Por Elías Lara
El llamado divino encierra un denominador común. Pablo a Timoteo le hace ver que él (Timoteo) debe sufrir solidariamente con él (Pablo) y con Cristo definitivamente. Es la forma que lo expresa en el griego del Nuevo Testamento, por medio del verbo imperativo: (“συγκακοπαθέω”) sunkakopadséo = “Sufrir”, que se traduce en la versión Reina Valera como, “participante de las aflicciones”, también como “sufrir adversidad en compañía de…”. Y ese es el denominador común: La adversidad o el sufrimiento.
“Tú, pues, sufre penalidades como buen soldado de Jesucristo”. 2 Timoteo 2:3 (RVR 1960).
La exhortación de Pablo, ya anciano y listo para morir pronto, a su hijo espiritual, discípulo y amigo el joven Timoteo; es un poderoso Símil que resume la forma en que el creyente al escuchar el llamado de Dios; se compromete con la causa de Cristo de manera sometida y disciplinada como un buen soldado de milicia. Seguidamente, viene el texto del cual quiero dejar una reflexión para todos.
“Ninguno que milita se enreda en los negocios de la vida, a fin de agradar a aquel que lo tomó por soldado”. 2 Timoteo 2:4 (RVR 1960).
Y ¿qué deberíamos entender por “enredarse con los negocios de la vida”? Pues en el fondo, Pablo está implicando el sentido de lealtad, cuando completa la idea con el fin o propósito del militante. “Agradar a aquel que le ha tomado por soldado” o sea, aquel quien te ha llamado a formar parte de las filas celestiales. La lealtad aquí es clave; y ya en otro contexto más espiritual, Jesús en los Evangelios registra este principio de lealtad al referirse a la incongruencia de tratar de ser fiel a dos señores (Mateo 6:24). Distracciones mundanales y objetivos humanistas y seculares, nos alejan de Dios.
Pero también, hay que aclarar que el sentido peyorativo de la palabra “enredarse” no es una connotación de negocios oscuros. Es cualquier negocio y trabajo que por legal que sea, nos aleja en tiempo y propósito de la misión que Dios nos ha encomendado.
Ahora, lo que no significa la frase de Pablo. No significa demonizar el trabajo, la educación, los negocios, los deportes, los pasatiempos, el disfrute, la familia, etcétera. Si todo lo mencionado es añadidura de Dios, pero nunca altar de un dios.
La comparación que el apóstol hace entre el servicio a Dios y a la milicia, resalta la importancia de dedicar vida, mente y corazón a la causa para la cual se ha elegido y capacitado a ese alguien. .
El creyente ha de estar claro de que las distracciones de este mundo, y los objetivos mundanos son incompatibles con el compromiso del llamado divino. Pero aquí hay una distinción que debemos marcar.
- Está el llamado general a toda persona para salvación y santificación. Es de esta manera que se pertenece a Él.
- Está el llamado particular de Dios para algunos cristianos al servicio del reino.
En ambos casos, debemos lealtad a Dios quien nos llama. Pero el impacto más significativo se da en los ministros llamados a servir al Señor, y que por situaciones tan humanas y mundanas, abandonan la misión. Cuando alguien se baja del altar (sentido figurado de abandonar el ministerio) experimenta mucha distracción y hasta cambian los objetivos más próximos, pero también se cae en depresión. Y hay muchos ejemplos bíblicos y extra bíblicos.
Por ejemplo, cuando el profeta Elías perdió la perspectiva de su misión ante el pueblo idolatra de Israel, terminó corriendo lleno de miedo y agotamiento emocional. Ananías y Safira perdieron la visión espiritual de aquella campaña de generosidad, y se distrajeron por el negocio detrás de la buena obra. En nuestro tiempo esto ha pasado con miles de ministros y ministerios.
Ejemplo tenemos de algunos ministerios cristianos de obra social, que han terminado convirtiéndose en un gran negocio. El problema no es captar capital, sino alejarse de la vocación primigenia.
Si Dios te ha llamado a salvación y santificación, es ganancia para tu vida. Ya en el caminar diario y el crecimiento espiritual, experimentarás los dones que te catapultarán al servicio. Y si Dios nos llama a servirlo, tenemos seguro que, debemos padecer con Cristo y con los hermanos que nos antecedieron. Y además, disponernos completos en tiempo y forma.

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