«Y ciertamente, aun estimo todas las cosas como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por amor del cual lo he perdido todo, y lo tengo por basura, para ganar a Cristo…” Filipenses 3:8

La fuerza de este texto bíblico no podría venir de otra persona más que de Pablo, el apóstol a los gentiles, llamado de manera sobrenatural a un ministerio sobrenatural.

Consideremos un poco acerca de Pablo, un hombre formado estrictamente para ser misionero.

Los cristianos empezaron a llamar “judaización” al proselitismo judío, y a quienes lo ejercían, llamaron judaizantes; casi de manera peyorativa. No obstante, debemos reconocer que los judíos enseñaban su fe a los gentiles, con igual pasión que lo hacían los cristianos de antaño con su fe.

Y Pablo pertenecía a esta clase de judío, relacionado a una facción, secta o división dentro de los judíos devotos, conocidos como fariseos. Eran los más apasionados proselitistas de todos. Jesús en algunas de sus exhortaciones furibundas contra ellos, les reconocía esa virtud proselitista.

!!Ay de vosotros, escribas y fariseos, ¡hipócritas! porque recorréis mar y tierra para hacer un prosélito, y una vez hecho, le hacéis dos veces más hijo del infierno que vosotros. Mateo 23:15

Este grupo de religiosos judíos se remonta a los años de la cautividad babilónica de Israel. Un grupo de ellos que querían distanciarse de los que no querían nada con Dios ni con la ley de Moisés. Aunque si tuviésemos que señalar una fecha importante, podríamos decir que entre los años 167 a 165 a.C se constituyen como una secta religiosa propiamente reconocida, y ganan fuerza con la revuelta macabea en contra de los Seléucidas. Es evidente entonces el tinte político de los fariseos. También, es notable que desde que éstos nacen como gremio social durante el cautiverio, se van distanciando de “los otros”, de ahí su espíritu separatista basado en la superioridad moral que ellos creían tener. Con los años y el favor del pueblo, ellos se fueron asentando como una secta rectora de la vida religiosa dentro de los judíos. Para cuando Jesús irrumpe en la agenda de ellos, la mayor preocupación de los fariseos y los escribas; era que lo que ellos habían cuidado y guardado por siglos, se viniera abajo por las atrevidas enseñanzas de un humilde hijo de carpintero, de las montañas de Galilea. Si se quiere, pongámonos en los zapatos de los fariseos y pensemos por un momento ¿qué hubiésemos hecho nosotros?, no lo sé, pero fácil no la tenían. Este camino es un camino de verdadera fe.

Los fariseos entonces tenían de qué gloriarse en cuanto a su historia y piadoso propósito. Ellos creían prácticamente como creemos los cristianos, pero, además ayunaban dos veces a la semana, daban el diezmo fielmente, guardaban el sábado y daban limosnas. Su gran pecado, ignorar las señales bíblicas acerca del mesías, y rechazarlo sin retorno.

Basado en estos detalles históricos, ahora podemos comprender mejor las palabras de Pablo a los hermanos de Filipo:

“Y ciertamente, aun estimo todas las cosas como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por amor del cual lo he perdido todo, y lo tengo por basura, para ganar a Cristo…” Filipenses 3:8

Con algo de ironía, Pablo está esbozando una clara alabanza a Dios, por haber finalmente encontrado el camino. Estoy casi seguro que Pablo no ha perdido su pasión por las almas, de hecho, es mayor pasión la que ahora tiene al saber que la verdad salvífica va más allá que los rudimentos de una religión altamente legalista y moralista. Se requiere algo más que solamente guardar la ley y sus rituales, y él lo ha encontrado en Cristo, al punto de estar dispuesto a estimar todo lo que sabe y lo que siente y lo que ha hecho en su ministerio farisaico; como basura.

La palabra “basura” que usa Pablo aquí se refiere a: “Los desechos que se tiraban a los perros”. Y sabemos que los perros son una figura en la mente de los judíos, muy indigna y sucia. O sea, todo cuanto Pablo aprendió a los pies de Gamaliel fue valioso en su ministerio, pero cuando Pablo encontró a Cristo, a quien perseguía en su celo judaizante, todo ese valiosísimo conocimiento era menos que un perro inmundo.

Al leer Filipenses 3 vemos la huella de la “grandeza” de Pablo, pero para él la joya de todo es Cristo. Pablo reconoce en su vida; lo que Jesús nos enseña en sus parábolas acerca del Reino de los Cielos; al compararlo con una piedra preciosa, o una moneda de gran precio, o un campo con un tesoro. Así que de esto trata filipenses capítulo 3, de actitud y gratitud.

15 así que, todos los que somos perfectos, esto mismo sintamos; y si otra cosa sentís, esto también os lo revelará Dios. 16 pero en aquello a que hemos llegado, sigamos una misma regla, sintamos una misma cosa. Filipenses 3:15-16.

“Los que somos perfectos”. Es una expresión irónica del apóstol, en la que nos compele a que por lo menos pensemos lo mismo, con la misma humildad con que Dios lo ha obligado a él, pensar de sí mismo.

Tendríais que leer todo el capítulo 3 para que encontréis el pensamiento de sencillez que Pablo pregona aquí. Y tomar el contexto del capítulo 2 donde Pablo pone como ejemplo a Cristo en su humillación. Por eso él llega a la conclusión:

“Si Cristo se humilló a sí mismo haciéndose uno como yo, y aún más, se dispuso llegar hasta la cruz y la implicación de bajeza que representaba la muerte en el madero; entonces qué me queda en mi haber, que sea más preciado que la misma vida de Dios. ¡NADA!

La basura de Pablo entonces, es la arrogancia de siglos de un fariseísmo que no le permitió ver al mesías de Israel, y Salvador del mundo; sino hasta que Dios en su misericordia y elección le bota de su caballo victorioso y lo humilla para salvación.

A la sazón, todo es o puede llegar a ser como la basura más apestosa en mi vida, si no tengo a Cristo, y si no lo valoro a Él, más de lo que tengo, sé o hago.

Cristo es todo

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