más contexto:

     “He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe.” 2 Timoteo 4:7 (RVR1960)

    “Pelea la buena batalla de la fe, echa mano de la vida eterna, a la cual asimismo fuiste llamado, habiendo hecho la buena profesión delante de muchos testigos.” 1 Timoteo 6:12 (RVR1960).

     

  • Parece fácil, pero no lo es

    Por Elías Lara

    El gran salto de fe, no está en tener un gran ministerio, o dones extraordinarios. Está en aceptar lo bueno y lo malo que nos viene, a pesar de ser “hijos del Rey”.

    Elías Lara

    Desde niño creyendo en el Evangelio, y con muchas dificultades e ignorancia avanzando por diferentes estadios de fe hasta hoy. Pero creer no es fácil en la práctica, cuando ello significa oír y obedecer a Jesús el Cristo. Leamos:

    Mientras él aún hablaba, vinieron de casa del principal de la sinagoga, diciendo: Tu hija ha muerto; ¿para qué molestas más al Maestro? Pero Jesús, luego que oyó lo que se decía, dijo al principal de la sinagoga: No temas, cree solamente.” Marcos 5:35-36 (RVR1960).

    La peor noticia para un ser humano y particularmente para un padre o una madre, es la muerte de un hijo o una hija como es el caso bíblico que nos invita a la reflexión esta oportunidad. Jairo un notable de la sinagoga, pide la ayuda de Jesús, pero en apariencia ya es algo tarde y su hija muere. Por eso los siervos de Jairo lo impelen a no molestar al Maestro. La respuesta de Jesús es propia del autor y consumador de la fe. Jesús le dice:

    Pero Jesús, luego que oyó lo que se decía, dijo al principal de la sinagoga: No temas, cree solamente.” Marcos 5:36 (RVR1960).

    Ante el panorama de muerte y desesperanza; Jesús llama a Jairo, un líder prominente de la comunidad religiosa, para que “no tenga temor”.

    ¿Cuáles son nuestros temores al caminar con Jesús? Posiblemente muchos.

    Tenemos miedo de lo que dirán otros. Tendremos temor de no recibir lo que pedimos. Tendremos temor de no ver cambios en nuestras vidas.

    Pero el miedo que más experimentamos en la fe, es no recibir, no vivir a la altura de las expectativas. ¿Por qué? Porque de nuestro confort prima nuestra fe.

    El gran salto de fe, no está en tener un gran ministerio, o dones extraordinarios. Está en aceptar lo bueno y lo malo que nos viene, a pesar de ser “hijos el Rey”. Los apóstoles y luego los padres de la Iglesia, lo supieron; y el mayor acto de fe de ellos fue ser mártires del Reino de Dios.

    Jairo evidentemente tenía temores, puesto que Jesús le dijo: “no temas”. Y quizá el peor temor era que su hija muriese, pero también, el cómo impactaría la muerte de su hija, la fe de todos ellos.

    Todos llegamos a sufrir temores. Es parte de nuestra pequeñez, por eso es imperativo que los cristianos experimentemos por la fe; la seguridad que dan las Palabras del Señor.

    Jesús por eso agregó a las palabras de consuelo, “no temas”; el mandato, “cree solamente”. Y eso ¡parece fácil¡ pero no lo es; porque creer va más allá de confesarlo en positivo, involucra un abandonarnos en las peores circunstancias, a su merced (a Dios).

    “Creer solamente”, es una frase poderosa porque el adverbio (solamente) modifica la acción de lo que el verbo requiere del oyente. Debe creer sin apoyos extras, sin pruebas, sin pretensiones.

    Para Jairo creer antes de la muerte de su hija era condicionado a un milagro. Ahora debe creer sin condiciones, abandonado en lo que Jesús podía hacer en lo imposible.

    Hay un punto en nuestra vida que muere el  romanticismo de la fe, emergiendo la verdadera motivación de nuestra fidelidad a Dios. No le creemos por una limosna o por un milagro. Le creemos porque a pesar de las circunstancias, caminar con Él, es ya una medicina. Todo lo demás que Cristo quiera hacer en nosotros y con nosotros; es una añadidura. Lo vital es nuestra fe firme que se lleva el temor, fulminando nuestros miedos.

    Que Dios nos de solidez en nuestro creer, tanto que, las circunstancias no nos moldeen, sino sólo la fe.

