El “summum bonum” (el bien supremo) se conceptualizó y fundamentó en la filosofía platónica, posteriormente en la filosofía neoplatónica y finalmente en la filosofía agustiniana y kantiana.
El concepto, describe la importancia definitiva, el fin último y lo más singular o distintivo que los seres humanos deben de seguir (Summum Bonum. Wikipedia, pár. 1).
Al referirme a los siguientes textos del Evangelio de Jesucristo, cabe destacar este concepto de “bien supremo” el cual estudiaremos con la luz Cristocéntrica; en tanto que, una teología carente de Cristo e históricamente vana, nos ha llevado al materialismo que nos sedujo y esclavizó. Tristemente sobre todo, a las culturas de tradición cristiana.
Para muchas de nuestras comunidades cristianas, el bien supremo (summum bonum), pasa por prosperidad material. Pasa por cosas antes que por cualidades. Llegamos a ser lo que tenemos y presumimos, antes de lo que somos en esencia. Y esto se plasma en nuestras oraciones, tan publicas como estériles.
Ya Santiago decía, “pedís y no recibís, porque pedís mal para vuestros deleites”. Y orar por cosas antes que por una vida transformada; ha hecho de muchas congregaciones, caricaturas de lo que debería ser la Iglesia. Por eso Jesús no dejó la oración como opcional y nos exhorta:
“Y cuando ores, no seas como los hipócritas; porque ellos aman el orar en pie en las sinagogas y en las esquinas de las calles, para ser vistos de los hombres; de cierto os digo que ya tienen su recompensa. Mas tú, cuando ores, entra en tu aposento, y cerrada la puerta, ora a tu Padre que está en secreto; y tu Padre que ve en lo secreto te recompensará en público.” Mateo 6:5-6 RVR1960.
La oración es el tema de estos versículos dictados por Jesús dentro de un discurso ético mayor. Es el Sermón del monte; donde se exhorta a los nuevos seguidores a mantener una ética o forma de comportamiento social acorde a los deseos de Dios; pero también se invita a nuevos seguidores cansados de los discursos vacíos de los escribas y fariseos, líderes religiosos importantes de la época, de ahí la alusión a ellos que hace Jesús.
Primeramente, cuando oren no hagan como hacen aquellos (los aludidos religiosos) porque: “ellos aman el orar en pie en las sinagogas y en las esquinas de las calles, para ser vistos de los hombres; de cierto os digo que ya tienen su recompensa”
1. El propósito o “summum bonum” de ellos era: “ser vistos por las personas”. Con aquello se conformarán al terminar de orar.
Cuando oramos debemos tener propósitos definidos, para así reconocer cuando la respuesta viene del Señor. Y nuestra conformidad debe ir más allá del vacío de nuestros deseos, para internarse en la voluntad de Dios.
2. Jesús sentencia, que los que oran vanamente, ya tienen su recompensa, o sea, el pago o la meta la alcanzaron fácilmente, pues las personas los han visto hacer eso por años. La recompensa de ellos es su vanidad. Y debemos recordar que vanidad significa “vacío”. En palabras más simples, ellos se conforman con nada, a cambio de un minuto de gloria.
Por eso Jesús alguna vez les dijo: “Gloria de los hombres no recibo”, porque la gloria de los hombres no tiene fruto para la vida eterna.
3. Más tú, cuando ores –se le dice a los creyentes – háganlo en el secreto de Dios ( ora a tu Padre que está en secreto). El secreto del Padre, es a todas luces una metáfora que describe la intimidad con Dios. La idea de entrar a nuestro cuarto y cerrar la puerta, es una idea supra cultural (por encima o más allá de cualquier cultura) e indica que en todas las culturas existe la idea de lo íntimo, lo apartado; aquel lugar al que nos escapamos de las tormentas de la vida. Es en ese refugio del alma, que Dios nos invita a orar; con la promesa que desde el secreto vendrá la recompensa pública.
La idea de una recompensa pública connota honra sanadora; la que viene de Dios, porque Dios siempre honra a los que le honran. Pero…¿qué de la honra de los hombres? Es enfermiza, nociva y traicionera.
En este hermoso segmento del Sermón del Monte, hay un merismo (una distribución de contrastes para explicar el sentido, o el uso de extremos para englobar un todo).
