Por Elías Lara
“«Afortunados los que reconocen su necesidad espiritual, porque el reino de Dios les pertenece.” Mateo 5:3 PDT
Cada palabra y espacio en el discurso de Jesús, tuvo y tiene un significado. Así que no es casual, y el orden de los factores sí altera el producto; cuando no le damos valor a ese orden en el texto. Por ejemplo, en el sermón de las bienaventuranzas, Jesús empieza con esta bienaventuranza: “bienaventurados los pobres de espíritu…”. Ya arriba lo tenemos el texto completo en una versión más dinámica que nos permite un mejor entendimiento del mensaje.
El sentido del adjetivo “pobre” en el griego, señala acepciones igual que en castellano. “Pobre” puede ser una persona carente de lo más básico para vivir, o puede ser una persona que no carece de bienes, pero sí de bondad y de esperanza. Lo cierto es que siempre está relacionado a una carencia.
Así que Jesús en su sermón, es muy probable que le habla a los que viven con carencias de vida espiritual (pobres de espíritu), pero que, además son conscientes de esa carencia. No obstante, es un adjetivo que vincula con los más desposeídos en todo sentido; pues las masas que seguían a un líder carismático como Jesús; generalmente eran personas con mucha desesperanza a raíz de su situación socioeconómica; socavada por la situación sociopolítica.
Y aquí es momento de hacer énfasis en el orden del discurso, ya que al iniciar el sermón con esta bienaventuranza; denota que todo empieza por la disposición que tengan las personas para encontrarse con las riquezas espirituales de Cristo. Para entonces, como hoy, había muchos pobres espirituales – disece de aquella persona rica en bienes, pero pobre en bondad y esperanza; o pobre de bienes y pobre de esperanza – donde el distintivo que los buscadores del reino de Dios será reconocer esa carencia.
La promesa de Jesús es que el reino de Dios le pertenece a esta clase de gente desposeída y con conciencia de su necesidad espiritual. Una acepción de esta idea de “pobre de espíritu”, es también la idea de que aquellas personas que, aunque siendo ricas, mantienen una actitud humilde y sencilla mentalmente. O sea, viven mentalmente como los más necesitados del mundo. Y es solo en esos corazones que puede obrar la gracia y misericordia divina.
No hay mayor esperanza para la humanidad, que Cristo y su menaje lleno de promesas. Promesas de bienestar para aquellos que no ponen su esperanza en las riquezas (la virtud del pobre), sino en la obra de Cristo. De tal manera que, los bienaventurados lo somos; no por ser pobres, sino en tanto Cristo habite en nuestras vidas. Y no solo Cristo nos da esperanza, sino que es la esperanza en nosotros para los otros, a donde sea que vayamos.
“a quienes Dios quiso dar a conocer las riquezas de la gloria de este misterio entre los gentiles; que es Cristo en vosotros, la esperanza de gloria,” Colosenses 1:27 RVR1960
Cuando flaquea nuestra esperanza de algo mejor, cuando muere nuestro idilio con más victorias; entonces es tiempo de volver a las sendas antiguas para recordar el peso de ser pobres bienaventurados. Porque debemos recordar, qué hay pobres infelices y pobres muy felices. Todo depende del entendimiento que tengamos de nuestras carencias.
Cuando carecemos adolecemos, y lo que adolecemos nos hace fuertes (Jesús dijo: mi poder se perfecciona en la debilidad).

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