• La paz que convive con la aflicción

    “Mucha paz tienen los que aman tu ley, Y no hay para ellos tropiezo”.

    Salmos 119:165 (RVR 1960)

    ¡Qué tiempos los que estamos viviendo! A veces solemos decir que estamos perdiendo la paz, y aunque es una expresión teológicamente incongruente a la luz del significado de nuestra paz; no deja de ser una idea coloquial o pintoresca de cómo nos sentimos al calor de las luchas que atravesamos. Pero hay una poderosa promesa de paz divina, que convive con las aflicciones de la vida.

    La paz de Dios, según Jesús, y que Él mismo ofrece; es aquella que sobrepasa todo entendimiento o razonamiento humano. Es una paz que no esta subordinada a las circunstancias.

    No obstante, el concepto del Salmista en su contexto, está enmarcado en el Shalom judío, que implicaba calidad de vida en cuerpo y alma, sin llegar a sumar los beneficios del Mesías redentor. Por eso Jesús dice: “yo no la doy como el mundo o el hombre la da”. Cristo refiere a una paz que traspasa la desesperanza pasajera, las tribulaciones y el conflicto. De hecho, su mensaje respecto a la paz se circunscribe en el marco de una exhortación y palabra de ánimo a sus seguidores, para que afrontaran con valor las pruebas y aflicciones que estaban por vivir. 

    Entonces, la percepción que podamos tener de falta o pérdida de paz, es muy comprensible y sostenible en nuestra humanidad.

    El Salmista nos dibuja una medida de paz, es tanto cuantitativa como cualitativa. El superlativo que usa es “mucho”, del original hebreo: abundar. La expresión en castellano es: “mucha o abundante paz”. ¿Por qué agigantar la idea de la paz? Para contrastar la percepción de que perdemos la paz, y para indicar cualidad, calidad y cantidad de la paz de Dios en nuestras vidas, si ponemos el corazón en la ley de Dios, o sea, en atesorar su Palabra.

    El salmo completa la oración diciendo, que no hay tropiezo, obstáculo o debilidad para quienes aman su ley. Entonces, ¿hay obstáculos, tropezaderos y debilidad para los que aman la ley de Dios? (amarla significa guardarla) Sí, los hay.

    La expresión “no hay tropiezo” es un modismo hebreo para dar por entendido que no serán suficientes razones o armas para derribarnos. Y eso es en esencia la paz de Dios que sobre pasa todo entendimiento.

  • ¿Apartado para qué?

    “Pablo, siervo de Jesucristo, llamado a ser apóstol, apartado para el evangelio de Dios,”Romanos 1:1 RVR1960

    Así empieza la carta de Pablo a los Romanos. No tiene nada aparentemente profundo, más que la introducción de su autoría, testimonio y misión.

    No obstante, quiero destacar un aspecto importante respecto al enfoque que Pablo le da a su llamamiento, que muchos en la Iglesia, pareciera hemos omitido.

    La fórmula de Pablo es: “apartado”, “para”. En primer lugar Pablo nos hace pensar que el llamado de Dios, se establece en dos fundamentos de su propósito divino.

    1. “Apartado”: Una separación que no se puede quedar en la esterilidad del simple hecho de “no hacer algo” o “dejar de hacer algo”. Por el contrario, este apartado de, debe guiarnos a la acción de propósito.
    2. “Para”: Es una preposición que siempre indica tarea, mision, propósito o dirección. El “para” establece y aclara sentido.

    El Dr. J. Vernon MacGee, explica en sus estudios de la carta a los Romanos, que  «el enfoque del creyente, en; “de qué hemos sido apartados”, hace que perdamos de vista el “para qué” hemos sido apartados»

    Hay creyentes que siempre están muy interesados, en la idea de; ¿apartados de qué? Y manejan sus propias listas de lo que NO se debe hacer, y por lo general; estos creyentes son estériles al descuidar el propósito de su elección. No es de extrañar que también estos creyentes vivan llenos de culpa y hasta de amargura. No pueden ser felices, cargando una serie de reglas que son por naturaleza humana imposibles de cumplir, sin la mediación de Cristo. Ir a la cruz de Cristo en el concepto paulino, es ir a la búsqueda del perdón; por medio de  quien ahí dio su vida y su sangre. Pero parece que algunos van a recoger los pecados que Cristo voluntariamente ha tomado sobre sí. Absolutamente, es un grave error.

    Entonces, vale la pena que nos preguntemos: ¿Para qué me apartó el Señor? La respuesta por sí misma nos marcará claramente; de qué, también nos ha apartado.

    Recordemos que Jesús le dijo a Saulo, ¿por qué me persigues? Y Pablo inmediatamente se dio cuenta de qué lo apartaría Dios, y para qué. Tanto fue así, que Pablo preguntaría: ¿Señor, qué quieres que yo haga? He ahí el propósito, el para qué.

