«¡Oh Señor, yo soy tu siervo! ¡Yo soy el hijo de tu sierva! Tú has roto los lazos que me ataban.” Salmos 116:16 DHH94I
El salmo 116 parece ser una oración que pone en el centro de nuestra atención el tema de la muerte, y cuánto ésta nos afecta.
Con un antropomorfismo, describe de alguna manera el sentimiento de Dios al ver morir a sus hijos e hijas, al decir: “estimada es a los ojos de Jehová la muerte de sus santos…”
Luego cuando el salmista declara: “tú has roto los lazos que me ataban”; en este contexto en particular esos lazos refieren a la muerte, y a la vez; se equiparan con la expresión: “suelto los dolores de la muerte” referidas al martirio y muerte de Jesús, en Hechos 2:15.
De Jesús, el relato nos dice que la muerte no podía retenerlo. Era imposible que la vida, estuviera prisionera bajo el imperio de la muerte. Entonces sueltos los dolores de la muerte, significa: “una vez fuera de su alcance y dominio, Cristo resucitó en victoria, y en su resurrección, sus hijos también seremos levantados de la muerte”. Y aunque los lazos, cadenas y ataduras como se describe a la muerte en la literatura poética de la Biblia se apoderan del humano, Dios aparece para el salmista como el Salvador o libertador. Por eso la exclamación del salmista:
“Estimada es a los ojos de Jehová La muerte de sus santos.” Salmos 116:15 RVR1960
La estima aquí se refiere a precio o valor, no es una estima emocional, sino en sentido de costos. En el nuevo testamento este concepto de precio, toma sentido en la sangre de Cristo.
Pablo dijo en una ocasión: “para mí el vivir es Cristo, y el morir “Ganancia”. Una vez más, es un lenguaje de costos o plusvalía. La ganancia real del sacrificio de Cristo, es nuestra liberad definitiva del mundo decadente de la muerte.
Esta verdad me hizo sentirme vulnerable, pero me consuela a la vez en este momento de duelo por la muerte de mi madre.
Afirma mi vulnerabilidad al saber que la muerte nos rodea con lazos de dolor, me consuela al entender por la fe, que hay vida después de ser libres de los lazos de la muerte.
Pienso entonces en mi madre: “Cuando los dolores de la muerte la quisieron hacer prisionera, Cristo la liberó trasladándola del imperio de la muerte; hasta su reino de vida eterna”. Me consuela poder decir que mi madre cantó el canto de victoria:
“..:Sorbida es la muerte en victoria. ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria?”
1 Corintios 15:54-55 RVR1960
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