¿Recuerdan en uno de los artículos cuando hablamos de esta figura retórica?
Bueno, aquí este merismo es la distribución del sentido amplio del mensaje de Jesús: que parte del extremo de orar en público por un sentido banal que le daban los escribas y fariseos; y lo contrasta con el otro extremo de orar al padre en secreto y sin hipocresía. ¿Con qué fin? Para que sean honrados con la respuesta pública que vendrá de Dios; y Dios que ha honrado al orante con su respuesta; será honrado por su bondad. Y para que quede bien grabado en la mente de los oyentes, es que Jesús les explica estos extremos en la actitud del devoto. Desde esta experiencia, él debe tomar una de dos posturas: enfocar su atención en vanas repeticiones, elocuentes y vacías para que lo vean, escuchen y admiren; o deberá concentrarse en su intimidad con Dios, de quien vendrá la respuesta buena y agradable.
Hasta aquí, hemos tomado un fragmento de un poderoso sermón práctico de Jesús a sus seguidores. Y en este fragmento hemos degustado riquezas inimaginables respecto a la oración y sus implicaciones. Es más que solo recitar oraciones y repetir palabras. Requerimos intimar con Dios y contarle nuestras necesidades, nuestras vergüenzas y nuestras alegrías. Y esa relación se reflejará públicamente ante la gente no porque nosotros lo buscamos; sino porque Dios recompensa de esta manera nuestra fe.
El bien supremo de los religiosos de la época de Jesús, era su imagen y su reputación. Para los pecadores como el publicano orando en el templo, era el perdón de Dios. Para muchos otros es el dinero, la carrera, la familia, el trabajo, etc. Pero para nosotros según el Evangelio que hemos leído, el bien supremo es nuestra intimidad con Dios. Al cerrar la puerta que nos comunica con los distractores de la vida, nos preparamos para estar a solas verticalmente con Dios, en íntima armonía.
En el ámbito común, los buenos son aquellos en su propia opinión, quienes siguiendo normas y convenciones sociales, se desempeñan de manera políticamente correcta. Los malos son quienes rompen estas reglas sociales, y los redimidos somos personas que hemos comprendimo y aceptado el llamamiento de Dios a una nueva vida.
¿Qué dice Jesús respecto a esto?
“Jesús los oyó, y les dijo: —Los sanos no necesitan médico, los enfermos sí. Yo no he venido a invitar a los buenos a que me sigan, sino a los pecadores.” Marcos 2:17 PDT
Hemos escuchado expresiones en diversos contextos o situaciones que resaltan la bondad humana; algunos ejemplos: “era una persona tan buena que no le hacía mal a nadie”; o, “yo soy una persona que no le hace mal a nadie”; también, “de qué necesito ser perdonado si me porto bien”.
El escritor Jean Jacques Roussou, en su novela “Emilio” (1762), presenta y defiende su teoría de esta bondad y escribe: “el hombre es bueno por naturaleza”. Por supuesto, esa idea debemos comprenderla en sintonía con su visión humanista de tiempos de la ilustración en la que el hombre europeo hacía una evaluación moral del ser humano, y su referente; el hombre primitivo.
Pero la Biblia dice lo contrario, y esta idea de bondad o maldad, se ha convertido en una piedra de caída para la humanidad, en su aspiración de mejora y búsqueda de un destino sin Dios.
Dios que nos diseñó para perfecta bondad, ahora nos ve objetivamente enfermos y desahuciados moralmente. El Evangelio de Marcos hace eco de las palabras de Jesús en esa dirección.
La palabra griega que se atribuye a Jesús en este discurso es “kakós”, que significa malamente o enfermo, pero su etimología (significado) o raíz gramatical, implica enfermedad física y moral, y connota la idea de moralmente indigno, sin valor, malo y depravado. Físicamente implica inválido, pestilente, dañado. Y así es como Dios ve a la humanidad. Recordemos al apóstol Pablo a los Romanos en 3:10-12; recitando salmos 14 y 53.
“Pues como está escrito: «No hay justo, ¡ni uno solo! No hay quien tenga entendimiento. No hay quien de verdad quiera conocer a Dios. Todos han abandonado a Dios. Todos se hicieron inútiles. No hay nadie que haga el bien. ¡Ni uno solo!” Romanos 3:10-12 PDT.