    La respuesta nuestra, no puede ser diferente, Dios nos ha elegido y apartado para unirnos a su misión. El evangelismo es la misión preponderante de su reino.

    Debo confesar que la pasión por el evangelismo se ha apagado en casi cada uno de nosotros. Vemos tanta necesidad alrededor y nos sentimos bloqueados e imposibilitados, sin fuerza espiritual para responder.

    Espero que esta reflexión, nos anime y nos abra otra perspectiva de nuestro “para qué en Cristo”.

  • Conozcan las naciones que no son sino hombres

    “Porque no para siempre será olvidado el menesteroso, Ni la esperanza de los pobres perecerá perpetuamente.” Salmos 9:18 RVR1960

    El salmo 9 es una alabanza a la justicia de Dios. Toda alabanza es a la vez, una esperanza humana velada. Y el salmo está anclado en la esperanza más sublime: “la eternidad con Dios”. Una posibilidad que depende únicamente de Dios y su capacidad de ofrecer gracia y misericordia.

    1. “El menesteroso o afligido, NO será olvidado para siempre”. Aunque su nombre no se menciona, lleva el peso de toda la acción, y es Dios mismo. Dios no olvidará a los que vivimos las aflicciones no solo de nuestra propia carencia, sino del sistema injusto que nos hemos laureado. Pero la justicia de Dios; develada y personalizada en Cristo, se vuelve una promesa fundamental de nuestra fe. Si no creemos en una eternidad distante y distinta a la realidad que vivimos hoy, no es una fe salvífica.
    2. “La esperanza de los pobres, NO perecerá perpetuamente”. Esta palabra (heb. ebión) tiene un significado de pobreza emocional, carencia y deseo de la mente. Muy pocas veces la Biblia refiere a la pobreza material insustancialmente. O sea, la pobreza parte de una forma o idea de vida, que lleva al hombre a sentirse y verse despojado y a aceptar esa condición en amargura de espíritu; por comparación con los otros. Y de esa condición surge el desaliento, el odio, el crimen. El pobre sueña, el pobre espera un día mejor; y esa esperanza, es al fin la motivación para trabajar y vivir. Así que, Dios traerá ese día anhelado por los pobres de mente, la misma referencia de las bienaventuranzas de Jesús, “Bienaventurados los pobres de espíritu”.

    Al afligido y al pobre que carece de un motivo, Dios le promete una vida que el sistema del mundo no le dará. Pero observe como el salmista, aparte de psicólogo y profeta, es un Evangelista en este salmo:

    “Levántate, oh Jehová; no se fortalezca el hombre; Sean juzgadas las naciones delante de ti. Pon, oh Jehová, temor en ellos; Conozcan las naciones que no son sino hombres. Selah” Salmos 9:19-20 RVR1960

    David le pide a Dios dos cosas:

    1. “No se fortalezca el hombre”: ese movimiento humanista del hombre sin Dios. El sistema profano de una civilización que destierra a su propio creador, David pide a Dios que no lo deje crecer o fortalecerse.
    2. “Pon, oh Dios, temor en ellos para que conozcan quienes son”: David apela a que Dios toque al hombre, y este llegue a reconocer que no son sino hombres, o sea es solamente polvo. Solo cuando el hombre se ve a sí mismo con honestidad, podrá reconocer a Dios.

    Este sentir y pensamiento de David, debe ser el nuestro, hoy como creyentes. Debemos no solo orar para ser guardados de este sistema impío que impera, sino también orar por las naciones para que reconozcan a Dios y sean salvas.

  • De la tragedia a la sublime esperanza

    Se le ha considerado estadista, poeta, escriba y asesor de reyes. Su influencia entonces, deriva de su cercanía con la clase aristócrata de la época. Ejerció su llamado como profeta de Judá, durante los reinados de Jotám, Acaz y Ezequías.

    Hablamos de Isaías, el llamado príncipe de los profetas.

    Algunos mencionan que ejerció su ministerio durante Uzías y también Manasés, y aunque Isaías posiblemente ya era influyente y respetado como escriba durante Uzías, en el capítulo seis de su libro homónimo, indica que fue en el año de la muerte del próspero Uzías, que Isaías tiene la visión celestial del trono de Dios; y recibe el llamamiento. En el caso de Manasés, en las crónicas de los reyes de Israel, referente a Manasés, en 2 de Reyes 21 y 2 de Crónicas 33:1-20; no se menciona a Isaías. No obstante, hemos de deducir que el peso de este profeta no pasaría desapercibido, y es por esto y por los aberrantes pecados, violencia y asesinatos de Manasés; que la tradición señala que el profeta murió aserrado bajo Manasés.

