“Por lo que toca a ustedes, padres, eduquen con tacto a sus hijos, para que no se desalienten.” COLOSENSES 3:21 BHTI
Quizá como humanidad, hemos ido perdiendo la batalla crucial para la preservación de la familia. Me refiero a la batalla de los valores fundacionales, y yo enlistaría al menos algunos: obediencia, empatía, bondad, honor, respeto, comunicación, amor, verdad y justicia (hacer lo correcto o lo debido).
No obstante, siendo cada hogar una trinchera, aún quedan batallas por librar, en las cuales podemos salir fortalecidos con nuestros hijos e hijas, y nietos.
La familia es un proyecto divino, y cuando evadimos la esencia y lo esencial de Dios en la familia, no hay por donde ganar nada.
Las nuevas generaciones deben resolver problemas de forma en el trato y la educación de los hijos, esas formas en las que mi generación experimentó pérdidas importantes.
La principal falencia de mi generación fue una ausencia o como mínimo una deficiente comunicación asertiva, que tiene como requisito la inclusión de los hijos en el proyecto de familia.
Si bien la familia no debería ser una democracia, tampoco debe ser una dictadura del “así se hace y punto”.
Otra gran debilidad de nuestras generaciones, y que absorbimos de las anteriores a las nuestras, era el mal manejo del estrés, que vaciábamos en nuestros hijos e hijas, como nuestros padres lo hacían en nosotros.
En mi experiencia con mi hija, esa fue la ruta, del “yo digo y usted obedece”. Pero más allá de enseñar a los hijos e hijas a obedecer, debemos enseñarles el respeto a la otredad en las decisiones que se toma. Ello les permitiría crecer con un sentido de empatía y valor por los demás antes de actuar. O sea, practicar nosotros y enseñarles la pregunta: ¿Cómo afectará esto que pienso y quiero hacer, a mi entorno familiar? Y partiendo de esa pregunta, enseñarles a definir una propuesta de lo que quieren hacer, antes de hacerlo. No se trata de negarles hacer cosas, sino de enseñarles y someterlos a un proceso de reflexión. Claro está, para enseñarles así, debemos actuar así en casa. ¿Difícil reto no? Las buenas cosas siempre son complejas y demandan mayor esfuerzo.
¿Cómo lo hará esta otra generación? Eso depende del grado de educación y capacidad de perdón por los errores nuestros. Creo que es posible. Nosotros también tuvimos que perdonar a la generación de nuestros padres, y aquí seguimos construyendo familia. La meta de toda familia son hijos e hijas fuertes y sanos emocionalmente, para lo cual, necesitamos de Dios en nosotros, y en ellos.
“Sean nuestros hijos como plantas crecidas en su juventud, Nuestras hijas como esquinas labradas como las de un palacio;” Salmos 144:12 RVR1960
No hay peor mal para padres y madres creyentes, que ver crecer hijos e hijas actuando como ateos.
¡Que Dios nos ayude!
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