Y es precisamente esta condición humana la que ha propiciado un plan redentor que nace de Dios, y se ejecuta en Cristo. Por esta razón, creo que mientras el ser humano siga promoviendo una bondad intrínseca en la naturaleza humana, se aleja cada vez más de la voluntad de Dios de reconocer su desahucio moral.
Entonces no me atrevería a decir que hay buenos y malos; más bien habemos malos (caídos de la gloria de Dios) y los malos redimidos y justificados en Cristo. ¿Los Buenos? Solo el Padre, dijo Jesús; es bueno.
Amigos lectores, cada cosa buena que hacemos por el prójimo pertenece a una convención universal de comportamiento y convivencia. Pero para nuestra eternidad segura con Cristo; necesitamos caminar en las obras que Dios preparó de antemano para que anduvieseis en ellas. Y este es el llamado de este momento para su vida: “camine en la voluntad de Dios hoy mismo”.
“Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas.” Efesios 2:10 RVR1960
La gracia no es el tema de este artículo, porque el tema que me mueve es la apostasía. No obstante, para hablar de apostasía debemos tener claro la abundante gracia de Dios, y como dice el apóstol Pablo; donde abundó el pecado, sobreabundó también la gracia. Y es que, sin la gracia de Dios, el pecado se enseñorea del hombre y lo elimina.
El Dr. Vernon McGee, nos explica: “La segunda epístola de Pedro fue recibida o aceptada en Laodicea en el año 372 y confirmada en Cartago en 397”. (Samuel Montoya y Dr. Vernon McGee, (abril 2023). A través de la Biblia – Estudio Bíblico).
Si tomamos en cuenta que el apóstol Pedro la escribió en el año 65 d.C., encontramos que en el proceso canónico de esta segunda carta tal como la tenemos hoy; tardó un poco más que la aceptación de la primera carta. Esto se debió a que se argumentó menos evidencias históricas de su genuinidad. Pero al fin aceptada por evidencias internas de la carta acerca de la autoría de Pedro. Continua el Dr. McGee en su estudio, proveyéndonos datos importantes, y dice:
“Jerónimo la aceptó en su traducción Vulgata Latina, Josefo uno de los más antiguos historiadores de la época de la Iglesia primitiva; la coloca entre los libros en disputa, mientas Orígenes (padre de la Iglesia) la aceptó, y Clemente de Alejandría no solo la aceptó sino también escribió un comentario sobre esta epístola. Judas aparentemente extrae algo de esta segunda carta de Pedro. Hay también otras alegaciones que dicen que hay citas de segunda de Pedro en algunos de los primeros escritores de la Iglesia, como: Justino Mártir, Ireneo Ignacio y Clemente de Roma. Martín Lutero la aceptó y Calvino tenía sus dudas, pero no la rechazó; mientras que Erasmo filósofo y teólogo católico, sí la rechazó”
No obstante, continua el Dr. McGee, algunas otras evidencias internas se pueden destacar como: La salutación, donde usa sus dos nombres Simón el nombre que le fue dado al nacer, y Pedro el nombre que le dio el Señor Jesús. Por un lado, el hombre de debilidad, y por otro el hombre de fortaleza como una roca. La otra evidencia interna, es una palabra que según el Dr. McGee es una identificación personal de sus cartas. Aparece varias veces y es la palabra preciosa, por ejemplo: “una fe preciosa”, “preciosas y grandísimas promesas”.
Hay una diferencia entre ambas epístolas del apóstol (1 y 2 de Pedro) en un corto tiempo que puede haber confundido a los biblistas, respecto a la paternidad literaria de la segunda carta. Pero la historicidad contenida en ambas motivaciones para escribirlas, lo justifica. La primera epístola fue escrita posiblemente entre los años 63 y 64, en Roma poco antes de la declarada persecución psicótica de Nerón. Es por esta razón que en esta primera carta el enfoque del apóstol Pedro es de pastorear a los creyentes dispersos entre el centro y norte de Asia; mientras Roma y Judea eran testigos de cruenta masacre contra los cristianos. El tema es alentar y exhortar para que los cristianos mantuvieran una buena conciencia de su fe y una fortaleza en el martirio.
