“José su marido, como era justo, y no quería infamarla, quiso dejarla secretamente. Y pensando él en esto, he aquí un ángel del Señor le apareció en sueños y le dijo: José, hijo de David, no temas recibir a María tu mujer, porque lo que en ella es engendrado, del Espíritu Santo es.” Mateo 1:19-20 RVR1960
En el estudio pasado, vimos la respuesta de María a la irrupción de Dios en su vida y sus planes. Y así como ella todos estamos en el camino de Dios. Este es el caso de José el esposo de María y figura paterna de Jesús el Cristo.
Leemos en el texto que José era un hombre Justo, eso en su contexto significa que era un hombre bueno, de sentimientos nobles; buen marido e indudablemente sería buen padre. Esas cualidades no le permitieron a José aceptar la noticia del embarazo de su desposada. Pero tampoco le permitieron llevarla a juicio. En última instancia Dios sabe a quienes llama para cada tarea, y José es el instrumento adecuado para este fin, por la nobleza de su corazón.
Pensemos en las objeciones personales, familiares y sociales de José, para rechazar a María. En lo personal había ego masculino de seguro, y para José y para su época, una mujer Virgen era un valor incuestionable. Respecto a la familia de José, igual que para la familia de María, era un asunto de honor. Y de la sociedad ni hablar, es posible que no ha cambiado tanto en nuestro tiempo, pues la gente habla de temas que desconoce, sin mediar razonamiento alguno. Así que el juicio social alrededor de aquella situación, estaba muy impregnado de lo religioso, y afincado en esta trama.
Se puede determinar sin duda, que José tenía todas las razones para desaparecer de la vida de María y de su comunidad. No dudamos del dolor y la decepción de José, y aunque tendemos a romantizar la historia; ni para José, ni para María, fue una obra simplemente bendita; es de hecho una historia inicialmente traumática. No obstante, una vez que se desenreda, terminaría siendo noticia de gran gozo.
Cuando Dios interrumpe nuestra normalidad, la reacción inmediata es desconcierto, incertidumbre y desconfianza. Nada parece haber cambiado en nuestra era con respecto a José y la suya.
Sin embargo, para gente de fe nada es más importante en su devenir, que esas irrupciones divinas transformadoras; de lo contrario estaríamos condenados a lo ordinario de la vida. Y todos necesitamos vivir vidas extraordinarias para Dios.
Yo espero que estés experimentando esas grandezas de Dios, y que tus días sean extraordinarios. Pero no olvides el trauma que puede conllevar la irrupción de Dios en tus días normales.
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