     

     

  • Militancia celestial

    Por Elías Lara

    El llamado divino encierra un denominador común. Pablo a Timoteo le hace ver que él (Timoteo) debe sufrir solidariamente con él (Pablo) y con Cristo definitivamente. Es la forma que lo expresa en el griego del Nuevo Testamento, por medio del verbo imperativo: (“συγκακοπαθέω”) sunkakopadséo = “Sufrir”, que se traduce en la versión Reina Valera como, “participante de las aflicciones”, también como “sufrir adversidad en compañía de…”. Y ese es el denominador común: La adversidad o el sufrimiento.

    “Tú, pues, sufre penalidades como buen soldado de Jesucristo”. 2 Timoteo 2:3 (RVR 1960).

    La exhortación de Pablo, ya anciano y listo para morir pronto, a su hijo espiritual, discípulo y amigo el joven Timoteo; es un poderoso Símil que resume la forma en que el creyente al escuchar el llamado de Dios; se compromete con la causa de Cristo de manera sometida y disciplinada como un buen soldado de milicia. Seguidamente, viene el texto del cual quiero dejar una reflexión para todos.

    “Ninguno que milita se enreda en los negocios de la vida, a fin de agradar a aquel que lo tomó por soldado”. 2 Timoteo 2:4 (RVR 1960).

    Y ¿qué deberíamos entender por “enredarse con los negocios de la vida”? Pues en el fondo, Pablo está implicando el sentido de lealtad, cuando completa la idea con el fin o propósito del militante. “Agradar a aquel que le ha tomado por soldado” o sea, aquel quien te ha llamado a formar parte de las filas celestiales. La lealtad aquí es clave; y ya en otro contexto más espiritual, Jesús en los Evangelios registra este principio de lealtad al referirse a la incongruencia de tratar de ser fiel a dos señores (Mateo 6:24). Distracciones mundanales y objetivos humanistas y seculares, nos alejan de Dios.

    Pero también, hay que aclarar que el sentido peyorativo de la palabra “enredarse” no es una connotación de negocios oscuros. Es cualquier negocio y trabajo que por legal que sea, nos aleja en tiempo y propósito de la misión que Dios nos ha encomendado.

    Ahora, lo que no significa la frase de Pablo. No significa demonizar el trabajo, la educación, los negocios, los deportes, los pasatiempos, el disfrute, la familia, etcétera. Si todo lo mencionado es añadidura de Dios, pero nunca altar de un dios.

    La comparación que el apóstol hace entre el servicio a Dios y a la milicia, resalta la importancia de dedicar vida, mente y corazón a la causa para la cual se ha elegido y capacitado a ese alguien. .

    El creyente ha de estar claro de que las distracciones de este mundo, y los objetivos mundanos son incompatibles con el compromiso del llamado divino. Pero aquí hay una distinción que debemos marcar.

    1. Está el llamado general a toda persona para salvación y santificación. Es de esta manera que se pertenece a Él.
    2. Está el llamado particular de Dios para algunos cristianos al servicio del reino.

    En ambos casos, debemos lealtad a Dios quien nos llama. Pero el impacto más significativo se da en los ministros llamados a servir al Señor, y que por situaciones tan humanas y mundanas, abandonan la misión. Cuando alguien se baja del altar (sentido figurado de abandonar el ministerio) experimenta mucha distracción y hasta cambian los objetivos más próximos, pero también se cae en depresión. Y hay muchos ejemplos bíblicos y extra bíblicos.

    Por ejemplo, cuando el profeta Elías perdió la perspectiva de su misión ante el pueblo idolatra de Israel, terminó corriendo lleno de miedo y agotamiento emocional. Ananías y Safira perdieron la visión espiritual de aquella campaña de generosidad, y se distrajeron por el negocio detrás de la buena obra. En nuestro tiempo esto ha pasado con miles de ministros y ministerios.

    Ejemplo tenemos de algunos ministerios cristianos de obra social, que han terminado convirtiéndose en un gran negocio. El problema no es captar capital, sino alejarse de la vocación primigenia.

    Si Dios te ha llamado a salvación y santificación, es ganancia para tu vida. Ya en el caminar diario y el crecimiento espiritual, experimentarás los dones que te catapultarán al servicio. Y si Dios nos llama a servirlo, tenemos seguro que, debemos padecer con Cristo y con los hermanos que nos antecedieron. Y además, disponernos completos en tiempo y forma.

  • El peso de la personalidad

    Por Elías Lara

    La forma en que nos relacionamos con los otros, habla de cómo es nuestra relación con Cristo.

