“un Señor, una fe, un bautismo,” Efesios 4:5 (RVR1960).
Pablo exhorta a los hermanos de Asia a mantener un espíritu de unidad, en un sentido de cuerpo; y no con un enfoque político.
Es por lo tanto importante, encontrar el sentido de este histórico movimiento. Para ello debemos entender el concepto en su etimología (significado), intención (meta) y su contexto histórico (lo que se ha hecho).
1. Etimológicamente, el término ecumenismo, proviene del latín «Ecuménicas» que también aparece en el idioma griego como «Oikonomikos» y «Oikoumenē», que le dan el significado de “poblada”, en función o referencia a las tierras o lugares poblados. (Ecumenismo: origen, historia, significado, y mucho más. (set. 2021) https://www.postposmo.com/ecumenismo/.).
A. La RAE define el ecumenismo como: “Tendencia y movimiento que intenta la restauración de la unidad entre todas las iglesias cristianas”.
Entendemos entonces, que el uso conocido del mundo antiguo (greco-romano), refería a una conquista de tierras, y la práctica de poblarlas intencionalmente bajo los criterios del imperio. Por cierto, una práctica normal del imperio romano y de otros imperios antiguos, era la de colonizar las tierras conquistadas con grupos étnicos exógenos o foráneos a ellas. Y es desde este prisma que se va diluyendo el concepto ecuménico adaptado a la religión, como proyecto que busca promover y establecer la unidad confesional, de diferentes confesiones. Hasta aquí, el concepto se centra en las comunidades cristianas, pero no será siempre así en el devenir histórico.
2. Intencionalidad: La definición que la Iglesia Católica Romana le concede a este proyecto es a la vez intencional; siendo que desde la cabeza eclesial se ha impulsado esta tarea desde una dimensión misional. Veamos:
“Se entiende por «movimiento ecuménico», «las actividades e iniciativas que, según las variadas necesidades de la Iglesia y las características de la época, se suscitan y se ordenan a favorecer la unidad de los cristianos». El movimiento ecuménico se da entre las Iglesias y Comunidades cristianas como tales. Se participa en él desde la identidad confesional respectiva, aunque sea a título personal.
Con la palabra Ecumenismo se designa también una dimensión de la tarea salvífica de la Iglesia, en cuanto distinta de la dimensión «pastoral» entre los fieles católicos (misión ad intra) y de la «misionera» con los no cristianos (misión ad extra). La dimensión ecuménica de la Iglesia se refiere a la responsabilidad que la Iglesia tiene respecto de las comunidades cristianas separadas con vistas a alcanzar la unidad. Entre los cristianos propiamente no se «misiona» como entre los no cristianos para que se «conviertan»: en cambio, se ofrece la fe plena y la perfecta incorporación visible; a los no cristianos, se les propone la fe que lleva a la conversión. El «diálogo ecuménico», de otra parte, se distingue por su naturaleza y finalidad del «diálogo interreligioso». (Villar, Jose Ramon. (s.f) Catholic.net. Párr. 2 y 3 https://es.catholic.net/op/articulos/19318/cat/697/el-ecumenismo-principios-condiciones-y-practica.html#modal).
En este segundo punto, encontramos una intención de la Iglesia Católica para misionar (hacer obra misionera) entre los grupos de comunidades cristianas separadas, y aclara que, se debe diferenciar esta tarea de la otra meta de la Iglesia de mantener un diálogo interreligioso; como el que se puede dar con comunidades musulmanas, budistas y tribales.
3. Finalmente, echemos una mirada al significado desde el contexto histórico, ya que la práctica ha demostrado algunos atajos hacia la meta de simplemente la unidad de los grupos cristianos. Veamos:
Si tuviéramos que establecer un hito fundacional formal del movimiento ecuménico mundial, lo más adecuado sería referirse a la creación en Ámsterdam del Consejo Mundial de Iglesias –CMI– en el año 1948 (Míguez Bonino, 1995). Sin embargo, los antecedentes del movimiento pueden rastrearse hasta la Conferencia Misionera Mundial de Edimburgo, en 1910, que supuso la creación del Consejo Misionero Internacional [3] en 1921, o las conferencias de Estocolmo en 1925 y Lausana en 1927. El movimiento se originaba a partir de una inquietud fundamental: ¿cómo dar testimonio fiel de la fe si las iglesias se hallaban desunidas? De manera consustancial, aparecían también los problemas de la misión evangélica en los países no-cristianos de Asia, África y Oceanía, los cuales se encontraban en su mayor parte bajo el yugo de la dominación colonial occidental.
