Entonces Jesús se incorporó de nuevo y le dijo a la mujer: —¿Dónde están los que te acusaban? ¿Ni uno de ellos te condenó? —Ni uno, Señor —dijo ella. —Yo tampoco —le dijo Jesús—. Vete y no peques más”. Juan 8:10-11 NTV

Aquella mujer fue encontrada en un acto impropio a la vista de la sociedad y de la religión judía. Y de acuerdo a las leyes propias de la fe de ellos, fue llevada ante Jesús, para que éste emitiera su juicio. No lo hicieron porque creyeran en Él, sino para ponerle a prueba. 

Cuántas veces se pone a prueba nuestra fe, cuando miramos aquellas actitudes impropias en otros, pero nunca en nosotros mismos. Es más fácil aplicar una regla moral que corta el mal de raíz junto con la víctima del mal; que aplicar una ley restauradora basada en el amor que restaura, señalando la falta y el peligro que ella representa para la vida y no solo para la moral. 

Cuando Jesus advierte; vete libre, perdonado y perdonada, pero no peques más, lo hace en el entendido que si seguimos obstinados en el pecado, vamos a salir seriamente lesionados. 

Desde el punto de vista de la ley judía, aquella mujer merecía la muerte. Pero desde el punto de vista de la ley del amor, ella necesitaba ser libre y salva; y eso solo podría otorgarlo el perdón de Dios. 

El perdón trae una respuesta visible, oportuna y misericordiosa. Ciertamente el perdón requiere una condición: “reconocer la falta y querer cambiar”. Pero no debemos olvidar que el perdón es un mérito de Dios, quien nos enseña a nosotros cuán importante es perdonar también a otros. 

Sean comprensivos con las faltas de los demás y perdonen a todo el que los ofenda. Recuerden que el Señor los perdonó a ustedes, así que ustedes deben perdonar a otros.” Colosenses 3:13 NTV

La tarea más difícil que he encontrado en la vida cristiana es este mandamiento apostólico. Lo primero es ser comprensivos, pero, ¿en qué tipo de faltas debemos comprender a los demás? El texto no especifica ninguna en particular. Luego, es un llamado a perdonar a “todo” el que nos ofenda. Una vez más…¿excluye a alguien tal perdón? Evidentemente no.

Finalmente apela a la reciprocidad, porque así como Cristo nos ha perdonado, nosotros debemos de perdonar a aquellos que nos ofenden.

Es importante entonces recordar que el perdón genuino nos invita a la transformación. Cuando extendemos el perdón a quien nos agravia; sea cónyuge, padres, hermanos y amigos; estamos no solo sanando e impartiendo sanidad, sino que también estamos invitando a la otra persona al cambio. Porque nuestra senda en Cristo es, del perdón a la transformación. Esa senda está dibujada en la frase que Jesús expresó: “ni yo te condeno, vete y no peques más”.

Cristo nos perdonó para dejarnos ir libres de condenación. Ahora nos toca a nosotros soltar sin condenar, a aquellos que nos han propinado tanto dolor en la vida. 

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