Una mirada a las bienaventuranzas
Entre aquella multitud, Jesús pudo ver las múltiples necesidades de la gente y consolarles haciéndoles ver su potencial. El sermón del monte; llamado así porque Jesús está en las colinas cercanas a Jerusalén, dictando este discurso moral y profundamente espiritual a un gentío sin esperanza y olvidados.
Hay nueve bienaventuranzas y quiero tocar una por una en una serie de estudios. Ahora vamos al primer llamado de Jesús:
“Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.” Mateo 5:3 RVR1960.
Jesús empieza con los “pobres de espíritu”. Una traducción sencilla sin misterios. Un pobre espiritual es una persona que carece de los recursos como cualquier pobre; para satisfacer sus faltantes pero no materiales, sino espirituales. Basado en esta definición, aquí cabemos todos los que hemos llegado a comprender cuán imposible es autofinanciar nuestra bancarrota moral. Carecemos por completo de posibilidades para alcanzar la justicia que Dios demanda. No podemos saldar la deuda de ninguna manera, somos extremadamente pobres en lo moral y espiritual.
Aquellas personas que no lo acepten, son infelices y desgraciadas. Aquellas personas que lo aceptamos somos “bienaventurados” o felices.
La bienaventuranza no está dictada para los que asistían al templo en tiempos de Jesús. Mas bien estaba Jesús refiriéndose a los pecadores mas bajos, que al escucharlo se arrepentían y reconocían su necesidad. El ser humano lucha con mucho hoy día; vicios adictivos, apetitos sexuales, apegos emocionales insanos, egoísmo, etc., y la religión no ayudará a superar estas conductas. Pero lo que si es efectivo según Jesús, es reconocer la pobreza espiritual para ser liberados de todos esos males.
Asi que, ayer y hoy la pobreza espiritual está ligada a reconocernos incapaces y necesitados, y buscar la riquezas del Reino de los Cielos. Porque Jesús nos dice, que la bienaventuranza estriba en la herencia celestial que recibiremos los sencillos de espíritu que un día vinimos a Él.
Si usted tiene una lucha desmedida con un pecado que lo está llevando a la ruina, reconozca su pobreza. No se avergüence de decirle a Dios lo que lo vence, pero avergüéncese de creer que usted puede sin la ayuda de Dios.
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