La segunda epístola que se registra en una fecha muy cercana, posiblemente entre el año 65 y 68 desde Roma; en una época aún de dispersión, y cerca de la caída de Jerusalén bajo el poderío del general Tito. Pero aparentemente por el contenido de la carta, ya la persecución se ha superado un poco en tanto que, la iglesia ahora sufre un ataque gnóstico (conocimiento) y herético (falso) de grupos que mezclaban la verdad con filosofías humanistas y proliferaban los “falsos maestros”. La respuesta de Pedro es contundente, especialmente en el capitulo 2 de la carta. Ante el falso conocimiento (gnosticismo), Pedro les declara que el verdadero conocimiento del Señor es el que salva de la corrupción del alma, y permite el crecimiento espiritual.
Si Pablo, en la segunda carta a Timoteo capitulo tres y cuatro advierte a todos los creyentes respecto a la apostasía reflejada en la comezón de oír, y advierte en la segunda epístola a los Tesalonicenses capítulo dos acerca de la apostasía generalizada ante la acción del espíritu del anticristo; por otra parte, el apóstol Pedro se refiere a la apostasía de los maestros de la Palabra de Dios; con el calificativo de “falsos maestros”. Tomen nota que, un falso maestro es aquel que conoce bien la verdad, pero por beneficio propio, enseña una mentira o mezcla verdades con mentiras para acomodarse al sistema. Por lo tanto, debemos hacer una distinción entre un falso maestro y un neófito. El neófito es la persona que enseña sin haber llegado a una comprensión objetiva e integral del tema. En otras palabras, es una persona entusiasta pero que carece de los elementos para exponer un tema; aunque con el tiempo va superándose a sí misma y puede llegar a ser un maestro. Los neófitos no serán juzgados como falsos maestros.
Después de esta introducción, vamos a revisar el tema de la apostasía, y cómo es que el apóstol recomienda que la enfrentemos, para lo cual les sugiero que tomen 15 minutos y lean los tres capítulos de la segunda carta de Pedro.
1.La nueva naturaleza en Cristo:
“Como todas las cosas que pertenecen a la vida y a la piedad nos han sido dadas por su divino poder, mediante el conocimiento de aquel que nos llamó por su gloria y excelencia, 4 por medio de las cuales nos ha dado preciosas y grandísimas promesas, para que por ellas llegaseis a ser participantes de la naturaleza divina, habiendo huido de la corrupción que hay en el mundo a causa de la concupiscencia…” 2 Pedro 1:3-4 (RVR 60).
Pedro parte del ABC del creyente, una vida devota (piadosa) que se nos ha confiado dice el apóstol, a través de promesas muy valiosas (preciosas) y grandísimas (superlativo de cantidad que indica suficiente). Es indispensable tanto para combatir la apostasía, como para caer en ella; ser nuevas criaturas. Yo personalmente, leyendo y analizando el contexto y esforzándome por analizar la gramática (Strong Griego), debo concluir que la apostasía afecta y afectará a creyentes genuinos. Siendo entonces la apostasía una forma de incredulidad (no fe o no confianza), y siendo la incredulidad el único pecado imperdonable; la apostasía es tomada muy en serio por Pedro y Pablo.
2. El carácter cristiano:
“vosotros también, poniendo toda diligencia por esto mismo, añadid a vuestra fe virtud; a la virtud, conocimiento; al conocimiento, dominio propio; al dominio propio, paciencia; a la paciencia, piedad; a la piedad, afecto fraternal; y al afecto fraternal, amor. Porque si estas cosas están en vosotros, y abundan, no os dejarán estar ociosos ni sin fruto en cuanto al conocimiento de nuestro Señor Jesucristo”. 2 Pedro 1: 5-8 (RVR 60).
Estas cualidades que el apóstol nos manda añadir diligentemente no son una obra salvífica, sino perseverante y que subyace en la obra de Cristo ya mencionada en los versículos anteriores, donde dice que todas las cosas que pertenecen o son propias de la vida y la piedad o devoción a Dios, nos fueron dadas por el poder de Dios y el haber conocido a Cristo. O sea, la parte vital ha sido dada por Dios en Cristo como bien sabemos los cristianos. Pero la parte segunda de este capítulo dice que nosotros para permanecer dando fruto de esa vida (no estaremos ociosos ni sin fruto); debemos “añadir” o agregar a la fe otras cosas. ¿Ven cómo el apóstol parte de lo esencial que es la fe? Y luego dice podemos crecer y madurar en la fe por medio de:
Virtud (hombría o fuerza): esta forma del griego no excluye a la mujer, y en nuestros tiempos esta característica idiomática no se puede explicar satisfactoriamente, pero lo que indica es que se requiere que la fe sea vestida de determinación o fuerza bruta, como la de los hombres que van a la guerra; dicho en forma alegórica.
