La voz que invoca

La vida fuera del huerto fue difícil desde el mismo principio. Adán tuvo que trabajar en otras condiciones. No podemos equivocarnos y pensar que el trabajo es un castigo. Pero trabajar una tierra que carecía de la bondad divina, nunca más sería igual, ni lo será jamás. Adán y Eva debían preparar la tierra para la siembra y la cosecha, luchando con el desgaste físico, luchando contra las plagas y esperando que la tierra y el clima, no le negasen el fruto.

Caín, en un ataque de envidia, arremete contra su propio hermano, y lo mata. Es la primera víctima de asesinato, mediante el fratricidio que enluta a la primera familia de la tierra.

Desde entonces, el dolor embarga la vida humana. Hay violencia, asesinatos, familias que no se quieren, hijos desobedientes a los padres, padres y madres violentos y descuidados, trabajos mal pagados, inclemencia climática, enfermedades por doquier. Ya no es Edén, ahora es una tierra hostil llena de pequeños gigantes; enemigos del hombre como los microorganismos que conocemos como bacterias, virus y otros patógenos asesinos.

Pero en medio de aquella estúpida decisión adámica, que trajo dolor generación tras generación, una esperanza surge, a través de alguien que reconoce la necesidad de Dios, y le invoca:

“Y a Set también le nació un hijo, y llamó su nombre Enós. Entonces los hombres comenzaron a invocar el nombre de Jehová.” Génesis‬ ‭4:26‬ ‭RVR1960‬‬‬‬

A partir de aquel tercer hijo de Adán y Eva, llamado Set, y que significa: “Dios dio en sustitución”, los hombres volvieron a invocar al Señor (Yahweh). ¿De quién es la iniciativa de aquella nueva o renovada comunicación? Evidentemente de Dios mismo. Porque fue cuando Dios dio un hijo sustituto y que seguiría la pasión adoradora de Abel, que nuevamente la humanidad volvería el rostro al Señor. En esta acción vemos una vez más prefigurada la muerte sustitutiva de Cristo en la cruz, para llevarnos a una nueva comunicación con el Padre.

¿De dónde viene los males de la humanidad? Las enfermedades, los trastornos mentales, las penas más profundas en la historia familiar, las guerras, las hambrunas, los cataclismas climáticos, la debacle moral, política y económica, etc,. Vienen de este nuevo hábitat humano, fuera del Edén. ¿Por qué sufre el género humano? ¿Por qué aún los creyentes sufren? Porque fuimos botados del paraíso, y se nos imputa el pecado original a todos por igual. Del cual sólo Cristo puede liberar.

En términos generales toda enfermedad, decadencia y desastre natural, es producto del pecado original (una tierra bajo maldición). Por lo tanto, las enfermedades y catástrofes ecológicas en específico, no son una respuesta inmediata de castigo divino, sino una consecuencia del pecado original, de la fragilidad humana que como Pablo dice del cuerpo, se va desgastando; y por la misma sentencia de una tierra bajo maldicion, un ecosistema en detrerioro constante.

Si en el huerto hubo una voz que buscó y llamó al hombre por su nombre, desde fuera del huerto habrán voces que respondan e invoquen el nombre de Jehová. La clave siempre será invocarlo y confiar en su bondad, sea cualquiera la circunstancia.

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