Por Elías Lara
La forma en que nos relacionamos con los otros, habla de cómo es nuestra relación con Cristo.
Escuché en la ponencia del Dr. Pablo Martínez (Psiquiatra y conferencista evangélico), una disertación acerca del binomio propio de la personalidad de Cristo: mansedumbre y humildad. Sus conceptos reforzados en la ciencia de la conducta (psicología) y sus estudios teológicos, le han permitido escribir acerca de la naturaleza humana y el impacto del Evangelio en esa naturaleza.
La humildad está íntimamente ligada al autoconcepto, que es la forma en que nos vemos a nosotros mismos. El autoconcepto es el punto de partida de nuestras relaciones. Si tenemos una visión distorsionada o inflada de nosotros mismos, eso se reflejará en cómo tratamos a los demás. La humildad, como reflejo del autoconcepto adecuado y el ejemplo de Cristo, es esencial para restaurar relaciones, cohesionar comunidades y vivir de manera ética según los principios de Dios.
La mansedumbre tiene que ver con el autocontrol. Desde la etimología del griego, “praus” significa apacible o gentil. Es esa característica externa que muestra cuán humildes somos. (Hasta aquí esta introducción extraída de la conferencia del Dr. Pablo Martínez. Tema: El gran modelo).
De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas.” 2 Corintios 5:17 (RVR1960).
El consejo de la Palabra de Dios acerca de nuestra naturaleza es vasta. Pablo nos enseña que las cosas viejas pasaron y he aquí todas son hechas nuevas. Y ahí ya nos deja ver claramente que en Cristo hay un antes y un después que debe ser evidente en nuestra conducta. Pero a la vez, en este camino imperfecto que nos lleva a la perfección en Cristo, habrá siempre esa tensión entre la vida vieja y la nueva.
Por eso Jesús, anterior a Pablo; hacía un llamado a los suyos para aprender.
¿Qué se aprende? La conducta. Y Jesús habla de aprender mansedumbre y humildad.
“Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas;” Mateo 11:29 RVR1960.
La humildad es una virtud interna, de cómo nos vemos ante los demás, y de seguro en todos ha sido desvirtuada en menor o mayor grado por la Inter relación con los demás. En Cristo, este autoconcepto debería ser sanado; quizá en un proceso pero necesariamente transformador.
La mansedumbre es un fruto evidente, que surge de esa virtud interna que es la humildad.
Al pasar rápidamente revisión a estos dos conceptos, es conclusivo que estamos hablando de una personalidad reforzada por el Evangelio de Cristo. Y digo reforzada porque todos los seres humanos tenemos personalidad. Pero en Cristo esta personalidad es nueva y así deberíamos vivirla y reproducirla.
Encuentro un desafío personal en esto, porque a veces acudo a mis viejas formas de personalidad que encajan con los ambientes en los que fui siendo formado. Y es asi como yo me relaciono en casa, en el trabajo y en otros ambientes sociales; con formas viejas o formas nuevas, que deben ir siendo más nutridas hasta casi desaparecer formas viejas de relacionarme con los demás.
La humildad no maquilla con sonrisas, ni con palabras bonitas. La calidad de mansedumbre o gentileza, determina nuestra verdadera humildad.
La humildad no es aguantar la hostilidad en contra nuestra, es estar seguros de que esas hostilidades no tienen fundamento, teniendo dos opciones claras: una es soportar el agravio sin venganza, y dos; defendernos con argumentos sólidos sin pretender atacar a la otra persona. En el caso de Jesús, optó por la primera vía. Soportar el oprobio porque en ello estaba su misión. Fue hasta la cruz con mansedumbre y humillación.
Jesús sabía quién era él y sabía que todas las acusaciones en contra suya, eran armas forjadas contra su misión. Fue su autoconcepto mesurado y equilibrado; que le permitió actuar con genuina gentileza.
El mundo hoy no es un mejor lugar. Se cumplen las palabra proféticas de Jesús en los Evangelios acerca de la sociedad del fin de los tiempos. Pero la Iglesia debe desmarcarse de esta conducta prepotente, egoísta, vanagloriosa, irreverente y desquiciada de la sociedad postmoderna y de la postverdad.
Debemos vestirnos de humildad y reflejar como un adorno, la mansedumbre.
Si tenemos que hacer cambios en nuestra conducta en esa dirección, apliquemos el llamado de Jesús, de “aprender” de Él esta conducta liberadora que traerá descanso a nuestras almas.



