“y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres” Juan 8:32 (Reina Valera 60)

La pregunta existencial y filosófica más leída en libros humanistas es: ¿Qué es la verdad? Si ella es relativa, entonces hay muchas verdades. Un argumento correcto si hablamos de cualquier tema del conocimiento humano limitado. Pero si hablamos de la eternidad, nos meteremos en problemas al aceptar la relatividad de la verdad. Y ese es uno de los temas relevantes de Jesús al confrontar a los judíos religiosos que le increpan por decirles: “la verdad os hará libres”.

Ellos no filosofaron acerca de la verdad, pues sabían de una verdad superior y divina, pero creían que aquella verdad estaba supeditada al linaje de sangre en Abraham, más Jesús les reconviene al decirles que, no bastaba con ser linaje de Abraham, y ahí empieza a dilucidar el dilema de la verdad que libera.

No es una verdad, es la verdad. Y es la verdad que libera, pero ¿libera de qué? Jesús les explica que, el pecado esclaviza, y es esa la libertad que pregona su menaje: «dejar de hacer todo aquello que aleja al hombre de Dios». Por eso en el contexto dice:

34 Jesús les respondió: De cierto, de cierto os digo, que todo aquel que hace pecado, esclavo es del pecado. 35 Y el esclavo no queda en la casa para siempre; el hijo sí queda para siempre. 36 Así que, si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres. Juan 8: 34-36 (Reina Valera 60).

La pregunta es, ¿Por qué los judíos que seguían la ley de Moisés son exhortados a no pecar? ¿Se supone que su obediencia los debería eximir del pecado cometido? Claro está, la tarea es sencilla para nosotros como creyentes porque hemos leído las cartas de Pablo a los romanos, gálatas, efesios, etc., también hemos leído a Juan, a Pedro, a Santiago, y la carta a los hebreos. Pero aquellos judíos solo habían leído a la sombra de lo que habría de venir, o sea, el Antiguo Testamento.

Entonces el pecado que Jesús les está tratando de mostrar, es el pecado de incredulidad (el que esclaviza y no permite que llegue alguien a pertenecer a la familia de Dios).

Ellos no podian creer en Jesús como el Mesías que leían en las Escrituras, que había de venir, siendo Jesús el libertador y la esencia de la libertad. Un pecado que surge por una mala lectura e interpretación de las escrituras, que pone un velo llamado “dogmatismo de incredulidad”. O sea, convertimos la esencia de la fe, en una rígida liturgia dogmática (ceremoniales religiosos incuestionables que no permiten que creamos en la gracia de Dios, para poder vivir sus preceptos por fe). ¿Pueden notar la diferencia? No se trataba solo de ser linaje de Abraham, sino de ser linaje de Dios en Cristo.

Aquellos judíos ortodoxos (inflexibles a los cambios por mantener un sistema religioso de larga data) no eran libres, porque su pertenencia estaba arraigada en conceptos, más que en acciones providentemente divinas.

La salvación es una acción constante de Dios, cuyo grado máximo de expresión fue la cruz. En este contexto, ser libre es estar a salvo del pecado y su efecto eterno: la muerte.

Así como aquellos hombres que creyeron que en Abraham eran merecedores de la vida eterna, muchos hoy en día creen que su salvación depende de los dogmas de la fe de su religión, o iglesia. La respuesta de Jesús es la misma:

“Dijo entonces Jesús a los judíos que habían creído en él: Si vosotros permaneciereis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos. Juan 8:31 (Reina Valera 60).

La primera clave que Jesús les expuso fue, permanecer en sus Palabras, o sea, en la verdad incuestionable y absoluta de todo cuanto Él dijo y enseñó, y que conocemos como: los Evangelios. Debemos entender que en los Evangelios está contenida toda la verdad de la Biblia completa. Y recordar a la vez, que “toda la Escritura es inspirada por Dios…” No descartamos el resto de la Palabra de Dios para seguir solo los Evangelios, pero lo que sí debemos comprender es que El Evangelio, es rector de la verdad bíblica como un todo.

La segunda clave que Jesús expone aquí, es: “seréis verdaderamente mis discípulos”, e inmediatamente, entra el texto en estudio: “…y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libre”. La libertad es un proceso de vida, Dios nos la da al momento que somos impelidos por Él para creer, y creemos. Pero se va haciendo una verdad cada vez más evidente en el peregrinar de nuestra vida; siendo discipulados por esa Palabra de libertad.

Jesús claramente dice entonces, que requerimos escuchar sus Palabras (leer la Biblia), permanecer en ellas (guardarlas en la mente) y luego dejarnos discipular por ellas (vivir de acuerdo a ellas).

La libertad entonces en este contexto, es dejar de hacer aquello que nos mata espiritualmente. Y esta libertad desde la perspectiva bíblica, se da por la acción directa de Dios y de su Palabra, en congruencia con una respuesta obediente de nuestra parte como acto de justicia. Porque la obediencia es justicia.

Pablo encontró libertad de su celo religioso. Pedro encontró con el pasar de los años, la libertad del qué dirían los otros judíos respecto a su convivencia piadosa entre los paganos. Esteban encontró la libertad en el dolor de las piedras cuando murió por esa verdad. La mujer prostituta encontró la libertad, en el amor de Jesús y no en las reglas de buena conducta existentes en la ley. Los pastores de la iglesia, encontraron la libertad en el proceso, y fueron libres aún de sus ideas de lo que era libertad. Y la mujer pecadora en su conducta impropia, fue también libre de su esclavitud.

Al igual que los apóstoles, fieles creyentes, y aquella pobre mujer esclavizada en sus propias culpas y el desprecio social; tanto los unos como la otra, requerían la misma libertad. Todos requerimos ser libres de algo, algunos de la religiosidad y otros de la perversidad; y a libertad nos llama Jesús.

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