Lo que debemos comprender de la gracia, es que al ser salvos por esa cualidad exclusivamente divina, no se nos toman en cuenta las obras muertas (muertos en delitos y pecados), pero se nos abre la puerta para que caminemos en buenas obras preparadas por Dios mismo de antemano para que caminemos en ellas.
No somos salvos por obras, pero somos salvos de las obras de muerte (contrarias a la voluntad de Dios) para renacer en hacer buenas obras (que obedecen el deseo de Dios), y este aspecto de la fe ha sido ignorado en la enseñanza de la gracia.
Por lo tanto, lo que hacemos en Cristo tiene un impacto en nuestro presente y en nuestra eternidad. Tales obras a las que somos llamados en Cristo, no son iguales ni parecidas a las que hacíamos en nuestra vida antigua.
Hay dos corrientes extremas en esta doctrina, aquellos que no valoran la santidad argumentando gracia incondicional que no repara en un cambio de vida, y aquellos que nunca se sienten limpios ni perdonados; devaluando la suficiencia de la gracia salvífica.
Este análisis bíblico nos lleva a conclusiones que quisiera compartir:
- La salvación como acto absoluto de Dios, no nos demanda pagar un precio que no podríamos. Por lo tanto, en primera instancia la gracia divina es como bien se ha dicho por muchos reconocidos escritores; un favor otorgado de manera inmerecida.
- Esta gracia como vehículo de acercamiento de Dios al hombre natural muerto en su pecado, no exime al hombre del arrepentimiento y de un cambio radical de vida y de propósito. Es lo que llamamos regeneración o nuevo nacimiento. Y en esta nueva vida, hay nuevos planes y una nueva forma comportamental que es el fin y no un medio. O sea, nos empezamos a comportar diferente no para ser salvos sino porque ya hemos sido salvos, y de esta nueva vida surge el propósito principal: “adorar, glorificar y agradecer a Dios”.
- El pecado ha sido extirpado, no es parte de nuestra nueva naturaleza.
Hay al menos dos enfoques cuando analizamos el tema del pecado:
Primeramente, está el pecado por inclinación natural. Es aquel pecado que aflora de un cuerpo viciado y que no ha sido glorificado (morir en Cristo para resucitar en Él). Todos los creyentes lo sufrimos y nos sentimos vulnerables ante este instinto de la carne (naturaleza humana):
“Así que he aprendido esta regla: aunque quiero hacer el bien, el mal está ahí conmigo. En mi interior yo estoy de acuerdo con la ley de Dios. Pero veo que, aunque mi mente la acepta, en mi cuerpo hay otra ley que lucha contra la ley de Dios. Esa otra ley es la ley que impone el pecado. Esa ley vive en mi cuerpo y me hace prisionero del pecado.” Romanos 7:21–23 PDT.
Por ejemplo, cuando usted tiene un mal pensamiento, o cuando dice algo indebido, o cuando pervierte un bien a su favor, o cuando deja de hacer lo correcto, aunque no haga lo malo en una determinada situación, etc. Todos esos ejemplos son pecados por inclinación natural, siendo subestimados estos pecados clasificados en la mente humana y carnal como pequeños. Pero no nos engañemos; ya que la Biblia es clara en determinar que todo aquello que sale del corazón tiene la capacidad de contaminar toda nuestra vida. Así que no hay pecados espiritualmente pequeños, medianos ni grandes; lo que sí es claro es que los pecados afectan de maneras diferentes cuantitativa y cualitativamente. Por ejemplo, no es lo mismo asesinar a una persona en un arranque de ira, que pasar por una propiedad privada y tomar una fruta sin permiso. Ambas acciones son incorrectas e inmorales; pero las consecuencias de ambas acciones son distintas la una de la otra.
Luego está el pecado deliberado, que se manifiesta por una condición obstinada de ir contra los mandamientos divinos. Dentro de este grupo estarían todos aquellos que por incredulidad no se someten a Dios y sus preceptos, no obstante, la Biblia hace hincapié en los creyentes que se obstinan en vivir en pecado. El autor de hebreos lo describe como apostasía:
“Porque si después de haber conocido la verdad continuamos pecando intencionadamente, ¿qué otro sacrificio podrá perdonar los pecados? Sólo queda la temible espera del juicio y del fuego ardiente que está presto a devorar a los rebeldes”. Hebreos 10:26-27 (BHTI).
En este contexto de hebreos, se hace eco con la postura de Juan en su primera epístola: “Hijos míos, estamos en la última hora, la hora del anticristo, según ya oyeron. Efectivamente, esta debe ser la hora final, porque son muchos los anticristos que están en acción. Han salido de entre nosotros, aunque no eran de los nuestros. De haber sido de los nuestros, se habrían mantenido con nosotros. Pero así queda claro que no todos son de los nuestros”.1 Juan 2: 18-19 (BHTI).
También, se deja oír esta postura en Pablo a los Tesalonicenses (2 Tes. 2:3). Y no olvidemos al padre de la iglesia neotestamentaria, el apóstol Pedro según 2 Pedro capitulo 2.
Vamos concluyendo, que el pecado no debe enseñorearse de un verdadero creyente, y Juan en su primera carta nos dice que debemos ser conscientes que no debemos pecar, “pero” si pecamos debemos confesar el pecado y recibir el perdón de Dios quien será amplio en perdonar y limpiarnos.
La gracia sigue siendo un favor divino que nada tiene que ver con la conducta humana, pero mucho con la misericordia de Dios. Por gracia somos salvos, y esto no de nosotros, pues es don de Dios.
La conducta es un patrón marcado de nuestras costumbres, mientras que el comportamiento son reacciones a estímulos. Es por eso que, podemos comportarnos a veces fuera de la norma Bíblica y pecar, pero sin que eso llegue a ser una conducta o patrón de vida. Lo cual sería normal. Así que Cristo viene a transformar por el Espíritu y la Palabra; nuestra conducta.
Sin esa evidencia de conducta alineada a la Biblia, muy posiblemente la luz de Cristo no ha llegado a tu vida.