Conocimiento: Este conocimiento como Pedro lo presenta en toda la epístola, se refiere a conocer por experiencia y documentación profética (Biblia), a Cristo Jesús. Siendo la única manera de alejarnos de la corrupción imperante.
Dominio propio: Agregamos ahora a la canasta (la fe), otra forma del carácter cristiano. El autodominio como lo plantea la raíz griega es fundamental cuando se trata del conocimiento porque nos aleja del conocimiento estéril (sin fruto como lo llama Pedro aquí). Una persona que no domina su carácter es una bomba de tiempo en todas las áreas, y no se excluye el conocimiento.
Paciencia: El sentido en griego es “aguante”, e indica que debemos aguantar en constancia, el ejercicio de la piedad o la devoción por la fe que profesamos. Paciencia no es aguantar cualquier cosa en la vida cotidiana, es aguantar en las cosas esenciales de la vida y la piedad. En otras palabras, es perseverar.
Afecto fraternal: Derivado de “filadelfia” o cariño a los hermanos. La piedad que está relacionada directamente con la práctica de la vida cristiana y la conducta, no puede de ninguna manera excusarse de falta de cariño, buena voluntad y favor por los hermanos.
Amor: Luego, no podemos expresar cariño y buena voluntad a los hermanos, sin un verdadero ágape (fiesta de amor santo). El amor como corona de nuestro carácter cristiano, es puesto en este cierre de fe.
3. La Palabra de Dios
“Tenemos también la palabra profética más segura, a la cual hacéis bien en estar atentos como a una antorcha que alumbra en lugar oscuro, hasta que el día esclarezca y el lucero de la mañana salga en vuestros corazones…” 2 Pedro 1:19 (RVR 60).
Pedro apóstol, nos indica entonces, que además tenemos la Palabra de Dios, que es más segura que cualquier otra evidencia que queramos indagar en la búsqueda de la verdad y el conocimiento de Dios y de su hijo.
Ella es una luz, que nos alumbrará en nuestro peregrinar hacia la madurez, que es comparada aquí con la claridad del día y la vida de Cristo en nuestros corazones (el lucero de la mañana en nuestros corazones).
En el capítulo dos, el apóstol nos advierte seriamente con tres ejemplos: dice, que si en el pasado Dios no perdonó a los que amaron la mentira antes que la verdad (falsos profetas en el antiguo Israel, falsos maestros en la Iglesia), y corrompieron sus vidas; pues no debemos suponer que Dios nos perdonará a nosotros si nos deslizamos en la mentira o la falsedad doctrinal y corrupción de nuestras almas.
“Hubo también falsos profetas entre el pueblo de Israel; y así habrá falsos maestros entre ustedes. Ellos enseñarán con disimulo sus dañinas ideas, negando de ese modo al propio Señor que los redimió; esto les atraerá una rápida condenación. Muchos los seguirán en su vida viciosa, y por causa de ellos se hablará mal del camino de la verdad. En su ambición de dinero, los explotarán a ustedes con falsas enseñanzas; pero la condenación los espera a ellos sin remedio, pues desde hace mucho tiempo están sentenciados. 1Dios no perdonó a los ángeles que pecaron, sino que los arrojó al infierno y los dejó en tinieblas, encadenados y guardados para el juicio. 2Ni tampoco perdonó Dios al mundo antiguo, sino que mandó el diluvio sobre aquellos hombres malos, y salvó solamente a Noé, que predicó una vida de rectitud, y a otras siete personas. 3Dios también condenó a la destrucción a las ciudades de Sodoma y Gomorra, quemándolas hasta dejarlas hechas cenizas, para que sirvieran de ejemplo de lo que habría de suceder a los malvados”. 2 Pedro 2:1-6 (DHH).