    Escuché en la ponencia del Dr. Pablo Martínez (Psiquiatra y conferencista evangélico), una disertación acerca del binomio propio de la personalidad de Cristo: mansedumbre y humildad. Sus conceptos reforzados en la ciencia de la conducta (psicología) y sus estudios teológicos, le han permitido escribir acerca de la naturaleza humana y el impacto del Evangelio en esa naturaleza.

    La humildad está íntimamente ligada al autoconcepto, que es la forma en que nos vemos a nosotros mismos. El autoconcepto es el punto de partida de nuestras relaciones. Si tenemos una visión distorsionada o inflada de nosotros mismos, eso se reflejará en cómo tratamos a los demás. La humildad, como reflejo del autoconcepto adecuado y el ejemplo de Cristo, es esencial para restaurar relaciones, cohesionar comunidades y vivir de manera ética según los principios de Dios.

    La mansedumbre tiene que ver con el autocontrol. Desde la etimología del griego, “praus” significa apacible o gentil. Es esa característica externa que muestra cuán humildes somos. (Hasta aquí esta introducción extraída de la conferencia del Dr. Pablo Martínez. Tema: El gran modelo).

    De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas.” 2 Corintios 5:17 (RVR1960).

    El consejo de la Palabra de Dios acerca de nuestra naturaleza es vasta. Pablo nos enseña que las cosas viejas pasaron y he aquí todas son hechas nuevas. Y ahí ya nos deja ver claramente que en Cristo hay un antes y un después que debe ser evidente en nuestra conducta. Pero a la vez, en este camino imperfecto que nos lleva a la perfección en Cristo, habrá siempre esa tensión entre la vida vieja y la nueva.

    Por eso Jesús, anterior a Pablo; hacía un llamado a los suyos para aprender.

    ¿Qué se aprende? La conducta. Y Jesús habla de aprender mansedumbre y humildad.

    “Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas;” Mateo 11:29 RVR1960.

    La humildad es una virtud interna, de cómo nos vemos ante los demás, y de seguro en todos ha sido desvirtuada en menor o mayor grado por la Inter relación con los demás. En Cristo, este autoconcepto debería ser sanado; quizá en un proceso pero necesariamente transformador.

    La mansedumbre es un fruto evidente, que surge de esa virtud interna que es la humildad.

    Al pasar rápidamente revisión a estos dos conceptos, es conclusivo que estamos hablando de una personalidad reforzada por el Evangelio de Cristo. Y digo reforzada porque todos los seres humanos tenemos personalidad. Pero en Cristo esta personalidad es nueva y así deberíamos vivirla y reproducirla.

    Encuentro un desafío personal en esto, porque a veces acudo a mis viejas formas de personalidad que encajan con los ambientes en los que fui siendo formado. Y es asi como yo me relaciono en casa, en el trabajo y en otros ambientes sociales; con formas viejas o formas nuevas, que deben ir siendo más nutridas hasta casi desaparecer formas viejas de relacionarme con los demás.

    La humildad no maquilla con sonrisas, ni con palabras bonitas. La calidad de mansedumbre o gentileza, determina nuestra verdadera humildad.

    La humildad no es aguantar la hostilidad en contra nuestra, es estar seguros de que esas hostilidades no tienen fundamento, teniendo dos opciones claras: una es soportar el agravio sin venganza, y dos; defendernos con argumentos sólidos sin pretender atacar a la otra persona. En el caso de Jesús, optó por la primera vía. Soportar el oprobio porque en ello estaba su misión. Fue hasta la cruz con mansedumbre y humillación.

    Jesús sabía quién era él y sabía que todas las acusaciones en contra suya, eran armas forjadas contra su misión. Fue su autoconcepto mesurado y equilibrado; que le permitió actuar con genuina gentileza.

    El mundo hoy no es un mejor lugar. Se cumplen las palabra proféticas de Jesús en los Evangelios acerca de la sociedad del fin de los tiempos. Pero la Iglesia debe desmarcarse de esta conducta prepotente, egoísta, vanagloriosa, irreverente y desquiciada de la sociedad postmoderna y de la postverdad.

    Debemos vestirnos de humildad y reflejar como un adorno, la mansedumbre.

    Si tenemos que hacer cambios en nuestra conducta en esa dirección, apliquemos el llamado de Jesús, de “aprender” de Él esta conducta liberadora que traerá descanso a nuestras almas.