Se le ha considerado estadista, poeta, escriba y asesor de reyes. Su influencia entonces, deriva de su cercanía con la clase aristócrata de la época. Ejerció su llamado como profeta de Judá, durante los reinados de Jotám, Acaz y Ezequías.
Hablamos de Isaías, el llamado príncipe de los profetas.
Algunos mencionan que ejerció su ministerio durante Uzías y también Manasés, y aunque Isaías posiblemente ya era influyente y respetado como escriba durante Uzías, en el capítulo seis de su libro homónimo, indica que fue en el año de la muerte del próspero Uzías, que Isaías tiene la visión celestial del trono de Dios; y recibe el llamamiento. En el caso de Manasés, en las crónicas de los reyes de Israel, referente a Manasés, en 2 de Reyes 21 y 2 de Crónicas 33:1-20; no se menciona a Isaías. No obstante, hemos de deducir que el peso de este profeta no pasaría desapercibido, y es por esto y por los aberrantes pecados, violencia y asesinatos de Manasés; que la tradición señala que el profeta murió aserrado bajo Manasés.
Pero lo cierto, es que el libro de Isaías, fue escrito por un hombre que confrontó el pecado obstinado de Judá, vio caer el reino del norte (Samaria), y murió con una visión clara del pasado, presente y futuro de su amada nación. Por eso, no es para nada un dato histórico sin importancia, el llamado de Isaías en medio de uno de los funerales más sensibles para Judá.
“En el año que murió el rey Uzías vi yo al Señor sentado sobre un trono alto y sublime, y sus faldas llenaban el templo” Isaías 6:1 (Reina Valera 1960).
Uzías había sido un rey poderoso, temeroso de Dios, y que había logrado prosperidad y buen nombre entre las naciones vecinas; en obediencia a Dios. Su reinado duró 52 años hasta que su mente se debilitó (su corazón) por la soberbia de sus logros, y terminó inmundo por la lepra fuera del palacio, muriendo solo y envilecido.
“Mas cuando ya era fuerte, su corazón se enalteció para su ruina; porque se rebeló contra Jehová su Dios, entrando en el templo de Jehová para quemar incienso en el altar del incienso” 2 Crónicas 26:16 (Reina Valera 1960).
Para Isaías, aquella fue una tragedia en dos dimensiones: Primeramente, lo fue a nivel emocional, porque aquel rey había sido muy querido y respetado. Luego, en la dimensión espiritual, aquel buen hombre, se traicionó a sí mismo por el orgullo y la prepotencia, al no arrepentirse cuando los sacerdotes lo confrontaron ante su prevaricación. No olvidemos que fue una estabilidad de 52 años de prosperidad para Judá, mientras su hermana Israel languidecía en el norte, hasta extinguirse en su rebelión.
Pero en la visión de Isaías, ¿qué significó la muerte trágica de su amado rey y el duelo? Isaías relata: “en el año que murió el rey Uzías (Ozías en otras versiones), vi yo al Señor sentado sobre un trono alto y sublime, y sus faldas llenaban el templo (su gloria y esplendor)”.
Para el profeta, la tragedia significó el inicio de algo poderoso. La visión que tuvo acerca del trono de Dios, no es una coincidencia contrapuesta al desastre que se cernía sobre la monarquía de Judá. El famoso Uzías, había significado la gloria de Judá por medio siglo, y los israelitas vivían seguros entre los muros de Jerusalén y otras ciudades construidas en tierras recuperadas de mano de los filisteos, amonitas y edomitas; como la ciudad portuaria de Elat (2 Crónicas 26). No podían imaginar que les llegaría el día en que la maldad, la violencia y los pecados sociales de sus príncipes les alcanzarían. Así que Dios se le presenta a Isaías como la única oportunidad de Salvación. No es tampoco casualidad, que el nombre propio de Isaías sea, “Jehová ha salvado”, en una clara alegoría de la obra ya decretada por Dios, en cuando al exilio y retorno de un remanente purificado de su idolatría. Este mensaje es además, confirmado por los nombres de sus hijos llamados: Sear-jasub; promesa para Judá, que significa: “un remanente volverá”, como recordatorio de la promesa a los padres de Israel y a David, acerca de la permanencia del pueblo israelita. Luego, el segundo hijo llamado: Maher-salal-hasbaz; veredicto sobre Samaria y Damasco, que cayeron ante los Babilonios, y que significa: “muy pronto habrá saqueo y destrucción”.
Como hemos visto hasta aquí, Isaías está de luto, hay incertidumbre en los dominios de Judá, porque el poderoso reino de Uzías se ha debilitado, no por la muerte de éste, sino por abandonar la fidelidad que lo mantuvo en el poder 52 años. Pero Isaías ve a Dios en un trono sublime (alto, elevado, no humano), que es inconquistable y del que depende ahora la vida de los habitantes de Judá. Y en ese contexto, Isaías recibe el llamamiento de profeta, y acepta el desafío una vez que ha sido librado de la muerte por su pecado e impureza.
Debemos concluir por deducción histórica, y por el carácter de Dios mostrado en este punto de inflexión para Judá y para Isaías, que:
- La seguridad y estabilidad humana, no puede reposar en manos de humanos, para los que aman a Dios.
- Dios es la única respuesta de salvación para el hombre, y para un pueblo de fe.
- Las promesas de Dios son fieles para con los que viven en pacto con Él.
- En la tragedia, el duelo y la incertidumbre; podemos ver la majestad de Dios. Cuando menos lo esperamos, en la dificultad somos más sensibles, y podemos afinar el oído y la vista; para oír y ver al Señor en todo su esplendor a nuestro favor.
Isaías es el profeta, que en medio de la tragedia, vio la esperanza sublime para Israel.
Mueren los hombres, y por más eminentes que los consideremos, no muere con ellos nuestra esperanza. Dios es nuestra única esperanza.