«Dios el Señor tomó al hombre y lo puso en el jardín del Edén para que lo cultivara y lo cuidara,” Génesis‬ ‭2:15‬ ‭NVI‬‬

Dios puso al hombre en un huerto perfecto para que lo cultivara y lo cuidara. En la perfección moral, equilibrio del ecosistema, el hombre y la mujer, ambos, trabajarían la tierra y la cuidarían. Por lo tanto, nunca debemos ni por broma, como sucede a menudo; expresar que el trabajo es una “maldición” por el pecado.

Todo lo que sucede después, cómo la tierra responde al ser humano con hostilidad, es causativo. El trabajo pasó a ser fatigoso no por sí mismo, sino por la maldición que pesó sobre la tierra.

Ya Génesis capítulo 1 adelantaba el propósito divino de Dios para el hombre y la mujer; y el resto de la creación, diciéndole a ellos que debían sojuzgar o dominar al resto de la creación. Pero al desobedecer el mandato divino, los que terminaron siendo dominados fueron ellos. El caos que se vino y que vivimos hoy; es porque falta ese liderazgo emanado de la directriz divina.

Eclesiastés pone en evidencia el ardor del trabajo que fatiga. Pero no solo fatiga el cuerpo, lo peor es cuando fatiga el alma. Pero otra vez, está fatiga y despropósito como lo llama Eclesiastés, no es el trabajo per se, sino el vacío o vanidad de vanidades de la vida, que no tiene propósito ni eternidad (entiéndase que no tener eternidad es morir eternamente, termina siendo eternidad no deseada. Ningún ser humano quiere morir eternamente)

“Vanidad de vanidades, dijo el Predicador; vanidad de vanidades, todo es vanidad. ¿Qué provecho tiene el hombre de todo su trabajo con que se afana debajo del sol?

Todas las cosas son fatigosas más de lo que el hombre puede expresar; nunca se sacia el ojo de ver, ni el oído de oír.” Eclesiastés‬ ‭1:2-3, 8‬ ‭RVR1960‬‬

En el Nuevo Testamento, Pablo nos anima a trabajar:

Ni plata ni oro ni vestido de nadie he codiciado. Antes vosotros sabéis que para lo que me ha sido necesario a mí y a los que están conmigo, estas manos me han servido. En todo os he enseñado que, trabajando así, se debe ayudar a los necesitados, y recordar las palabras del Señor Jesús, que dijo: Más bienaventurado es dar que recibir.” Hechos‬ ‭20:33-35‬ ‭RVR1960‬‬

Trabajar con propósito, es la voluntad de Dios. Un propósito no codicioso, sino altruista. Eso es lo que Dios espera de la clase trabajadora. Claro está, lo espera de quienes le toman en cuenta, le aman y le obedecen.

Pero la opresión social y económica es una realidad incuestionable, y Dios no se alía con los explotadores:

no oprimáis a la viuda, al huérfano, al extranjero ni al pobre; ni ninguno piense mal en su corazón contra su hermano. Pero no quisieron escuchar, antes volvieron la espalda, y taparon sus oídos para no oír;” Zacarías‬ ‭7:10-11‬ ‭RVR1960‬‬

Las luchas de la clase trabajadora son válidas, y su legitimidad se puede perder cuando el propósito es tan inmoral, como la explotación misma.

Las demandas revanchistas e incongruentes a una economía determinada, son simplemente inmorales. Así que, a los creyentes nos toca reivindicar derechos, asumiendo deberes. Y no se podrá hacer bien esta tarea sin nuestro manual, la Biblia.

Sabemos que hay mucha explotación en el mundo, pero Dios nos manda trabajar. Y no se hace de la vista gorda. Dios ve y hará justicia al pobre y menospreciado, siempre lo hizo y a su debido tiempo lo hará otra vez.

Esta reflexión es alusiva al día del trabajador en todos aquellos países que lo celebren.

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