    Pero lo cierto, es que el libro de Isaías, fue escrito por un hombre que confrontó el pecado obstinado de Judá, vio caer el reino del norte (Samaria), y murió con una visión clara del pasado, presente y futuro de su amada nación. Por eso, no es para nada un dato histórico sin importancia, el llamado de Isaías en medio de uno de los funerales más sensibles para Judá.

    “En el año que murió el rey Uzías vi yo al Señor sentado sobre un trono alto y sublime, y sus faldas llenaban el templo” Isaías 6:1 (Reina Valera 1960).

    Uzías había sido un rey poderoso, temeroso de Dios, y que había logrado prosperidad y buen nombre entre las naciones vecinas; en obediencia a Dios. Su reinado duró 52 años hasta que su mente se debilitó (su corazón) por la soberbia de sus logros, y terminó inmundo por la lepra fuera del palacio, muriendo solo y envilecido.

    “Mas cuando ya era fuerte, su corazón se enalteció para su ruina; porque se rebeló contra Jehová su Dios, entrando en el templo de Jehová para quemar incienso en el altar del incienso” 2 Crónicas 26:16 (Reina Valera 1960).

    Para Isaías, aquella fue una tragedia en dos dimensiones: Primeramente, lo fue a nivel emocional, porque aquel rey había sido muy querido y respetado. Luego, en la dimensión espiritual, aquel buen hombre, se traicionó a sí mismo por el orgullo y la prepotencia, al no arrepentirse cuando los sacerdotes lo confrontaron ante su prevaricación. No olvidemos que fue una estabilidad de 52 años de prosperidad para Judá, mientras su hermana Israel languidecía en el norte, hasta extinguirse en su rebelión.

    Pero en la visión de Isaías, ¿qué significó la muerte trágica de su amado rey y el duelo? Isaías relata: “en el año que murió el rey Uzías (Ozías en otras versiones), vi yo al Señor sentado sobre un trono alto y sublime, y sus faldas llenaban el templo (su gloria y esplendor)”.

    Para el profeta, la tragedia significó el inicio de algo poderoso. La visión que tuvo acerca del trono de Dios, no es una coincidencia contrapuesta al desastre que se cernía sobre la monarquía de Judá. El famoso Uzías, había significado la gloria de Judá por medio siglo, y los israelitas vivían seguros entre los muros de Jerusalén y otras ciudades construidas en tierras recuperadas de mano de los filisteos, amonitas y edomitas; como la ciudad portuaria de Elat (2 Crónicas 26).  No podían imaginar que les llegaría el día en que la maldad, la violencia y los pecados sociales de sus príncipes les alcanzarían. Así que Dios se le presenta a Isaías como la única oportunidad de Salvación. No es tampoco casualidad, que el nombre propio de Isaías sea, “Jehová ha salvado”, en una clara alegoría de la obra ya decretada por Dios, en cuando al exilio y retorno de un remanente purificado de su idolatría. Este mensaje es además, confirmado por los nombres de sus hijos llamados: Sear-jasub; promesa para Judá, que significa: “un remanente volverá”, como recordatorio de la promesa a los padres de Israel y a David, acerca de la permanencia del pueblo israelita. Luego, el segundo hijo llamado: Maher-salal-hasbaz; veredicto sobre Samaria y Damasco, que cayeron ante los Babilonios, y que significa: “muy pronto habrá saqueo y destrucción”.

    Como hemos visto hasta aquí, Isaías está de luto, hay incertidumbre en los dominios de Judá, porque el poderoso reino de Uzías se ha debilitado, no por la muerte de éste, sino por abandonar la fidelidad que lo mantuvo en el poder 52 años. Pero Isaías ve a Dios en un trono sublime (alto, elevado, no humano), que es inconquistable y del que depende ahora la vida de los habitantes de Judá. Y en ese contexto, Isaías recibe el llamamiento de profeta, y acepta el desafío una vez que ha sido librado de la muerte por su pecado e impureza.

    Debemos concluir por deducción histórica, y por el carácter de Dios mostrado en este punto de inflexión para Judá y para Isaías, que:

    1. La seguridad y estabilidad humana, no puede reposar en manos de humanos, para los que aman a Dios.
    2. Dios es la única respuesta de salvación para el hombre, y para un pueblo de fe.
    3. Las promesas de Dios son fieles para con los que viven en pacto con Él.
    4. En la tragedia, el duelo y la incertidumbre; podemos ver la majestad de Dios. Cuando menos lo esperamos, en la dificultad somos más sensibles, y podemos afinar el oído y la vista; para oír y ver al Señor en todo su esplendor a nuestro favor.

    Isaías es el profeta, que en medio de la tragedia, vio la esperanza sublime para Israel.

    Mueren los hombres, y por más eminentes que los consideremos, no muere con ellos nuestra esperanza. Dios es nuestra única esperanza.