En la Asamblea de 1948: Todas las familias confesionales, excepto por los católicos romanos, estuvieron representadas. Un número de católicos romanos había sido invitado para asistir como observadores, pero no pudieron aceptar la invitación porque en junio el Santo Oficio había publicado un Monitum [4] a efectos de que ningún católico romano recibiera permiso de asistir. (Visser ‘t Hooft, 1982, p. 63) [Barón, Guillermo. (jul. 2020). El Movimiento Ecuménico y los orígenes mendocinos de la Teología de la Liberación. Universidad Nacional de Cuyo, Argentina. Párr. 19-20https://www.redalyc.org/journal/2433/243364810014/html/#:~:text=Si%20tuvi%C3%A9ramos%20que%20establecer%20un,(M%C3%ADguez%20Bonino%2C%201995)].
Estos correlatos nos muestran, que en algunos momentos históricos de esta meta unificadora no ha habido acuerdo. La razón es que en esta agenda ecuménica se busca una conquista de los otros, y no una unión con los otros. Después de todo, el origen del concepto y la presuposición de una Iglesia institucionalizada verdadera, darán siempre como resultado; un movimiento más político que de fe. Como lo describe el articulo de la Universidad Nacional de Cuyo, Argentina; el ecumenismo ha sido a la vez una plataforma para ideologías políticas, como la teología de la liberación. Algo que no critico como si fuese algo absolutamente malo, sino que desvinculo de la aparente intención de unir a la Iglesia del Señor.
A la vez, hemos leído que no solo la Iglesia Católica Romana ha propiciado el ecumenismo; sino también, los movimientos misioneros evangélicos y protestantes globales.
A la luz de la Biblia, debemos reconocer una Iglesia verdadera, única y universal; sustentada en el llamamiento santo de su adalid: El Señor Jesucristo, como dice Pablo:
“Yo pues, preso en el Señor, os ruego que andéis como es digno de la vocación con que fuisteis llamados, 2 con toda humildad y mansedumbre, soportándoos con paciencia los unos a los otros en amor, 3 solícitos en guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz; 4 un cuerpo, y un Espíritu, como fuisteis también llamados en una misma esperanza de vuestra vocación; 5 un Señor, una fe, un bautismo, 6 un Dios y Padre de todos, el cual es sobre todos, y por todos, y en todos. 7 Pero a cada uno de nosotros fue dada la gracia conforme a la medida del don de Cristo”. Efesios 4:1-7.
Entonces, una vez más a los creyentes de hoy, se nos exhorta a mantenernos solícitos en guardar la unidad del cuerpo de Cristo, que es la Iglesia. Pero nunca en sentido político, porque mantener clara la vocación del llamado; es tener clara la vocación del que llama. Jesús rehusó el propósito político en su ministerio. Las veces que abarcó aspectos políticos lo hizo en un sentido ineludible, como ineludible puede ser ese encuentro político del ministerio de la Iglesia en la tierra, sin que se convierta en su fin.
Los cristianos a la vez, debemos ser reconocidos por la humildad y mansedumbre con que aceptamos a los otros creyentes que confiesan a Cristo y lo siguen. Pero también que nos permite establecer puentes con los que no son creyentes en nuestra tarea misional apolítica.
Los creyentes tenemos claramente establecido, que la Iglesia única y verdadera ha de tener un Señor, una fe y un bautismo. No hay lugar para divagar o para establecer otra fe, ni otro señor.
Tristemente, si en algunos líderes de la Iglesia tanto católica como evangélica ha habido una sana intención; por cierto, más humana que divina de unir las diversas confesiones, también debemos reconocer que ahora coexiste un movimiento de ecumenismo religioso y político, que se preocupa más por la paz humana que bíblica; evita la confrontación y promueve la aceptación de creencias y prácticas no cristianas en aras de esa “paz”.
Los creyentes debemos ser “solícitos en guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz”, es el consejo bíblico; a la vez que nos da la pauta, de que esta unidad debe ser del Espíritu Santo de Dios. La pregunta es: ¿Puede un grupo confesional que no acepta el señorío de Cristo y del Espíritu Santo, tener al Espíritu Santo? Y si la respuesta es no, entonces no pueden guardar tal unidad, y es ahí donde se rompe el vínculo de la paz bíblica.
Por lo tanto, al cerrar este artículo debo reconocer que el ecumenismo, es una práctica que ha evolucionado mucho, es una expresión que en la práctica se vuelve ambigua (confusa) y puede ser una ilusión que ha engañado y sigue engañando a muchos creyentes. De tal manera que, los creyentes debemos ser cuidadosos. Por un lado, no ser arrogantes respecto a los otros (cristianos y no cristianos), y por otra parte no debemos diluirnos entre los otros.
¿Cómo no diluirnos? Comprendiéndonos dentro de una medida: “Pero a cada uno de nosotros fue dada la gracia conforme a la medida del don de Cristo”. Cristo es la medida, la Iglesia verdadera y única a la que he venido haciendo referencia, no es una institución, es aquella que se reúne en torno a la centralidad de Cristo el Señor, sin distracciones. En otras palabras una comunidad global que es Cristocéntrica.

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