El fruto, y ser fructíferos es una imagen de alto valor en el Evangelio del Reino. Hay diversos pasajes bíblicos en los que se habla del tema, y quiero compartir mi pensamiento de cómo deberíamos leer estos pasajes y aplicarlos a nuestras vidas. Y soy intencional cuando digo que debemos aplicarlos a nuestras vidas, y no a la otredad en primera instancia.
1. Frutos del carácter:
“No es buen árbol el que da malos frutos, ni árbol malo el que da buen fruto. Porque cada árbol se conoce por su fruto; pues no se cosechan higos de los espinos, ni de las zarzas se vendimian uvas. El hombre bueno, del buen tesoro de su corazón saca lo bueno; y el hombre malo, del mal tesoro de su corazón saca lo malo; porque de la abundancia del corazón habla la boca”. Lucas 6:43-45
La lectura de Lucas, es un extracto del sermón del monte, donde Jesús comparte un extenso discurso ético, propio del Reino de los Cielos. Cada subtema es un llamado a la transformación de los valores individuales, y vinculantes a la familia en sociedad. La metáfora que nos presenta respecto al fruto del árbol bueno y del árbol malo, la imposibilidad natural de que un arbusto silvestre de espinas dé higos, y que la zarza produzca uvas, nos lleva de inmediato a una conclusión definitiva respecto a la bondad atesorada en un corazón que se ha cultivado para el bien, versus, el corazón dañado que de sus males arroja maldad. Este fruto está explicado en el contexto del comportamiento deseado. Es el parámetro hacia el cual debe ir creciendo nuestra santidad como hijos de Dios, hasta distanciarnos de la bondad del humanismo secular y filosófico (ser esencialmente buenos).
2. Frutos espirituales:
“Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el labrador. Todo pámpano que en mí no lleva fruto, lo quitará; y todo aquel que lleva fruto, lo limpiará, para que lleve más fruto. Ya vosotros estáis limpios por la palabra que os he hablado. Permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el pámpano no puede llevar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí. Yo soy la vid, vosotros los pámpanos; el que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto; porque separados de mí nada podéis hacer”. Juan 15:1-5
Ahora Juan nos está guiando a otra forma de ver este tema de los frutos. Jesús está exhortando a sus discípulos para que “lleven” fruto abundante para Dios. Llevar fruto aquí en este contexto es: abundar en las cualidades morales de Dios, atribuibles al ser humano regenerado, como; el fruto del Espíritu Santo, la santidad, el amor, la piedad, etc. Pero también, estos frutos tienen como propósito dar testimonio de la fe para salvación de otras personas, a la vez que atestiguan la obra redentora de Cristo en la vida del creyente nacido de nuevo.
Finalmente, hay un fruto valioso en demasía, es precisamente el que apunta a nuestra salvación:
3. Frutos dignos de arrepentimiento:
Haced, pues, frutos dignos de arrepentimiento, y no penséis decir dentro de vosotros mismos: A Abraham tenemos por padre; porque yo os digo que Dios puede levantar hijos a Abraham aun de estas piedras. Y ya también el hacha está puesta a la raíz de los árboles; por tanto, todo árbol que no da buen fruto es cortado y echado en el fuego. Yo a la verdad os bautizo en agua para arrepentimiento; pero el que viene tras mí, cuyo calzado yo no soy digno de llevar, es más poderoso que yo; él os bautizará en Espíritu Santo y fuego. Su aventador está en su mano, y limpiará su era; y recogerá su trigo en el granero, y quemará la paja en fuego que nunca se apagará. Mateo 3:1-12
Esta clase de fruto es para salvación. Si leemos con atención el tono y las imágenes de la proclamación de Juan el Bautista, señalan una cosecha final, un acabose. Hacer frutos dignos de arrepentimiento, es una clara alusión a la disposición humana necesaria para ser perdonados para salvación. La exhortación es más en contra de una tendencia religiosa relajada, que se conforma con la tradición. Es un texto aplicado en primera instancia a los judíos de la época, cuando venían a Juan el Bautista, éste los confrontaba con sus pecados, ya que ellos siempre aducían tener dos fuertes razones para creerse salvos: 1. Eran hijos de Abraham y 2. Tenían y cumplían ceremonialmente la ley de Moisés. Claro está, que cumplían ciertos rituales de la ley, pero no estaban capacitados para cumplir los propósitos espirituales de la ley. Ese cumplimiento lo haría Cristo con su vida. Por eso decimos que Cristo no solo vino a morir por nosotros. Él vino a vivir por nosotros, a morir por nosotros, y resucitar para darnos vida eterna con Él, y traer juicio contra sus enemigos.
Al venir al bautismo, los judíos debían reconocer a Cristo el mesías, y saberse pecadores, aceptando el pago de su sacrificio. Eso es arrepentimiento; reconocer nuestro pecado y necesidad de Cristo, antes que las demandas del culto cristiano. Por supuesto, que todas las demandas de nuestra fe, una vez perdonados, pueden llegar a tener más sentido y propósito. El cristianismo como tal no salva a nadie, pero permite que los propósitos del Reino de Dios en la tierra sean cumplidos. Así que el fruto del arrepentimiento nos llevará a producir lo que por naturaleza no podíamos, éramos como árboles enfermos cuyo fruto era malo, y ahora en Cristo podemos dar buenos frutos: El fruto del Espíritu, los frutos morales o de carácter y los frutos de la cosecha de almas para Dios, como lo dice Jesús en Mateo 21: 43: “Por tanto os digo, que el reino de Dios será quitado de vosotros, y será dado a gente que produzca los frutos de él”. El contexto de este texto es una parábola de juicio contra los líderes de Israel, acusados de no dar el buen fruto para el Reino de Dios (aquí se refiere a las almas que han de ser salvas por el testimonio de los ya salvos).
“Por sus frutos los conoceréis”, no es una expresión diferenciadora de salvos y no salvos, es un diferenciador de las conductas del humano transformado por la Palabra de Dios y la obra del Espíritu Santo. En su humanismo hay gente “buena” que puede estar a la altura de esas demandas éticas, pero sin arrepentimiento no habrá perdón, y sin perdón, no habrá salvación eternamente.
El fruto bueno, es un fruto de fe, nadie puede ser bueno con madera propia. Sola gracia y sola fe.
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