Finalizamos este estudio, invitando a los lectores a venir a Cristo para salvar sus vidas de la condenación eterna, ya que el día del Señor vendrá con muchas pruebas, de las cuales nos habla el capítulo tres. Y a los que ya han venido a Cristo en fe y certidumbre de pecado y perdón; debemos recordarnos que éstos serán tiempos de apostasía o mentiras por doquier. Si usted no lee la Biblia y no fortalece su fe, podrá ser presa del engaño sistematizado del mundo. Una cosa debo advertir, la salvación es segura en Cristo por su obra, pero no es segura en nuestra propia prudencia.
La carta concluye de esta manera:
Por eso, queridos hermanos, ya que ustedes saben de antemano estas cosas, cuídense, para que no sean arrastrados por los engaños de los malvados ni caigan de su firme posición. 18 Pero conozcan mejor a nuestro Señor y Salvador Jesucristo y crezcan en su amor. ¡Gloria a él ahora y para siempre! Amén.
«Cuando Juan exhorta a los hermanos a “no creer a todo espíritu, no se refiere a espíritus inmundos; sino al pensamiento o intención humana«
Me sorprende el nivel de superstición que seguimos viviendo entre los creyentes. Debemos reconocer que en la Edad Media el mayor problema que enfrentó la humanidad fue la superstición que anulaba la razón. Luego vinieron esos movimientos humanistas emancipadores (acciones liberadoras) de la religión, que buscaban volver a la sociedad a la razón. Hemos criticado estos movimientos porque no nacieron de Dios sino en contra de Dios mismo; como si Dios fuera responsable de estos fenómenos. No obstante, debemos concederles a estos movimientos sociales, un sentido razonable, ya que Dios no nos llama a esclavitud, sino a la libertad. La superstición es una cárcel.
Pero regresando al tema, ¿Por qué expreso esta idea de la solapada superstición dentro de la Iglesia? Primeramente, porque es normal que tengamos por herencia ancestral y componentes psíquicos; esta clase de comportamiento supersticioso. Pero es justo decir también, que la exposición a la luz de la Palabra de Dios debería contribuir a que seamos cada vez menos supersticiosos, y más responsables con las cosas que suceden a nuestro alrededor.
Una de las razones que encuentro para esta disposición fenomenológica o supersticiosa del ser, siendo creyente; es una errada lectura de la Biblia respecto a los espíritus. Pero la más temida razón que encuentro es la negación de nuestra responsabilidad moral y racional en todo acto que arroje consecuencias sobre nosotros, la familia y la Iglesia.
Hace poco conocí a unas personas que culpaban a una “sacerdotisa” de satanás (no sé a ciencia cierta el método para tal identificación) por los problemas de pecado en la congregación, donde al menos dos pastores y un líder fue aparentemente sorprendido en faltas morales que dañaron la credibilidad de los feligreses. Para estos hermanos que me compartían esta experiencia, no solo era la acción misma de una actividad demoniaca directa contra la congregación; sino también en el templo empezaron las apariciones (fantasmales y espectros) debido a la misma influencia. Esta cosmovisión espiritista, ha hecho que los líderes no sean tenidos como responsables morales, sino como vidas manipuladas por satanás.
Debo indicarles a mis lectores, que el tema aquí no es creer o dejar de creer en un mundo espiritual real que la Biblia, y no la experiencia; me dictan existente. El tema trata entonces, de la falta de profundidad Bíblica para asumir la responsabilidad moral y espiritual que como a hijos de Dios se nos imputa. A la vez, la capacidad en el Espíritu de “discernir” los espíritus. Pero déjenme explicar este concepto a la luz de la Biblia:
“Amados, no crean a todo espíritu, sino prueben si los espíritus son de Dios. Porque muchos falsos profetas han salido al mundo”. 1 Juan 4:1 (RVA).
Evidentemente, la palabra griega para espíritu es la misma, algo así como el aliento o viento que se respira, en sentido de “estar vivo”. En clara alusión a vida, sentido, pensamiento e intención. No obstante, el contexto y las palabras que acompañen la expresión; por ejemplo, “espíritu inmundo”, definen de qué clase de espíritu se está hablando. Así que debemos leer con atención del contexto.
