“Engrandécela, y ella te engrandecerá; Ella te honrará, cuando tú la hayas abrazado.”
Proverbios 4:8 . “La Sabiduría”
He buscado respuestas hasta donde mi memoria alcanza el recuerdo. Pero cada vez que encuentro una aparente respuesta, se reproducen mas cuestionamientos sin explicación. No sé lo que sé, ni siquiera sé, si algo sé. Porque si al responder una pregunta, me surgen dos y más; entonces la clave no está en las respuestas, sino en las preguntas.
Alguna vez Sócrates nos invitó a cuestionarnos la vida, no tuvo afán de problematizar, sino de enseñarnos a buscar. Buscar esas respuestas sinceras e iluminadoras; que enriquecieran al ser interior.
Las preguntas son entonces, más importantes que las respuestas, saber preguntar se convirtió en arte dialéctico. Para Sócrates, la forma en que su madre – partera de oficio – traía nueva vida al mundo, fue la metáfora perfecta para ayudar a sus alumnos, de alguna manera, a dar a luz sus ideas a través de incisivas preguntas. De ahí se nos heredó la mayéutica Socrática, como método canalizador, honrando a su madre quien fue “mayeuta”, o sea, partera. La idea es crucial, pues es don de pocos saber guiar el discurso. Bien sabido es que las palabras, la lengua y el lenguaje forjan nuestra personalidad. Y la oratoria se vuelve arte palabra por palabra, en la construcción quizá más importante de la identidad humana. Este artículo, es acerca del poder de la pregunta como método de introspección y sanidad.
Veamos a Sócrates en acción:
“Sócrates ayudaba al discípulo a aflorar las ideas que éste guardaba en su interior, para analizarlas y saber si eran valiosas” Cita.
Ejemplo 1: Diálogo de Sócrates y un alumno
Sócrates: ¿El que ha aprendido la música es músico?
Gorgias: Sí, lo es.
Sócrates: ¿Y el que ha aprendido medicina es médico? ¿Y, en la misma relación, las demás artes, de modo que el que aprende una de éstas adquiere la cualidad que le proporciona su conocimiento?
Gorgias: Sin duda.
Sócrates: Siguiendo el mismo razonamiento, el que conoce lo justo, ¿no es justo?
Gorgias: Indudablemente.
Sócrates: Y el justo obra justamente.
Gorgias: Sí.
Ejemplo 2: Manejo socrático de una noticia sin argumento
Un día, estando Sócrates sentado reflexionando, llegó un conocido suyo y le hizo la siguiente pregunta:
—Sócrates, ¿sabe usted lo que acabo de oír acerca de uno de sus estudiantes?
—Espera —le espetó el filósofo—. Antes de contarme nada me gustaría formularte tres preguntas. La primera tiene que ver con la verdad —anunció—, ¿estás seguro de que lo que vas a contarme es cierto?
—No —respondió el joven—, acaban de contármelo.
—Es decir, que no sabes si es cierto o no —contestó Sócrates—. Ahora la segunda pregunta, que tiene que ver con la bondad: lo que vas a decirme de mi estudiante, ¿es algo bueno?
—No, pero…
—Por lo tanto —interrumpió Sócrates—, ¿vas a decirme algo malo de otra persona, a pesar de no estar seguro de si es verdad o no?
El joven, avergonzado, asintió. Sin embargo, al viejo filósofo aún le quedaba una pregunta por formular.
—La tercera pregunta tiene que ver con la utilidad —dijo Sócrates—. Lo que vas a contarme de mi estudiante, ¿será provechoso para alguien?
—No, en realidad…
—Bien —continuó Sócrates—, lo que quieres contarme es algo que no sabes si es cierto, que no es bueno y que ni siquiera es de provecho para nadie. Entonces, ¿por qué hablar sobre ello? Vete de aquí con tus infundios y bulos.
