Si hablamos de Jesús y su vívida interpretación del propósito de la ley (la torá), podremos superar el mandamiento, para hacerlo nuestra doctrina.
Cabe entonces distinguir entre ley y doctrina. Donde ley es un requisito obligatorio dentro de un reino para que se cumplan ciertas condiciones o beneficios; al cual llamaremos “bien común”. La implicación de no acatar estas leyes, es punitivo o de castigo meritorio. Mientras que doctrina, es un cuerpo de normas de libre condición, para alcanzar ese bien. La implicación de no adaptar mi conducta a este cuerpo de normas llamada doctrina, será la excomunión de ese reino; en tal caso no sería punitivo sino condicional. En otras palabras, cabe preguntarnos: ¿quiero los beneficios del Reino de los Cielos; por imposición de la ley, lo cual sería de seguro el castigo por la incapacidad de no romper la ley; o lo quiero por libre condición, donde cuento con gracia y misericordia? En ambos se persigue un bien común, el de los hijos del Reino de Dios. Pero solo uno nos asegura alcanzarlo, la libertad de la ley.
En primer lugar, la ley toránica o de Moisés; nunca fue alcanzable para ningún hombre, excepto Cristo, Dios y hombre; quien claramente nos dice que Él no vino para abrogar la ley sino para cumplirla. Una vez que Cristo la cumplió, y nos encuentra en su misión salvífica, los creyentes por la fe, somos sometidos a la ley del conquistador de nuestras almas. Por eso, en el Nuevo Testamento se da relevancia a la ley de Cristo (Gál. 7:2 y 1 Cor. 9:21) Leamos:
“No piensen que yo he venido a anular la ley de Moisés o las enseñanzas de los profetas. No he venido a anularlas, sino a darles su verdadero significado. Y les aseguro que, mientras existan el cielo y la tierra, la ley no perderá ni un punto ni una coma de su valor. Todo se cumplirá cabalmente. Por eso, aquel que quebrante una de las disposiciones de la ley, aunque sea la menos importante, y enseñe a hacer lo mismo, será considerado el más pequeño en el reino de los cielos. En cambio, el que las cumpla y enseñe a otros a cumplirlas, ese será considerado grande en el reino de los cielos. Y les digo esto: Si ustedes no cumplen la voluntad de Dios (si la justicia de ustedes no es mayor) mejor que los maestros de la ley y que los fariseos, no entrarán en el reino de los cielos.” MATEO 5:17-20 BHTI.
El texto es literalmente claro, sin embargo hay detalles que la comunidad cristiana hemos ignorado en su sentido, y nos afecta en nuestro crecimiento.
Primeramente Jesús dice: no he venido a anular la ley, sino a darle su verdadero significado. Y cuando leemos los Evangelios el velo se va corriendo para comprender esa reinterpretación. Por eso nuestra fe debe ser Cristocéntrica; poniendo atención a su forma de explicar la ley.
Luego, Jesús dice que aquel que menosprecia la ley y la quebranta, y también así lo enseña, será muy pequeño en el Reino de los Cielos. No dice Jesús que lo condenaría; pero sí que sería muy pequeño en su Reino. Era una forma de explicar a los que quieren enseñar a otros, lo serio que es hacerlo. Los maestros de la ley eran hombres de renombre y de buena posición, o sea, grandes.
Finalmente, Jesús le dice a sus discípulos, que si la justicia se ellos (hacer la voluntad de Dios) no llegaba a ser mayor que la de los escribas y fariseos, no serían salvos. Tajantemente Jesús dice con eso; que la ley no puede salvar. Se requiere de algo más, y es lo que la Biblia llama justicia. Porque la justicia de Dios, que no es la misma idea de justicia del hombre, es intrínseca al verbo de Dios que es Cristo y su Palabra.
La justicia que Jesús les demanda, debía superar las aspiraciones mosaicas de los líderes religiosos judíos, y posteriormente varios años después, Pablo; uno de esos maestros de la ley aludidos por Jesús en su interpretación de la ley y de los profetas, nos explica con lujo de detalles en su carta a los Romanos, cuál era esa justicia mayor. Pablo que antes veneraba la ley, ahora desvincula la justicia de Dios del cumplimiento de la ley, pero sometida a la fe en Cristo, y su obra redentora. Cristo nos redimió de la muerte segura: La muerte que demandaba la ley de Moisés a quienes no la cumplieran (Gál. 3:10), y la muerte de la ley del pecado (Rom. 8:2).
“Pero ahora, aparte de la ley, se ha manifestado la justicia de Dios, testificada por la ley y por los profetas; la justicia de Dios por medio de la fe en Jesucristo, para todos los que creen en él. Porque no hay diferencia, siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús,” Romanos 3:21 – 22, 24 (RVR 60).
Es claro por qué Jesús refirió la comprensión de toda la ley en dos poderosos mandamientos:
“Jesús le dijo: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente. Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos depende toda la ley y los profetas.” Mateo 22:37, 39 – 40 RVR 60.
Luego Pablo hizo eco de ello también:
“Porque toda la ley en esta sola palabra se cumple: Amarás a tu prójimo como a ti mismo.” Gálatas 5:14 RVR 60 (ver también Rom. 13:9).
La ley entonces podemos cumplirla, solamente bajo la ley de Cristo, que es el amor. Es por eso que en 1 Corintios 13, Pablo expresa la preeminencia del amor; o sea, que el amor una vez salvos en Cristo, está por encima de cualquier otra demanda y don celestial.
Hasta aquí, he tocado un tema teológicamente trillado, pero poco comprendido y en algunos casos poco aceptado.
Pero para poder ser cristianos gozosos y agradecidos, necesitamos vivir bajo esta doctrina del amor, y alejarnos lo más posible de obras que no son de fe. Y la ley por si misma sin Cristo, no es de fe:
“y la ley no es de fe, sino que dice: El que hiciere estas cosas vivirá por ellas.” Gálatas 3:12 RVR 60.
Esta es la clave para que vivamos un cristianismo de altura que invite a otros a vivirlo. Si por el contrario estamos llenos de amargura por un dolor emocional real que no cuestiono, pero que no nos deja ser libres en la fe; entonces estamos siendo vulnerables a los ataques del enemigo y del mundo y sus aflicciones presentes. Por lo tanto, no podremos ser luz, no podremos amar al prójimo porque no somos capaces de perdonarnos a nosotros mismos por los pecados personales, los pecados generacionales que no nos son imputados pero nos afectan, y por los pecados en nuestra contra o en contra de nuestro prójimo.
En este caminar cristiano, veo constantemente como se duelen las familias de sangre por las rencillas y las peleas; todo porque fracasa el amor. Créame, no es otra cosa más que el amor que no tiene cabida en los corazones, por la amargura de esas dolencias del alma. Si usted vive así con su familia; debe saber que la cura es el perdón a usted mismo (a) y a quien le agravió no importa cuantos años hayan pasado.
Pero también, y más complejo; ver en las Iglesias a los hermanos hiriéndose mutuamente y con ello pisoteando el mandamiento del amor como nos lo presenta el apóstol Juan. Juan lo presenta como un mandamiento de libre condición, al igual que Pablo cuando nos habla en Gálatas, de cumplir la ley de Cristo, al ayudar y amar al hermano.
A mi familia de sangre y a mi familia de la fe, les exhorto y les invito a reflexionar este tema y ajustar nuestra conducta bajo estas normas de fe.
Ama, no menosprecies la ley de Cristo, porque habrás fracasado en la fe. Ama de verdad, ama a tus padres y hermanos, ama a la familia de la fe. Ama al prójimo.