Cuando Juan exhorta a los hermanos a “no creer a todo espíritu, no se refiere a espíritus inmundos; sino al pensamiento o intención humana. El consejo del apóstol es probar los espíritus, o sea, someter esas intenciones visibles en las actitudes humanas a un filtro predeterminado en la Palabra de Dios. Una vez más, el asunto se aclarará a la luz de las Sagradas Escrituras. El creyente maduro y el líder en la Iglesia, se reconoce porque toma en serio la Palabra de Dios y la usa para pesar los espíritus. ¿Por qué? Porque hay muchos maestros o líderes falsos que están entre nosotros. Juan les indica el punto crucial para probar la intención del que se llama creyente: debe ser Cristocéntrico.
En esto conozcan el Espíritu de Dios: Todo espíritu que confiesa que Jesucristo ha venido en carne procede de Dios, y todo espíritu que no confiesa a Jesús no procede de Dios. Este es el espíritu del anticristo, del cual han oído que había de venir y que ahora ya está en el mundo. 1 Juan 4:2-3 (RVA).
Pareciera que en este punto hasta los falsos profetas están de acuerdo con nosotros los cristianos, sería difícil solo por medio de esta evidencia reconocer un espíritu (humano) malo. Pero si terminamos de leer el capítulo 4 de 1 de Juan; nos empezamos a encontrar con el agujero negro del cristianismo: la correcta práctica del amor.
Amados, amémonos unos a otros, porque el amor es de Dios. Y todo aquel que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. 1 Juan 4:7 (RVA).
El que ama ha nacido de Dios. Así que no es cualquier clase de amor, ya que muchos aman de manera emocional y lo hacen profundamente y con evidencias, pero si no aman a la manera de la instrucción Bíblica, no han conocido a Dios, y dicho en otra dirección, quien no ha nacido de Dios, no puede amar así.
La manera más sencilla e inequívoca de reconocer un espíritu anticristiano en una persona que se hace llamar hermano o hermana es por medio del amor que pregona y da. Aquí en este punto debemos ser cuidadosamente objetivos, porque estamos tentados a confundir las carencias en la personalidad de nuestros congéneres como una falta de amor. Pero debemos reconocer que también nuestra personalidad o forma de ser a veces es teñida de desamor. Entonces, es más profundo que solo ver un mal gesto, o una actitud indiferente en alguien; tiene que ver con la capacidad de menospreciar y hacer daño deliberadamente a los hermanos. Un pseudo líder que usa artimañas y mentiras para destruirte, solo porque no le caes bien, es un anticristo según Juan. Puede que alguien te haga daño o que tu le causes daño indirecto a alguien, pero eso no es un indicador de desamor, es solo indicador de que te falta o nos falta ser moldeados un poco más. Pero Juan insiste en la evidencia del amor al prójimo como meta de madurez cristiana:
“En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios sino en que él nos amó a nosotros y envió a su Hijo en expiación por nuestros pecados. Amados, ya que Dios nos amó así, también nosotros debemos amarnos unos a otros”. 1 Juan 4:10-11 (RVA).
La conclusión de Juan es que, si Dios nos amó así, entonces así debemos amarnos unos a otros.
Si bien es verdad que los espíritus inmundos existen, es verdad que existen bajo el gobierno soberano de Dios y no pueden hacer lo que les place, mucho menos cuando se trata de la Iglesia. Si analizáramos caso por caso los problemas en las congregaciones; nos daríamos cuenta de que son causados por debilidades del carácter humano, desobediencia, orgullo, poder, y falta de integridad. Y casi en ningún caso, excepto que Dios de permisos especiales, satanás tocaría de manera directa a la Iglesia.
No debemos olvidar que Dios es el primero en pesar los espíritus humanos, veamos el versículo en dos versiones:
“Todo camino del hombre es limpio en su propia opinión, pero el SEÑOR es el que examina los espíritus”. Proverbios 16:2 (RVA).
“Al hombre le parece bueno todo lo que hace, pero el Señor es quien juzga las intenciones”. Proverbios 16:2 (DHH).
Entonces, parte del trabajo del creyente es juzgar las intenciones, pero a la luz de la Biblia y no a la luz de la subjetividad o, dicho de otro modo, por sospechas carnales. Luego, el creyente maduro bíblicamente no debe culpar a satanás por sus debilidades de carácter y pecados. Ya Santiago decía que el hombre da a luz el pecado, de su propia concupiscencia. Es decir, de sus maquinaciones carnales.
Debemos orar y consagrarnos al Señor en espíritu, alma y cuerpo.