“Me apresuré y no me retardé en guardar tus mandamientos…”
SALMOS 119:60 (RVR 1960)
El Salmo 119 al ser un acróstico pone énfasis en su estructura “Álef-Bet” del hebreo, que corresponde al alfabeto nuestro. Eso significa que cada estrofa del salmo, empiezan con una letra del Álef-Bet, o sea cada 8 versículos que conforma una estrofa, tiene una letra del Álef-Bet Y cada una de estas letras tiene un peso semántico (El significado de las palabras, en este caso no solo de ellas sino también de las letras).
En la estrofa número 8 que va desde el versículo 57 al 64, se extrae este texto que he puesto a la cabeza de esta reflexión, para que pensemos en esos comienzos cíclicos. La misma sabiduría antigua citada en Eclesiastés, refiere a la idea de que todo lo que es, ya fue en el pasado y será en el futuro. Las cosas se suceden pero nada es nuevo debajo del sol. Eso es lo que llamamos dinámica cíclica de la vida. Pero este salmo nos llama la atención de manera particular porque nos pone en perspectiva de apresurarnos al cambio. Porque aún en los ciclos, debe haber cambio. Debe existir renovación.
El salmista dice: “Me apresuré”, y reafirma el concepto de aquella urgencia, al poner una afirmación por oposición de la idea, y agrega… “no retardé”. ¿En qué no se retardó? En guardar los mandamientos del Señor. Si el salmo 119 es un canto a la Ley de Dios, este versículo es un compromiso con ese canto de alabanza a la ley de Dios.
La letra principal de esta estrofa, se llama Chet (a veces aparece como Jet). Esta letra en hebreo tiene un valor 8 y esa cifra en la gematría hebrea, que es el valor numérico de las letras, significa un nuevo comienzo, un retorno.
Por eso para los judíos; la historia humana consta de 7 milenios y el milenio 8 será el milenio mesiánico. Si bien no son datos literales, la simbología de la que está llena la Biblia, habla de una nueva era. El nuevo testamento lo llama el siglo venidero, e implica un nuevo comienzo.
Ahora bien, esperamos ese nuevo milenio, pero en medio del peregrinar seguiremos experimentando cambios y nuevos comienzos en muchas áreas de nuestras vidas. Por eso es importante que esos nuevos comienzos estén repletos de esperanza, y de ahí la idea de: “apresurarse sin demora, a la obediencia o a guardar de la ley de Dios”, para agregar a los nuevos ciclos de vida; perfección, vida abundante y eternidad.
No comiences una nueva etapa, siendo la misma persona y haciendo las mismas cosas, porque eso te llevará a un existencialismo que Eclesiastés llama: “vanidad de vanidades”. Un sinsentido del ser, de la esencia, del propósito; que se da como resultado de no mirar a Dios, y se repite de manera más aguda, cuando tenemos que hacer cambios en nuestra vida siguiendo el mismo patrón.
En la conceptualización bíblica del tiempo: El número 6 representa ese periodo laborioso de hombre, el 7 es el número de la completitud y reposo divino, donde Dios toma sentido de refugio y perfección para nosotros, y el 8 es el número del nuevo comienzo. Todo ciclo humano, debe descansar en Dios y esperar la renovación de todas las cosas, anclados en Dios y su Palabra fiel: la ley de Dios.
¡Qué sabia es la Palabra de Dios!
Reflexión
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