Las preguntas son más importantes que las respuestas, porque nos permiten auto escudriñarnos. Si te preguntas una cosa en la que tu respuesta coacciona tu consciencia, buscando quedar bien con lo que piensas que es correcto, pero no lo vives, has encontrado la verdad fuera de ti. Ha sido entonces un ejercicio productivo que te invita a reflexionar y a cambiar algo en tu vida.
Yo soy un hombre de fe, con espíritu humanista. Entonces exalto la experiencia y la inteligencia que busca ciencia. A la vez, valoro sobre manera la experiencia espiritual, que me lleva al hecho ontológico de la existencia (relativo al origen y esencia de la vida). Encuentro entonces que la ciencia, la filosofía y la fe no se tropezaron entre sí, ni socavaron sus convicciones.
Jesús y sus diálogos: Es emocionante encontrar a Jesús examinando los hechos relevantes de la vida, a través de parábolas, dialéctica y mayéutica. Veamos la mayéutica más representativa de Jesús en Juan 4 donde Jesús extrae verdades sanadoras del corazón de una mujer en amargura religiosa y cultural. La mujer samaritana llena de sospecha, no atiende con liberalidad las demandas de Jesús, hasta que éste le hace preguntas relevantes de la vida personal; dejando que ella sea la que proponga las respuestas que afloran de su interior, a simples preguntas con sentido y propósito.
También, tenemos el diálogo sanador de Jesús a Pedro, quien habiéndole negado tres veces antes de ir Jesús a la cruz, se encuentra devastado por la traición. Tres preguntas similares le hace Jesús a Pedro, la primera: ¿Pedro, tú me amas más que tus hermanos? Que podía responder, si fue él quien lo negó, y no sus hermanos. Pedro había aprendido una gran lección, ya no era impulsivo. La segunda pregunta fue: ¿Pedro me sigues amando? Y la tercera, ¿Pedro tú me amas apasionadoramente con el intelecto, las emociones y la voluntad? Una referencia al primer gran mandamiento. La evaluación terminó llevando a Pedro a contristarse en su espíritu. Había sido conquistado por la verdad, ahora la verdad estaba a la puerta de su corazón. Pronto entraría y lo haría el gran apóstol Pedro, baluarte de la verdad y de la iglesia del Señor.
Las preguntas nos confrontan, nos hacen examinarnos con total intención, que no habrá más lugar para la duda, para la especulación; desde las preguntas correctas. No deberíamos preocuparnos por las respuestas, más que por las preguntas correctas.
La intención de este corto ensayo no es comparar a dos figuras históricas sin comparación; como Jesús el Salvador, y Sócrates, un hombre considerado justo, bondadoso e intelectual. La intención es que miremos las herramientas que tenemos para construir una vida mejor dentro de nosotros y alrededor de nosotros.
Ahora, tenemos también a Pablo, quien exhorta a los romanos a pensar en la Palabra (el logos) para encontrar paz con Dios. Pablo les insta así: “Cerca de ti está la Palabra, en tu boca y en tu corazón”. ¿Porque nos hemos negado por tanto tiempo a entender el poder de las palabras? Dios no se ofende que comprendamos el poder del lenguaje, el poder de la retórica. Él mismo nos ha dotado de tal virtud. Hacemos una diferencia entre La Palabra de Dios y nuestras palabras, y eso está bien. Pero lo que no está bien es que menospreciemos la virtud de la expresión oral, cuando tenemos abundantes menciones en el Antiguo y Nuevo Testamento respecto al poder de las palabras.
Tenemos la oportunidad que Dios mismo ha dejado, de gestionar el logos, o bien dicho; la palabra, en favor de una humanidad más humana en lo que piensa y siente, y encontrar respuestas en preguntas que nos examinen acerca de eso que pensamos y sentimos. Cuando las respuestas a nuestras preguntas nos avasallan, nos muestran la necesidades más apremiantes del ser interior. Entonces Cristo tendrá el sentido salvífico en nosotros.
De lo contrario, prefabricando respuestas que no responden preguntas, y dando respuestas que no se nos han pedido, habremos caído en una de dos realidades miserables: El moralismo estéril y/o la religiosidad bulliciosa.
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