Es fundamental para el creyente distinguirse no solo por lo que cree y hace, ese binomio, al que Jesús llama sabiduría en Mateo 7:24. Además debe distinguirse, por su juicio o criterio por el cual comprenda el bien y mal, y cómo éste actúa como fuerza interna y externa. Por favor, leamos esto con atención, porque tengo un interés profundo, en que como lectores hagamos algunos cambios prácticos y conscientes.
“Cualquiera, pues, que me oye estas palabras, y las hace, le compararé a un hombre prudente, que edificó su casa sobre la roca” Mateo 7:24 (Contexto: El Sermón del Monte)
Jesús nos llama la atención a dos tipos de disposición: La disposición de oír y la disposición de hacer, y la suma de ambas da como resultado la sabiduría espiritual. Una es la fe intelectual o que razona y la otra es la fe práctica o que se evidencia como “modus vivendi” (estilo de vida).
Está el cristiano que vive su fe con devoción, pero distingue entre niveles o grados de transgresiones a la ley de Dios. Ese cristiano aunque no tiene una lista consciente de pecados permitidos y pecados no permitidos, de hecho si tiene esas listas.
En la práctica, distingue entre mentiras blancas y mentiras conspiradoras. Entre tomar un objeto de insignificante valor sin permiso y robarse algo de mucho valor. Distingue entre la fornicación dentro del matrimonio, y vivir con varias parejas sexuales amparados en la soltería. Distingue entre adulterio como acto de alta traición, y vivir en unión libre o unión de hecho. Distingue entre prácticas de impureza sexual en la intimidad; como la pornografía, parafilias, fantasías, etc. Y la homosexualidad. Y con estas presuposiciones que hacemos de lo bueno y lo malo, mucho daño hemos causado en nuestras propias familias, y a nosotros mismos.
Y así podemos hacer cada uno nuestra propia lista de distinciones, y es aquí donde entra en juego eso que he llamado nuestro juicio o criterio de interpretación acerca del efecto del Evangelio en nuestras vidas, y en el potencial poder del mismo Evangelio en la vida de cualquiera otro.
Y por ejemplo, están aquellos padres, que despreciaron a sus propios hijos e hijas, por no ser los cristianos que esperaban que fueran. Como si pudiésemos vivir la vida de ellos. Y el problema no estuvo en lo que esos padres creían o en cómo vivían su fe, sino en ese tercer elemento: Su juicio o criterio de valoración que indudablemente hicieron. No falló la fe, fallaron los métodos aplicados.
El supuesto por excelencia, que como ejemplo quiero usar, dado la época que vivimos, es: La homosexualidad.
Hay madres y padres en alto porcentaje, que siendo religiosos, sea cristianos evangélicos, o católicos, o reformados; rechazan a un hijo o hija de conducta homosexual declarada (hay un sub registro de homosexualidad no declara, mayor que la declarada) por una cuestión en dos vías: moralista y/o religiosa. Ni siquiera es una cuestión de profunda reflexión bíblica y comprensión del mal. Peor aún, ese rechazo físico de ese hijo o hija, no es congruente con la vida que esos padres llevan a la luz de la fe que profesan. Muchos de esos padres viven en unión libre, o tienen “parejas”, no un esposo o esposa, puede que vivan “santísimamente” casados pero en yugo desigual en su proyecto de vida, o incluso, son matrimonios en segundas, terceras y cuartas nupcias… ¿De qué estoy escribiendo aquí entonces? Espero que ya se habrán percatado que el tema es puramente moral. ¿Dónde pues está la fe? Pues es lo que nos pasa a esta generación, hemos sustituido la fe por la moral.
La fórmula es inversa, la fe debe forjar la moral para los seguidores de Cristo. Y no la moral plantear el modus vivendi de la fe en Cristo. Hemos fallado porque anteponemos la moral como un aspecto categórico antes que la fe. Cuando hacemos esta inversión pragmática (invertimos el modelo) somos átonos (sin fuerza o tono) en la moral e incongruentes en la fe (entendiendo la fe como una aceptación del Evangelio y sus demandas alojadas en la interpretación de Jesús).
Desde esta perspectiva, y siguiendo el supuesto que he tomado como ejemplo; los padres cristianos que tengan un hijo o una hija homosexual, no deben desecharlo como lo que son: hijos o hijas. Ello no implicaría una aceptación de la práctica del homosexualismo como válida dentro de la moral que fluye desde la Biblia, pero tampoco se transgrediría otras leyes de Dios al rechazar o vituperar a tu propia sangre. Si la inquietud de estos padres, se centra en qué se puede aceptar de un hijo o hija en casa, que es homosexual, pues se debe tratar como se tratarían las demás limitaciones propias de la convivencia: las horas de llegada a casa, lo que se permite y no se permite en casa, etc. Es un asunto de reglas de los padres en sus casas, lo cual es lo correcto.
Ahora, en términos generales el mensaje que quiero dejar en la retina, el oído y la consciencia; es que necesitamos a Cristo, no las reglas o acuerdos sociales a las que las sociedades en todas la épocas hemos llegado. Cristo nos demostró esto que les he compartido en este artículo, y no puedo referirme a cada caso por falta de espacio y tiempo, pero algunos buenos ejemplos son:
- Jesús y la mujer adúltera. Donde Jesús la perdona y le encomienda vivir en una nueva vida y moral: “Enderezándose Jesús, y no viendo a nadie sino a la mujer, le dijo: Mujer, ¿dónde están los que te acusaban? ¿Ninguno te condenó? Ella dijo: Ninguno, Señor. Entonces Jesús le dijo: Ni yo te condeno; vete, y no peques más”. Juan 8:10-11
- Jesús y la mujer samaritana. Donde Jesús la confronta con su vida desafortunada de promiscuidad, y la eleva más allá de la moral de la aldea en donde vivía: “Y muchos de los samaritanos de aquella ciudad creyeron en él por la palabra de la mujer, que daba testimonio diciendo: Me dijo todo lo que he hecho” Juan 4:39
- Jesús y Pedro, el hombre impetuoso, amañado, poco fiable. Jesús lo advierte y le promete protección, sería la manera en que Jesús le enseñaría a Pedro, que su moral no era primero, sino su fe que debía moldear su moral:
31“Dijo también el Señor: Simón, Simón, he aquí Satanás os ha pedido para zarandearos como a trigo; 32 pero yo he rogado por ti, que tu fe no falte; y tú, una vez vuelto, confirma a tus hermanos. 33 El le dijo: Señor, dispuesto estoy a ir contigo no sólo a la cárcel, sino también a la muerte. 34 Y él le dijo: Pedro, te digo que el gallo no cantará hoy antes que tú niegues tres veces que me conoces. Lucas 22:31-34
- Jesús y los ciegos líderes de la fe judía, los fariseos, este es un tema típico de anteponer la moral humana, antes que la moral como resultado de la fe:
¡Ay de vosotros, guías ciegos! que decís: Si alguno jura por el templo, no es nada; pero si alguno jura por el oro del templo, es deudor. ! Insensatos y ciegos! porque ¿cuál es mayor, el oro, o el templo que santifica al oro? Mateo 23:16-17
Notamos en estas demandas de Jesús, una consonancia con el juicio o criterio que Él tenía acerca de la comprensión del bien y del mal. No son los actos en sí mismos aislados, es lo que defendemos, cómo lo defendemos y por qué lo defendemos.
Concluyo repitiendo las líneas con las que inicié: “Es fundamental para el creyente, distinguirse no solo por lo que cree y hace. Además, debe distinguirse por su juicio o criterio, por el cual comprenderá el bien y mal”